Capítulo 18Rastro de Transferencias #2
Guardó la hoja con las cifras en el bolsillo interior y apretó la solapa.
La luz de la farola se desdibujó en la ventana del coche; la carpeta que llevaba en la otra mano pesaba lo mismo que la lista de nombres y la suma de transferencias.
No llamó al fiscal todavía: había trazas que exigirían más papel oficial antes de abrir cerraduras bancarias.
Fue a la sucursal local de la oficina que figuraba en los extractos—la ventanilla de siempre, la misma escalera de mármol—porque esperaba tres cosas imposibles de conseguir por teléfono: ver la cara de quien pudiera recordar sellos viejos, medir la resistencia institucional y, si la suerte le sonreía, arrancar una memoria oral con firma.
La recepcionista explicó, con el gesto aprendido al atender a curiosos, que las cajas fuertes del archivo histórico estaban cerradas y que cualquier consulta requería orden judicial.
Raúl dejó el sobre con su sello en la mesa de informes y pidió hablar con el jefe de atención.
El jefe habló de normativa, de deberes de secreto y de procedimientos; sacó una carpeta y deslizó una hoja con el reglamento de conservación archivística.
Con la misma voz mesurada con la que firmaba requisitorias, Raúl explicó el expediente, la bolsa 003, la carta del 12/04/1982 y la petición de cotejos.
El reglamento volvió a la mesa y las frases se hicieron técnica.
—Lo entiendo —dijo el jefe—. Pero sin orden judicial nos limita la ley. Podemos preparar el oficio, pedir autorización y remitirlo al fiscal; es lo que procede.
Mientras hablaban, la puerta de la oficina se abrió y un hombre enjuto con chaleco de punto, la gorra en la mano y los dedos lastrados por años de máquina acercó el paso.
Era antiguo empleado del banco: la ficha del distrito, cabeza blanca, voz rota por la costumbre.
Había trabajado allí en los primeros ochenta y, al ver la carpeta en manos de Raúl, su ceja se alzó.
—¿Usted es el inspector Mendizábal? —preguntó sin darse prisa.
Raúl asintió. El hombre, que se presentó como Julián Pereda, dijo en voz baja que había oído algo en la plaza y que si quería hablar no lo hiciera allí, sino en la cafetería de la esquina.
El jefe de atención ofreció una sonrisa de cumplimiento: no era personal del banco; era un ciudadano que trabajó muchas fechas y quedaba en el pueblo.
Aceptaron hablar en la cafetería. Pereda se sentó con la taza entre las manos y, sin perder la compostura, empezó a ordenar fechas en voz baja como quien peina un hilo.
Tenía la memoria de quien tocó papeles y limó sellos con los dedos.
No podía entregar registros; no sabía hacerlo y, sobre todo, no podía quebrantar un secreto que todavía pesaba. Pero sí podía recordar.
—Las transferencias que salían de ahí, no siempre ponían nombre claro —dijo—.
Había una cuenta que pasaba los importes a partes.
Una la llamábamos «la pasarela». Llegaba dinero en pequeñas partidas y, al cabo de dos o tres días, salía a cheques o pagos a talleres.
Nunca vi un nombre completo que me convenciera; veía sellos, sellos y siglas.
Raúl deslizó la fotografía de la factura que ya tenía en la carpeta: el membrete del Taller Carretera Vieja, el sello en tinta azul, la rúbrica inclinada. Pereda miró la foto con detenimiento; la palabra «taller» le removió la memoria de las hojas estampadas en la mesa del cajero.
—Ese sello... —murmuró—. Lo gastábamos años.
Yo tenía un taco de sellos que rompíamos cuando salíamos de caja.
Mmm —tocó con la uña el borde del vaso, midiendo—.
Sí. Recuerdo esa factura. Pasó por aquí una partida en abril del 82.
Un ingreso a una pasarela y, luego, pago al taller.
Era un mecanismo de fraccionamiento: no ponías todo de una vez para no levantar ojos en la sucursal grande.
Le preguntó quién firmaba las autorizaciones.
Pereda alzó la vista al techo y pronunció dos nombres que había oído decir en voz baja entre órdenes y sobres: promotor de la obra, gestor de la comarca.
No dio apellidos porque los apellidos en su memoria salían como murmullo de despacho —pero sí recitó algo más útil: el número de un sello, la disposición de los sellos en la ficha del cajero y la costumbre de anotar con tinta roja el concepto «compensación» en los justificantes.
—Había un sello redondo con letras pequeñas —dijo y abrió las manos a modo de comitiva—.
En muchas facturas aparecía, pero lo que más recuerdo es la maniobra: la cuenta pasaba por una federa que nosotros llamábamos «gestora X» y luego a otra donde se retiraban partidas hacia proveedores.
Yo imprimía el vale, firmaba y si venía de arriba, no preguntábamos.
Era así. No puedo sacarle extractos ahora. Eso lo piden los jueces.
Raúl anotó palabra por palabra. Hizo que Pereda firmara una hoja donde consignó su declaración oral; fotografió la portada de la libreta donde el ex empleado llevaba las notas de entonces—un recuadro con números y sellos dibujados a lápiz—y la incluyó en la hoja de custodia como anexo: «Declaración voluntaria de ex empleado».
Pereda accedió a que Raúl fotografiara la impresión de un sello que guardaba en la libreta, un trazo en tinta tenue que parecía coincidir con el sello azul de la factura.
Raúl no la consideró prueba pericial, solo una pista: un eco estampado entre los papeles.
De regreso a la sucursal, Raúl intentó abrir la puerta del archivo con el tono legal que ya conocía: requisitoria al fiscal, petición de actuación.
El comercial del banco que había tratado con él llamó al departamento legal; una voz femenina con apellido de ley se negó a facilitar más que la declaración de intenciones.
Todo el procedimiento terminaba en la misma palabra: orden judicial.
La ley, dijo, no permitía hacer excepciones y ella, con pulcritud, ofreció acompañar el oficio al servicio jurídico del banco para agilizar la vía si la Fiscalía remitía la orden.
La pieza que necesitaba era documental y la vía era clara: pedir al fiscal la orden de comparecencia de extractos para la cuenta pasarela, y el requerimiento para identificar titularidades y beneficiarios finales entre 1980 y 1984.
Antes de ir al juzgado, sin embargo, quería comprobar la receptividad del proveedor final: el taller.
Cruzó la plaza y tomó la carretera vieja.
El taller quedaba pegado a un cruce donde la humedad se pegaba a las paredes.
En el umbral, el olor a gasolina y a metal caliente anunciaba a un hombre de manos grandes y uñas negras que lo miró sin sorpresa.
Sergio Pineda, el hombre a quien todos llamaban «Sergio del taller», reconoció enseguida la copia de la factura fotogramada.
—Sí —dijo sin levantar la vista de la llave inglesa—. Cobré aquello. Hice trabajos que no estaban en la oferta. Te lo digo claro: trabajos «adicionales». Lo que ustedes llaman ahora «no previsto».
Raúl colocó la carpeta sobre la viga de la mesa y, con guantes, sacó una cámara pequeña.
Pidió ver los originales. Sergio dejó caer una caja de cartón con papeles amarillentos.
Había recibos con membrete del taller, sellos con la misma tinta azul y unas anotaciones escritas a bolígrafo: «corregir entrada», «a cuenta».
Sergio no quería entregarlo todo; entregó copias fotostáticas que guardaba por costumbre, y accedió a dejar firmada una acta de entrega voluntaria para lo que daba en ese momento.
Raúl fotografió cada hoja y las introdujo en bolsa numerada: «Bolsa 039—facturas Taller Carretera Vieja—entrega voluntaria S. Pineda—18/04/2022».
Sergio miró a la calle como quien espera sombra.
—Llegaban sobres —dijo—. No pregunto. Me llamaron y pagaron por partes. A veces por transferencia; otras me dieron cheques. No era mi dinero. Me lo pasaban por manos. Así trabajábamos todos. Yo no vine a luchar. Si usted quiere saber quién dejó el sobre, tendrá que pedirlo. Yo firmé y cobré. Punto.
Su tono era bajo, la mirada fija en la ventana sucia.
Raúl preguntó por notarias, por gestoras, por un posible mensajero.
Sergio nombró, al fin, un despacho de gestoría costera que aparecía en algunas de las facturas y que hacía de puente en pagos «discretos».
Añadió que la notaría Beltrán había aparecido varias veces en sellos de recibos y en remisiones: un nombre conocido y repetido en los bordes de pagos.
—No quiero líos en la calle —añadió—. Pero aquí están las facturas. Están firmadas. Yo las firmé y cobré. Si les sirven, son suyas para usarlas.
Raúl dejó que el silencio fuera la respuesta.
Fotografió la mano de Sergio apoyada en la mesa, su firma en el acta de entrega voluntaria, el puño cerrado alrededor de una pila de fotocopias y la etiqueta que él mismo escribió para la bolsa.
Todo se hizo con la mesura mecánica de quien sabe que la prueba exige forma y no drama.
Antes de marcharse, Raúl preguntó por nombres concretos, por apellidos de quienes habían entregado sobres.
Sergio negó con la cabeza y, como si el gesto fuera una última defensa, dijo:
—Si le digo un nombre, mañana me pueden llamar la atención. Y no me sale de la garganta. No me pregunte a mí por la señora o por el señor. Yo cobré y me fui.
De camino a la comisaría, Raúl ordenó en la libreta las entradas: declaración de Pereda con calco de sello; bolsa 039 con facturas del taller; indicio de gestoría costera; mención repetida de Notaría Beltrán.
Preparó en la cabeza la petición que sabía imprescindible: orden judicial para obtener extractos de la cuenta pasarela; requerimiento notarial para el protocolo de Beltrán en la fecha clave; y la citación pericial para cotejar sellos y caligrafía entre las facturas y las impresiones guardadas en el archivo municipal y en el cuaderno 031.