Capítulo 10Huella en el Correo #2
No bastaba con papeles. Llamó a la lista de contactos que había ido acumulando durante las visitas a Belverde: Tomás, la teniente, el capataz Lázaro; pidió hora para hablar con una persona cuyo nombre Tomás había sugerido en la taberna y que, según la memoria local, vivía aún cerca del sendero de Las Viñas.
No pidió entrar en domicilios ni sacar nada; pidió memoria y un testimonio verbal.
Tomó el coche bajo la lluvia que arrastraba porquería de la calle y condujo hacia la casa marcada en la nota que Tomás le había entregado semanas atrás.
La puerta estaba entreabierta cuando llegó.
Julián Rueda no era hombre de muchas palabras; la lluvia lo había envejecido un par de años más.
Abrió sin hacer preguntas y le dejó sentarse en un banco junto a la lumbre que todavía conservaba un rescoldo.
Raúl no sacó la libreta de inmediato; primero dejó sobre la mesa la copia fotográfica de la carta y el recibo del hospedaje, colocados de modo que Julián los viera sin sentirse interrogado.
—¿La conoce? ¿A usted le suena esa reunión? —preguntó Raúl señalando la carta.
Julián la miró con la mirada amortiguada que toman los que han pronunciado verdades demasiadas veces. Alzó la mano como para apartar la sombra que la lluvia dejaba en la ventana.
—No lo llamaría reunión. Fue una cena en la que se hablaron cosas para que no quedaran en acta. Recuerdo las máquinas y los hombres al fondo, el olor a queroseno por la iluminación; se hablaba bajito, pero sí escuché el apellido de Beltrán y uno que sonaba como Castaño —dijo en voz baja.
Raúl señaló con el dedo la palabra "Beltrán" en la copia del cuaderno y, sin preguntar por detalles íntimos que pudieran poner en riesgo a Julián, pidió que le contara lo esencial: la hora aproximada, los vehículos, si hubo comidas servidas por la casa o cafés improvisados, si había testigos visibles que luego firmaron algo en el ayuntamiento.
Julián describió un caserío con faroles prestados, coches aparcados junto al muro y la luz de unas linternas que cruzaban la hierba.
Dijo que esa noche vio al notario pasar con un sobre —«no sellado, no parecía de los suyos»— y nombró a un hombre grueso que vigilaba la puerta: «Uno que luego trabajó en la presa, no era de aquí exactamente».
No ofreció nombres que no hubiera pronunciado ya en la plaza; dijo lo que su memoria resistía sin exponerse: la presencia de un notario, de un ingeniero al que todos llamaban «Castaño», y de un administrador al que, según murmurios, se le veía con papeles de la compañía.
Raúl dejó que Julián hablase sin apresurar respuestas.
Anotó hora, frase típica, la expresión "sobre sin sello" y el testimonio sobre los coches.
Le pidió a Julián, con cuidado procedural, que firmara en un acta de toma de declaración; Julián cedió y firmó con una letra temblorosa.
Raúl fotografió la firma y añadió la imagen al paquete que ya llevaba destino al fiscal: declaración verbal, fotografía de firma y registro de custodia.
De regreso en la comisaría, cruzó las nuevas piezas con lo que ya tenía: la factura de hospedaje con la noche del 14–15, el recibo del taxi con hora 21:17 y la nota reciente de Héctor que decía "reunir 23 — caserío L.
". Al superponerlas, la imagen ganó contornos.
Había una cena privada en la que se discutieron compensaciones "por fuera" —la frase no figuraba en actas— y las piezas documentales indicaban presencia física y logística: alojamiento, transporte nocturno y correspondencia previa convocando a participantes.
Raúl lo anotó todo como hipótesis operativa que habría que probar en sede judicial.
Desplegó la libreta y trazó la lista tentativa que presentaría al fiscal para citación: Arturo Castaño —por las iniciales y la referencia en planos—; Andrés Beltrán —notario, mencionado en actas y en testimonios—; Miguel Ardanaz —administrador técnico, constancia en expedientes—; Alejandro Valcárcel —presencia institucional y posible interlocutor familiar—; Lázaro —capataz, testigo de campo—.
Junto a cada nombre apuntó el tipo de prueba que exigiría: comparecencia, cotejo caligráfico, certificados de hospedaje, registro de taxis, y, si procedía, bitácoras que pudieran vincular desplazamientos a la noche indicada.
Cada ítem fue anotado con prioridad: contacto fiscal; requerimiento postal sobre buzón rural; solicitud al Registro de entradas y salidas de la posada; peritaje caligráfico sobre la firma A.
C.; petición al proveedor de taxis por los recibos de 1982.
No puso conclusiones; puso acciones. Cerró la libreta y, antes de doblarla, escribió en la última línea —con tinta fría y sin énfasis—: "Citación previa: pruebas de presencia — Caserío L.
15/04/1982. Testigos: Julián Rueda (declarado).
Prioridad: peritaje A. C. / rastrear buzón. "
Dejó la libreta abierta sobre la mesa de trabajo, la luz de la lámpara dibujó una franja sobre la línea escrita y, en esa franja, los nombres quedaron como un mapa con destinos por confirmar.
Raúl recogió las copias selladas, las metió en la carpeta dirigida al fiscal y cerró la tapa de la caja de evidencias con la firmeza de quien sabe que cada cierre abre luego una cadena de pasos.
Alzó la cabeza y salió a la lluvia; tomó la libreta que había dejado sobre la caja y la guardó en el bolsillo interior de la gabardina antes de cerrar la tapa.
Metió la carpeta en el coche, guardó la tapa con la misma precisión con la que había cerrado la caja: un golpe seco, el sello metálico que marcó la luz y el número de la evidencia.
No abrió la carpeta que llevaba al fiscal; la dejó sobre el asiento del copiloto, tomó la gabardina mojada y encaminó el coche hacia la oficina postal del valle.
La lluvia mordía los cristales; por la ventanilla, las sombras de Belverde pasaban a ritmo de gota.
En la oficina postal la lámpara del mostrador alumbraba una fila de sobres amarillentos.
El funcionario de turno —hombre delgado, manos de papel y un delantal que olía a sal— lo reconoció sin sorpresa.
Raúl ofreció la requisitoria fiscal que llevaba siempre en el interior de la gabardina; deslizó el folio sobre la madera como quien entrega una llave.
El sello de la Fiscalía brilló en la esquina y la firma del fiscal constaba limpia.
—Busco los registros de reparto de 1982 —dijo Raúl, medido—. Especialmente, 12 de abril. Certificaciones y cualquier libro de entregas o cuaderno de reparto de la oficina de Las Viñas.
El hombre asintió, tomó nota y llamó a la sala contigua.
Un archivador de madera cedió un olor a papel guardado; el empleado regresó con una caja cubierta por un trapo y un cuaderno grande, encuadernado en piel cuarteada.
Raúl levantó el trapo con guantes; el cuaderno crujió con años al abrirse.
Las columnas eran claras: fecha, número de envío, remitente, destinatario, firma de recepción.
En los márgenes, anotaciones a lápiz —horarios, rutas—.
Antes de tocar, Raúl pidió que fotografiasen el índice y que el funcionario firmara el acta de exhibición.
Elena le había enseñado la disciplina: cada imagen numerada, cada firma, cada hora.
El empleado se sentó frente a la cámara, firmó el acta en el lugar previsto y Raúl comenzó a leer en voz baja, siguiendo con el dedo las líneas.
No eran muchas entradas para abril de 1982, pero la que buscaba estaba allí: 12/04/1982 — envío certificado n.º 4.
732 — remitente: A. Castaño, Casa de la Fuente — destinatario: C.
Mendieta — forma de entrega: buzón rural Las Viñas — firma: rúbrica ilegible.
La inicial recortó la página como una marca que ya conocía.
A. Castaño. La Casa de la Fuente. Raúl dejó que la línea se asentara y preguntó por los números correlativos.
Recorrió la página hacia arriba y hacia abajo: otros envíos, la misma columna de remitentes mostraba de forma reiterada la sigla A.C.
en abril y en mayo; cartas dirigidas al notario Beltrán, a la Administración técnica y a la Secretaría Municipal.
—¿Puede certificarse esto? —preguntó, sin levantar la voz.
El funcionario selló la copia de la página, la fechó con su sello de oficina y estampó su firma en el acta que Raúl había preparado.
Raúl sacó la cámara y realizó la secuencia: general del cuaderno, macro del renglón, detalle del matasellos: «Las Viñas — 12 Abr 82».
Tomó nota del número de envío y pidió que anotaran la referencia de buzón rural —entrega por buzón—.
Mientras el funcionario le entregaba una copia certificada, Raúl hojeó otras entradas de la misma época: tres cartas más, remitidas por la misma firma —A.
Castaño— dirigidas a Beltrán, a la «Administración técnica» y a la «Gerencia» de la obra.
En todos los casos la forma de envío variaba entre «buzón rural» y «entrega en oficina».
En una columna marginal alguien había anotado, con lápiz, «sobre amarillo — confidencial».
Raúl fotografió la anotación y la incluyó en el acta.
Tomó las copias selladas, las colocó en sobres numerados y pidió que registraran la petición de rastreo: cotejo del buzón rural, libro de reparto y cualquier asiento de recogida con firma manuscrita.
El funcionario dejó constancia por escrito y, con su firma, garantizó que las copias serían remitidas por cauce oficial al Juzgado. Raúl lo agradeció con un asentimiento.