Capítulo 15Última anotación de Héctor #2
Guardó la libreta y llamó a la teniente para que le trajera el informe de la cámara del embarcadero que la brigada había conseguido por gestión municipal: la grabación del vecino del Camino del Molino, la misma que había suministrado el fotograma del todoterreno en la madrugada anterior.
La reprodujo ahora con menos prisa. Avanzó el vídeo hasta la franja de las veintidós horas y vio, cerca de las 22:12, a dos figuras en la orilla: una de ellas inclinada sobre algo, la otra de pie con las manos en los bolsillos.
La resolución no permitía rostros, pero el gesto del que estaba de pie —un abrigo oscuro, la gorra baja— era claro en su silueta.
El vecino que había facilitado la cinta había consignado por escrito una observación: «Dos.
Uno discutió con otro. Uno dijo: "No quedará nadie"».
Raúl volvió a leer la frase y la guardó en el acta digital.
Hizo llamar por teléfono al operario que esa noche había declarado en la comisaría y que inicialmente había visto a Héctor en la linde del muelle.
Tomás, en su casa, le habló con la voz rasposa que ya conocía: «Lo vi, inspector.
Eran dos. Hablaban bajo. No pude oír todo, pero sonaban a hombres mayores, de traje.
Uno dijo algo de papeles.» Raúl pidió hora aproximada y Tomás insistió: «Entre las nueve y las once.
Yo diría sobre las diez, cuarenta o así; la luna estaba baja y yo me fijé porque trajeron luz.
» Raúl consignó la declaración, pidió que la firma quedara en el acta de ampliación y ordenó que la grabación se incorporara al expediente con la referencia temporal.
Hubo un testimonio más preciso en el sobre que trajo la teniente: la declaración espontánea de un trabajador de mantenimiento que, bajo anonimato protegido, había admitido haber visto una discusión más acalorada en el embarcadero a las 22:05.
El operario describía a Héctor de pie junto al pasamanos con un papel en la mano y a un hombre corpulento que movía la cabeza con brusquedad; en la mano derecha, dijo el testigo, el hombre de abrigo sostenía un pañuelo azul doblado.
Raúl dejó que la imagen del pañuelo se asentara en su libreta, junto a una referencia ya anotada sobre vigilantes y gestos reconocibles en el pueblo.
Con las piezas en la mesa trazó la secuencia mínima que podía sostenerse en notación: 20:58–21:07 pago en gasolinera (fotogramas y recibo sellados); 21:38 registro de acceso peatonal en Valdeluz (registro impreso bajo HVAL_01.
bit); 22:05–22:12 presencia en embarcadero según testigos y vídeo del vecino; anotación de Héctor «reunir 23 — caserío L.
» en su propio cuaderno como posible compromiso de encuentro nocturno.
Las coincidencias no eran una prueba cerrada; eran, a lo sumo, un tejido de apoyo que convertía la hipótesis en un recorrido verificable.
Se puso en pie, fue al armario metálico y recuperó las bolsas de evidencias correlativas: bolsa 033 con recibos, bolsa 031 con el cuaderno de Héctor, bolsa 060 con copias forenses de Valdeluz.
A cada una añadió la referencia de las nuevas imágenes y la numeración de los fotogramas.
Redactó en voz alta para dejar constancia: «Adjuntar DVD gasolinera — fotogramas G‑2103 A–C; adjuntar registro Valdeluz — fotograma V‑2138; adjuntar declaración operario anónimo — folio D‑22; adjuntar vídeo vecino Camino del Molino — fotogramas C‑2212; cotejar con cuaderno 031.
» Ordenó que todo se sellara y que las bolsas recibieran un anexo con las firmas presentes y el hash de las nuevas imágenes.
Faltaban procedimientos: una orden fiscal para obtener el detalle de la tarjeta usada, petición judicial para la extracción forense de móviles de quienes figuraran en la lista de llamadas de Héctor y orden para recuperar grabaciones de gasolineras y cámaras en toda la franja 20:30–23:00 en la ruta prevista.
Redactó en la carpeta la petición modelo, numeró la prioridad y la colocó en el sobre que llevaría al fiscal a primera hora: «Solicitar: extracción de operaciones TPV 21:03 — identificación tarjeta — orden judicial; extracción forense de dispositivos (Héctor y personas identificadas) si procede; conservación y copia de CCTV comerciales ruta 20:30–23:00; comparecencia D.
Morales (gasolinera) y operario mantenimiento para declaración ampliada bajo protección».
Antes de cerrar la carpeta volvió una vez más a la nota de Héctor.
Posó la yema del índice sobre el trazo donde la tinta parecía más prieta y consignó una observación técnica: «Tinta fresca — posible supresión de inicial — peritaje caligráfico urgente».
Dobló la hoja con cuidado, la introdujo en el sobre sellado y estampó su firma.
En la libreta, con letra vertical y firme, escribió la instrucción operativa que resumía la nueva fase: «Franja crítica 20:30–23:00 — caserío L.
— citar testigos presencia/vecinos — pedir peritajes CCTV/TPV/móviles — protección testigos».
Depositó la carpeta en la bandeja destinada al fiscal, cerró la oficina y apretó el sello numerado.
Antes de colgar la chaqueta en el perchero, miró el mapa sobre su mesa y, por primera vez en la noche, dejó que la línea que había trazado entre gasolinera, embarcadero y caserío L.
quedara marcada con tinta roja: esa franja era ahora la que había de ser iluminada.
Regresó al despacho tras la ronda matinal y, antes de tocar nada, se inclinó sobre el mapa.
Marcó la franja otra vez con la punta del rotulador, como quien repasa una herida, y dejó la tapa apoyada sobre la mesa.
No movió el mapa; lo había desplegado en la misma postura en que lo había cerrado un instante antes.
La tinta roja brilló todavía húmeda bajo la lámpara, y Raúl apoyó las yemas sobre el borde, midiendo la secuencia con los mismos dedos que tantas noches habían calculado rutas y tiempos.
Sacó un folio en blanco y, sin levantar la vista, fue llenándolo con nombres y horas.
Primero, los testigos que debía citar de inmediato: D.
Morales, propietario de la gasolinera —fotogramas y recibo TPV a cotejar—; el operario que declaró desde la zodiac la noche en que vieron a Héctor en la linde; el trabajador de mantenimiento que aportó la descripción del pañuelo azul y la hora de la discusión en el embarcadero; Julián Rueda, por la memoria y la carta fechada; María Olabarria, por la llave y los papeles del altillo; Lázaro, el capataz, y el trabajador anónimo que había dejado la declaración protegida sobre la mesa.
Al lado de cada nombre escribió la referencia de la bolsa de evidencia y el documento que acompañaría la citación.
No confeccionó preguntas en ese momento; trazó medidas.
En la columna derecha redactó la petición que enviaría al fiscal: autorización para inspeccionar el caserío L.
, permiso de entrada y registro con perito presente, recogida de muestras del entorno —sedimentos, huellas, cualquier correspondencia de talleres— y autorización para tomar copia forense de dispositivos si, al entrar, aparecieran soportes electrónicos.
Subrayó la fórmula procesal que siempre decía en voz baja cuando necesitaba que la Justicia respaldara un gesto agresivo: orden judicial, presencia de fedatario, acta y cadena de custodia. No había atajos.
Llamó a la teniente y le dictó —rápido, sin teatralidad— el cuadro operativo: petición al fiscal por escrito y por correo seguro; citaciones por burofax con recibo; notificación a Elena para que acompañara la inspección como testigo técnico del archivo si surgiera documentación vinculada a las expropiaciones; I.
Gómez como perito informático en reserva; y una lista de peritos de campo que ya conocía y que debía solicitar en comisión previa.
Ordenó también que ninguna copia de la carpeta saliera de la comisaría sin cinta numerada y que la teniente iniciara la auditoría de accesos al expediente.