Los Nombres del Río Capítulo 12Los nombres en la lista
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Capítulo 12Los nombres en la lista

Los nombres en la lista

Raúl Mendizábal

A media tarde dio instrucciones a la teniente: preparar burofaxes y citaciones personales; numerar y sellar sobres para remitir copia a la Fiscalía; ordenar que las citaciones incluyeran petición expresa de traer documentos originales si los poseían (recibos, facturas de hospedaje, cualquier correspondencia con membrete).

Pidió además que se priorizara la llamada a Tomás—no por urgencia probatoria, sino para asegurar su presencia y valoración emocional—y que se activaran medidas de protección si al presentarse mostraba señales de hostigamiento.

Registró en el sistema interno que la carpeta con las copias certificadas y las fotos macro iría en bolsa sellada al fiscal con la petición de peritajes ya formulada.

Cuando tuvo el directorio listo, fue al gabinete y volcó las direcciones en un mapa de la comarca: Las Viñas, Casa de la Fuente, caserío L.

, la calle de la plaza de Belverde, el Camino del Molino.

Con el bolígrafo repasó las rutas; trazó la secuencia de visitas que haría al día siguiente, una por una, para no solapar entrevistas y para poder regresar a la comisaría entre encuentros y anotaciones.

Al trazar la primera ruta miró la lista de apellidos: Iza, Olabarria, Leiva, Mendieta, Aguirre.

No era una casualidad, sino una comprobación puntual que Héctor había preparado con cuidado.

Se permitió un gesto pequeño: apretó el borde de la libreta con el pulgar y la dejó abierta en la anotación final.

La lluvia golpeó con insistencia la ventana.

Cerró la carpeta, la colocó bajo la lámpara y guardó la gabardina.

Tomó la carpeta sellada y pensó en el primer domicilio que visitaría a la mañana siguiente.

A la mañana siguiente apoyó las manos sobre el capó, miró la carretera donde la lluvia borraba las huellas y repasó en voz baja las cinco entradas de la libreta; luego cerró el cuaderno, metió la carpeta sellada en la guantera y bajó del coche sin apresurarse.

El plan estaba trazado por pasos; él los iría cumpliendo uno a uno.

La primera puerta se abrió al olor de estiércol y de leche fresca.

Una mujer de pelo recogido lo invitó a pasar con un gesto que medía la distancia entre deferencia y recelo.

Raúl mostró la hoja de la Fiscalía, la colocó sobre la mesa de la cocina y pidió permiso para fotografiar cualquier documento que ella quisiera aportar.

Ella dejó que la lámpara del gas recortara la sombra de sus manos; luego sacó un sobre húmedo de una caja de zapatos y desplegó un recibo ajado.

Contó sin teatralidad que, en 1981, vinieron hombres con documentos y se llevaron el tractor; al día siguiente la máquina había aparecido con un sello que no le pertenecía.

No dijo el nombre de la empresa en voz alta, pero mencionó a un técnico cuyo apellido pronunció con la boca apretada: Ardanaz.

Añadió que, meses después, había llegado un cheque «pequeño» firmado por otra mano; no cubrió los costes del año.

Raúl colocó guantes, explicó los pasos y fotografió la cocina en plano general, el sello del tractor en macro y el número de la cifra en la esquina del recibo.

Abrió una bolsa numerada, introdujo el original, la selló como bolsa 035 y escribió su firma en el acta de entrega voluntaria; pidió a la mujer que firmara también.

Ella apoyó la pluma con mano firme y, sin mirar, dijo: —Llegó tarde y fue poco.

Raúl consignó hora y número de bolsa en la hoja de custodia y le dejó una copia del acta junto al azucarero.

En la siguiente casa lo recibió el hijo de un mecánico; en la pared colgaban fotos de cosechas y un calendario con manchas de aceite.

El hombre habló de noches de miedo tras las protestas: serrín en el porche, la rueda del tractor punzada, clientes que dejaron de venir.

Señaló un cuaderno de contabilidad cerrado con una goma; en la página visible había una línea en tinta azul anotada «compensar — ver Beltrán».

No quiso entregar el libro; permitió que Raúl fotografiara la página y firmara un acta de exhibición.

Raúl sostuvo la cámara, buscó el detalle de la anotación y tomó la imagen con cuidado para que la hoja quedara legible.

El hijo apretó la mesa con el puño y dijo, apenas: —Perdimos el taller por no decir que sí.

Raúl escribió la frase literal, la fecha y la referencia a Beltrán en su libreta y dejó un número de contacto para futuras citaciones.

La tercera parada fue una casa donde el tiempo parecía haberse sellado en los muebles.

Una viuda lo recibió sin levantar la mirada; sobre la tabla de cortar desplegó una carta doblada que había guardado desde 1981.

La tinta había cundido en el papel y la cifra estaba escrita con una caligrafía descuidada; en la firma se adivinaban las iniciales «A.

C.». La carta prometía un abono «en días hábiles» que nunca llegó.

La mujer contó sin alzar la voz las noches en que faltó el pan, los créditos que asfixiaron la cosecha y la humillación de un pago posterior, años después, consignado como «pago compensatorio» y en cantidad reducida.

Raúl pidió permiso y ella se lo dio: fotografió la carta, hizo la toma macro de la cifra y, con guantes, colocó el original en una bolsa numerada —bolsa 036— frente a la viuda, quien estampó su firma en el acta.

Antes de cerrarla, murmuró el nombre del caserío L.

como quien suelta una coordenada: —Allí dijeron que se arreglaría todo.

Raúl repitió la palabra en su libreta sin comentarios y anotó la numeración de la bolsa.

El cuarto testigo fue un ex‑capataz, de voz seca y mirada que buscaba fuera, a la línea de las colmenas.

Trajo un recibo de una gestoría costera que, dijo, justificaba trabajos de «adecentamiento» en parcelas expropiadas; la suma no cuadraba con el trabajo real.

Mencionó que los contratos se repartieron entre «los de siempre» y que muchos jornales se redujeron.

Raúl fotografió el membrete, detalló la fecha y embaló el recibo en bolsa numerada —bolsa 037—; pidió la firma del capataz en el acta de entrega voluntaria.

El hombre firmó mirando la ventana y dejó caer, sin escándalo: —Si hablo, me acusan de exagerar.

Si no hablo, se repite. Raúl anotó la frase y la hora, sin añadir nada más.

La última casa estaba más remota; la puerta se abrió a un salón con una estufa apagada y en la mesa un sobre sellado ya abierto.

La mujer que lo recibió había perdido al marido años atrás y su apellido figuraba en la lista que había traído Héctor.

Extendió pequeños cheques y recibos de transferencias, algunos con notas a mano «a cuenta — no satisfecha».

Contó que los cheques tardaron hasta tres años en llegar, que algunos iban a cuentas de gestores de otros pueblos y no a los titulares, y que se pidió discreción: —Si no estabas, te quedabas sin nada.

Raúl fotografió cada recibo, pidió autorización para copiar y embalar los originales; la mujer firmó el acta de exhibición y, con consentimiento, consignó los papeles en una bolsa numerada —bolsa 038—.

Miró hacia la ventana, hacia donde el camino se perdía entre la niebla, y dijo: —Allí se hablaba en voz baja y se pagaba en mano.

Las coincidencias se acumularon sin estridencias: iniciales «A.

C.» en cartas y en actas, referencias repetidas a Beltrán y a Ardanaz, cheques que llegaron tarde y mermados, recibos de gestorías en la costa y la reiterada mención del caserío L.

Raúl registró cada dato con la misma caligrafía seca: identificó el nombre del entregante para cada original, la numeración de la bolsa y la firma en el acta; donde sólo permitió fotografía —por falta de orden judicial— dejó constancia del motivo y añadió una nota: «Consentimiento verbal para imagen; original en custodia doméstica».

No hubo confesiones grandilocuentes; las heridas salieron en frases prácticas y en objetos ajados: un tractor requisado, un taller que cerró, una carta que no se cumplió, cheques que llegaron en partes.

Las piezas formaban un patrón coherente.

Raúl lo mostró en su libreta al trazar líneas paralelas entre las fechas de 1981–82 y las partidas de los recibos.

Marcó junto a los nombres: cotejar extractos 1980–84; solicitar peritaje caligráfico A.C.

; requerir certificados de pago a gestorías indicadas.

Señaló también el caserío L. como lugar de interés y añadió: «Prioridad. »

Antes de despedirse devolvió a cada testigo la copia del acta, ofreció el número prioritario de la brigada y pidió que avisaran de inmediato ante cualquier incidencia.

En la puerta de la última casa el aire estaba frío; la lluvia seguía limpiando las huellas de paso.

Raúl apoyó la mano en la chapa del coche, miró la calle y anotó una última cosa en la libreta: Iza — Olabarria — Leiva — Mendieta — Aguirre; debajo, la instrucción breve y sin adornos: «Extraer extractos bancarios 1980–84; solicitar peritaje caligráfico; citaciones» y arrancó el coche hacia el caserío L. , con la lluvia borrando las huellas.

Había completado la visita al caserío L.

Arrancó el coche bajo la lluvia y condujo de regreso a la comisaría.

Al abrir la puerta, colgó la gabardina empapada, dejó que la humedad se perdiera en el respaldo de la silla y con el mismo movimiento preciso de siempre cerró la tapa de la caja de evidencias con el golpe seco que ya conocía.

No movió la lámpara: la luz amarilla cortaba el borde de los papeles y dejaba fuera la lluvia.

Abrió la carpeta sellada, deslizó dentro las copias certificadas y extendió sobre la mesa los fotogramas, las hojas plastificadas y la libreta.