Los Nombres del Río Capítulo 14Los muros de Valdeluz
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Capítulo 14Los muros de Valdeluz

Los muros de Valdeluz

Raúl Mendizábal

La central de Valdeluz se alzaba como un bloque de hormigón pulido en la niebla; las gotas de lluvia reunían un brillo gris sobre las letras del logotipo.

A primera hora de la mañana, Raúl bajó del vehículo con la carpeta sellada al hombro y la requisitoria en la mano; junto a él caminaban dos agentes locales, discretos y en silencio.

Sobre el asfalto, las cámaras giraban con lentitud mecánica.

El portón se abrió tras la presentación de la orden judicial y la constatación del sello del juzgado.

El recepcionista guardó la tarjeta de visita del responsable de seguridad y señaló con la cabeza un pasillo que olía a aceite y metal frío.

—Comprendo la orden —dijo el responsable de seguridad—, pero hay protocolos internos y datos de personal que protegen la intimidad de nuestros empleados; necesito que quede constancia de la confidencialidad.

Hizo una pausa. El departamento jurídico debe estar informado.

Raúl miró el sello de la orden, leyó la firma del juez y dejó la carpeta sobre la mesa con el movimiento exacto que ya conocía de tantas otras lecturas administrativas.

—La orden permite la intervención judicial bajo la supervisión de la Fiscalía. No es una visita; es una actuación oficial.

Sacó la libreta del bolsillo y la mostró; la tinta no tembló.

—Necesitamos las bitácoras de mantenimiento, los libros de guardia, los listados de personal de aquella época y el acceso a registros electrónicos de la sala de control. Si hay proveedores o externos firmando entradas, también deben constar.

El hombre respiró como quien comprime un resorte.

Habló de cláusulas de confidencialidad, de datos personales, de la necesidad de comunicar al consejo.

Raúl lo dejó hablar hasta que las objeciones quedaron registradas en el aire.

Luego, con la voz medida, dictó la primera condición operativa: que el responsable de seguridad firmara el acta de intervención, que quedara constancia de las entregas parciales y que cualquier extracción de original fuera documentada, fotografiada y sellada en presencia de la representación de la empresa.

El hombre consultó su tableta, buscó a alguien con la mirada, y finalmente firmó en el acta que Raúl extendió.

La firma entró en el expediente con la misma áspera formalidad que una marca en el hierro.

Les condujeron por pasillos de escala industrial hasta una sala técnica donde las estanterías contenían cuadernos de tapa negra y carpetas de lona.

Raúl observó primero la disposición: bitácoras alineadas, algunas con el lomo gastado, otras claramente mecanografiadas mediante impresora industrial.

En una vitrina había un dossier encuadernado con la fecha 1982 escrita a mano en tinta ya desvaída.

Sus manos rozaron una pila hasta detenerse ante un conjunto de cuadernos cosidos: folios numerados a mano en tinta azul, y entre ellos, hojas impresas con tipografía mecánica que no concordaban con el resto.

Abrió el primer libro con guantes; las páginas crujieron en la sala silenciosa.

Había una mezcla extraña: entradas mecanografiadas con sellos y, debajo, rúbricas en tinta que coincidían, a simple vista, en el trazo pero que aparecían repetidas en varias hojas como si una misma firma hubiese sido colocada en hileras, una tras otra.

En otra libreta, la numeración de folios saltaba: 211, 212, 212, 214; una hoja en la que debía figurar el registro 213 estaba ausente y en el margen de la siguiente alguien había pasado una lima que dejó una línea de pulimento y restos de papel en polvo.

Raúl inclinó la lámpara para que el relieve de la tinta se hiciera visible.

—¿Esto es rutina de archivo? —preguntó, más para sí que para el hombre que, a su lado, empezó a justificar con protocolos de archivado y supuestas reposiciones de folios.

No creyó en explicaciones que llegaban envueltas en eufemismos.

Fotografió la página con su cámara macro: detalle de la masa de tinta, sombra de la presión, el punteado donde alguien había intentado borrar con goma.

Cada toma fue numerada en su tableta; mientras él disparaba, la teniente que había enviado el fiscal llamó por teléfono y dejó registrada la hora de las imágenes en el sistema central de la brigada.

Raúl anotó en la hoja de cadena de custodia: Fotografía 060‑A a 060‑F; fuente: Sala técnica Valdeluz; hora; firma del responsable presente.

Pidió que el responsable rubricara esa hoja.

Hubo un temblor en la mano al firmar; la rúbrica quedó impresa con un punto de presión en la primera letra.

A media sala, una página mostraba una anotación nocturna parcialmente borrada: trazos horizontales y una huella más oscura donde, por la fricción, la tinta había levantado la fibra.

Raúl acercó el oído a la página como si esperara oír un sonido; no hubo más que el roce de la tela del guante.

Apartó la cámara con cuidado y colocó un marcador numerado junto a la hoja; pidió que se preservara tal cual en caso de extracción.

No tocó la hoja original para no alterar lo que pudiera ser prenda pericial.

El responsable de seguridad explicó que algunas bitácoras se digitalizaban y que los originales se guardaban por duplicado.

Raúl pidió ver la lista de duplicados y las actas de recepción.

Le trajeron un dossier con una carátula que confirmaba la existencia de un "registro replicado" fechado en 2021.

Pero en la carátula alguien había pegado una fotocopia que ocultaba un sello; el borde del recorte dejaba ver una palabra: "Reindexado".

Raúl fotografió esa carátula también y la añadió a la cadena.

—Quiero la copia forense de los registros electrónicos —dijo finalmente—. Imagen bit‑copy certificada, hash y custodia. Lo hará un perito independiente; propongo I. Gómez, si acceden.

No pidió permiso para nombrar: ya sabía quién podía hacer el trabajo y cómo se ejecutaba.

—Necesito la tabla de accesos, los registros de reinicios y las bitácoras del servidor de control desde marzo a abril de 2022.

El responsable de seguridad frunció el ceño. Citó políticas internas, la necesidad de coordinación con la dirección de sistemas y el calendario de mantenimiento. Raúl dejó que la frase se alojara un instante.

—La orden judicial lo autoriza —dijo— y la cadena de custodia exige que todo sea hecho por perito acreditado. Si ustedes prefieren, la toma se hará en el lugar con un representante de la empresa presente. Pero la operación la dirige el perito, no el servicio técnico de la central.

Aceptaron, con voz contenida. Se redactó un acta complementaria: condiciones de la imagen forense, horario de la extracción, presencia de representante judicial y de la fuerza que custodia, lista de archivos a copiar y requisito de hash al final de la imagen.

Raúl anotó también el periodo de conservación preventiva de los registros, solicitó que la empresa bloqueara cualquier operación sobre esos ficheros y dejó constancia de que la manipulación quedaría registrada con firma del perito.

Antes de que la extracción pudiera realizarse, Raúl siguió examinando hojas.

En una libreta de mantenimiento encontró una ficha mecanografiada para intervenciones nocturnas; en el margen un apunte en tinta tipográfica repetía la palabra "revisar" y, con letra distinta, una abreviatura que Raúl ya había visto: "A.

C." Fotografió el hallazgo, selló la imagen y la numeró junto a las demás.

No extrajo originales mientras no se formalizase la cadena que requería la orden, pero pidió que, en caso de que la Fiscalía autorizara la retirada, se sellara la carpeta con una tira numerada y que se colocara en custodia judicial.

El responsable asintió, apresuradamente.

El registro de personal de la época contenía, por otra parte, espacios en blanco donde debía figurar la firma de entrada de ciertos operarios.

Algunas páginas tenían anotaciones añadidas a posteriori con tipografía distinta y una línea en blanco junto a la palabra "firma".

Raúl fotografió, numeró, selló y mandó imprimir tres copias certificadas de las imágenes para depositarlas en la carpeta del fiscal.

Pidió que se dejase en acta la negativa inicial del responsable a facilitar copias y su posterior conformidad para actuar con perito independiente; el responsable firmó cada página del acta; su firma parecía más pequeña que en la hoja de la recepción.

En el momento en que la teniente ordenó que se preparara la bolsa de evidencias para las copias impresas, Raúl vio entre un pliegue una nota doblada, apenas la esquina, insertada entre hojas mecanografiadas.

No la abrió; la apuntó con la cámara sin sacarla del lugar.

En el visor, la nota mostraba unas letras mecanografiadas que apenas alcanzó a leer en el encuadre: "reunir 23".

La cámara confirmó la disposición y la imagen entró en la carpeta con su número.

No pronunció palabra sobre el texto; lo anotó con la calma de quien guarda una llave para abrirla más tarde.

Cuando firmaron la última hoja del acta de intervención, anotando hora y sellos, Raúl pidió que se numerara la bolsa donde irían las copias certificadas: bolsa 060.

Pidió además que la empresa entregara por escrito la relación de personas que podrían excusar su firma y que el departamento jurídico remitiera un documento que formalizara la intervención.

El responsable redactó y firmó la entrega con gesto contenido.