Los navegantes El sueño de Inglaterra #2
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El sueño de Inglaterra #2

El viaje al norte hasta Damán, o Damão, como los portugueses llaman a la ciudad, duró cuatro horas y transcurrió sin incidentes, ya que el conductor no sabía ni una palabra de inglés y lo único que yo sé decir en hindi, después de dos semestres de estudios universitarios, es «hoy hace buen tiempo».

También sé decir «hoy no hace buen tiempo», pero la conversación de los estudiantes se queda ahí.

Damán estaba en proceso de mejora. Iba a convertirse en una llamada ciudad inteligente, una ciudad que, según el sitio web del Gobierno, proporciona «infraestructura básica y una calidad de vida decente a sus residentes, además de un entorno limpio y sostenible mediante soluciones “inteligentes”».

Se estaba construyendo un paseo marítimo rosa, con muros sólidos y grandes farolas.

El paseo se extendía a lo largo de kilómetros y kilómetros de playas negras, sucias por el plástico y otros desechos, pero sin duda con un gran potencial para una calidad de vida digna.

Pequeños grupos de personas estaban sentados sobre mantas en la arena, completamente vestidos.

Unos pocos caminaban por la orilla, nadie se bañaba.

Barcos de pesca pintados de amarillo, verde, rojo y azul habían sido arrastrados a la arena y descansaban en el calor de la tarde.

Lo único que los portugueses habían dejado atrás en términos de «infraestructura central» eran dos obras defensivas.

Escúters y motocicletas estaban estacionados muy juntos a lo largo del borde exterior del fuerte de Jerónimo, la más pequeña de ellas.

Al otro lado del río estaba el fuerte Moti Daman, el Gran Fuerte.

La pasarela estaba cerrada y tuve que dar un largo rodeo bajo el sol vespertino para llegar allí.

Un conductor de rickshaw quería 80 rupias, 85 céntimos, para llevarme.

Regateé por 60, casi por reflejo, pero él no estuvo de acuerdo, el precio eran 80.

—No, no, entonces será mejor que me vaya —dije sin entender por qué.

Eran solo unos veinticinco céntimos, yo estaba mareada y me sentía mal por el calor, y ni siquiera creo que intentara engañarme, porque Damán es pequeño y casi ningún extranjero llega hasta allí.

Seguí caminando obstinadamente; tambaleándome, pasé por delante de casas coloniales con intrincadas y sinuosas fachadas de madera, flanqueadas por bloques nuevos que ya parecían viejos, y crucé el concurrido puente hasta llegar a la fortaleza del otro lado.

El Gran Fuerte era muy grande, albergaba todo un pequeño pueblo.

Calles anchas y desiertas pasaban por grandes iglesias cerradas.

Las casas residenciales bajas, con las persianas bajadas, estaban rodeadas de amplios jardines y garajes vacíos.

En medio de todo ese abandono había una cafetería, un oasis con árboles verdes, mesas íntimas de madera, banderas de oración budistas y una barra en la que se podían comprar todo tipo de bebidas pecaminosas.

Sedienta, me senté en una de las mesas; no había más clientes.

—¿Sabes dónde puedo encontrar hablantes de portugués aquí en Damán? —pregunté al camarero que se acercó a mi mesa.

Se señaló a sí mismo.

—Aquí tienes uno —dijo—. Todos los que aún vivimos dentro de la fortaleza hablamos portugués y somos católicos. No quedamos muchos, tal vez unos pocos cientos.

Se llamaba Charles Rosario, tenía treinta y seis años y era el dueño del café, que había abierto en el patio de su casa.

—Nuestro portugués no es como el de Portugal, no lo hablamos correctamente —explicó en un inglés fluido—. Yo hablo portugués, nuestro portugués, con mis amigos y mi familia, pero no con mi hija. No entiende lo que le digo cuando le hablo en portugués.

Mientras conversábamos entró otro cliente, Renford de Sousa, amigo de Charles.

Renford tenía barba y ya un poco de barriga, a pesar de tener solo veintisiete años.

Al igual que Charles, provenía de una familia católica de habla portuguesa, pero la mayoría de su parentela se había mudado a Inglaterra.

—Dentro de unos meses yo también me mudaré —dijo Renford—. Mis padres y mi esposa ya están allí, pero después del Brexit se ha vuelto más complicado obtener un permiso de residencia, incluso con pasaporte portugués.

Cualquier persona que pueda demostrar que él, sus padres o uno de sus abuelos nacieron en Damán, Diu o Goa antes de 1962 tiene derecho a la ciudadanía portuguesa.

—¿Por qué no te vas a Portugal? —le pregunté.

—Portugal no es un país rico —replicó Renford—. No es fácil conseguir un buen empleo allí. En Inglaterra, en cambio, hay muchos puestos de trabajo, y hablamos inglés.

Ni Charles ni Renford habían estado nunca en Portugal.

—Todo el mundo se va al Reino Unido —dijo Renford—. Aquí casi no quedan personas que hablen portugués. Nos vamos en busca de un futuro mejor. No es culpa de nadie, simplemente las cosas son así. Nos extinguimos.

En línea recta, Diu se encuentra a 200 kilómetros al oeste de Damán, pero en coche el viaje dura con facilidad catorce horas.

En términos de superficie, la ciudad es casi la mitad de grande que Damán: 40 kilómetros cuadrados de tierra y piedra en el extremo más alejado de una isla.

Durante más de cuatrocientos años, esa extensión de tierra fue gobernada desde Lisboa, a casi ocho mil kilómetros de distancia.

El centro de la ciudad era pequeño, pero estaba animado.

La mayoría de los edificios de la calle principal albergaban hoteles; nunca había visto tantos juntos en una misma calle.

Las licorerías estaban casi igual de cerca unas de otras.

La venta y el consumo de alcohol están prohibidos en todo el estado de Guyarat, pero Diu es una excepción y, en consecuencia, un destino turístico muy popular.

Obviamente, muchos de los visitantes de la ciudad querían aprovechar al máximo su estancia en el menor tiempo posible.

Hombres ebrios se tambaleaban por las calles desde primera hora de la mañana.

Hoy hay poco más de cincuenta mil residentes permanentes en la ciudad.

Salí de la ruidosa calle principal y entré en el casco antiguo, donde no había hoteles ni licorerías, solo casas residenciales espaciosas y en ruinas a las que nadie pensaba regresar.

Vacas flacas y sin dueño paseaban tranquilamente por las calles casi desiertas mientras masticaban malas hierbas.

Durante el último año había visitado un gran número de fuertes y fortalezas portugueses, ya apenas podía distinguirlos, una defensa se parecía a otra, casi había habido una inflación de ellas, pero la fortificación de Diu era única en su clase.

La fortaleza está situada en la punta de la isla, con vistas al mar desde tres de sus lados, protegida por fosos dobles y gruesos muros interiores y exteriores equipados con cañones de bronce.

En el punto más alto se erigió un faro. Dentro del muro interior se dispuso un jardín, también se plantaron árboles y se construyó una iglesia, todo un pequeño mundo fortificado.

Aunque ganaron la gran batalla naval de Diu en 1509, los portugueses no se establecieron allí hasta 1535, tras varios años de guerra con su vecino, el sultán de Guyarat.

Los lusitanos se pusieron de inmediato a trabajar en la construcción de una fortaleza, como era su costumbre.

Inicialmente, el Imperio portugués consistía sobre todo en esos fuertes y defensas, dispersos por las costas africanas y asiáticas; eran lugares estratégicos donde los marinos lusitanos podían estirar las piernas, reparar barcos, almacenar mercancías, abastecerse de agua dulce y suministros y cargar y descargar género, así como defender y mantener su monopolio comercial en el océano Índico.

Tres años después de establecerse en Diu, los portugueses fueron atacados por una alianza formada por el sultán de Guyarat y los otomanos.

Estos desplegaron sesenta y seis barcos y más de veinte mil hombres.

Los cerca de seiscientos soldados de la fortaleza no tenían en principio ninguna posibilidad, pero aun así lograron resistir los ataques durante más de cuatro meses.

Lucharon, por así decirlo, hasta el último hombre.

Cuando los otomanos se retiraron de repente, bien debido a las malas líneas de suministro, bien porque una flota de guerra portuguesa estaba en camino, solo quedaban unos cuarenta soldados en la fortaleza.

Cuatrocientos años más tarde, la fortificación no tuvo ninguna oportunidad contra el ejército indio.

En la noche del 18 de diciembre de 1961, la India lanzó un ataque coordinado contra Diu, Damán y Goa tanto por aire como por mar.

Al principio los aproximadamente cuatrocientos soldados y policías fueron optimistas y respondieron con fuego, pero pronto se dieron cuenta de que resistir era inútil.

El fuerte sufrió graves daños durante el bombardeo; donde debería haber estado el tejado de la iglesia aún sigue habiendo hoy un agujero enorme.

Al mediodía del 19 de diciembre, después de menos de treinta y seis horas de lucha, los soldados portugueses se rindieron.

Maria tenía catorce años cuando comenzó el bombardeo.

—Las paredes vibraban cada vez que caía una bomba —dijo—. Nos arrodillábamos, rezábamos y temblábamos.

Era una mujer diminuta con gafas y pelo corto y teñido. Su inglés era perfecto, pero prefería el portugués: un portugués extranjero con sintaxis india y una serie de palabras y abreviaturas inglesas intercaladas; quando, por ejemplo, se convertía en ca .

En 1961, Maria vivía en la Santa Casa da Misericórdia con su madre. Su padre había muerto tres años antes, y su progenitora no había tenido más remedio que irse a vivir con las monjas del asilo de pobres.

Al anochecer cesó el bombardeo. Unas horas más tarde, en mitad de la noche, llamaron a la puerta. Fuera había soldados indios armados.

—Se comportaron como demonios —dijo Maria—.

Estábamos paralizados por el miedo, ni siquiera podíamos abrir la boca.

Entraron en nuestras habitaciones y robaron los objetos de valor de nuestros cofres.

Se llevaron las joyas de mi madre. Se lo llevaron todo.

Una chica les dijo en hindi que pararan. La violaron. Luego se fueron.

Al día siguiente, una de las monjas acudió a la cúpula del ejército indio en Diu e informó del incidente, pero fue en vano. Ese era el tipo de cosas que sucedían en la guerra, le explicaron. No había nada que ellos pudieran hacer.

—Yo solo tenía catorce años —dijo Maria—. Nunca lo olvidaré. Pero no escribas mi nombre. Probablemente sea lo mejor. Bueno, sí, escríbelo. Solo estoy contando lo que ocurrió. Todo lo que digo son hechos. Así es la vida. No es un cuento, es algo que pasó.

El esposo de Maria, Sarvalo, tenía una historia diferente, ya que era originario de Damán. Era medio metro más alto que su esposa, estaba ciego de un ojo y lo acababan de operar de la rodilla.

—Toda la clase pasó la noche dentro de la escuela —recordó—.

Fue una actividad planificada; íbamos como a acampar.

Justo antes de que comenzara el bombardeo nos despertó la policía.

Nos pidieron que fuéramos al palacio del gobernador, que estaba al lado, para ayudarlos a destruir documentos.

Un oficial apagó la luz para que los indios no nos vieran.

—¿Qué tipo de documentos? —pregunté.

Se encogió de hombros.

—Tenía catorce años. No me acuerdo. Si no nos hubieran despertado, uno de nosotros habría muerto esa noche, porque una bomba impactó en la escuela y parte del techo cayó sobre una cama.

Temprano por la mañana nos dijeron que había guerra y nos pidieron que nos fuéramos a casa.

Los soldados portugueses fueron apresados.

Después todo fue diferente. Tuvimos que aprender inglés.

Antes, si sabías portugués conseguías trabajo casi automáticamente, pero tras la liberación ese idioma dejó de tener valor.

Con el tiempo la gente empezó a irse. Vengo de una familia pobre, mi padre era carpintero, así que me quedé en la India.

—Pero nuestras tres hijas viven en Inglaterra —intervino Maria—. Allí trabajan en hoteles y centros comerciales. Aquí no hay trabajo.

—Por mí, los portugueses podrían haber vuelto —dijo Sarvalo—.

Se estaba bien aquí cuando ellos gobernaban, pero ahora somos parte de la India.

En casa somos cien por cien portugueses.

Fuera tenemos que ser indios. Así son las cosas.

Quizás quedemos ochenta hablantes de portugués aquí en Diu.

Dentro de veinte años lo más probable es que no quede ninguno.

Antes de irme, Maria y Sarvalo insistieron en cantarme un salmo portugués. Con voz delgada y temblorosa, comenzaron a cantar. No lo entendí todo, iba de algo sobre la eterna enemistad entre moros y cristianos. Luego me acompañaron hasta la puerta y se quedaron allí de pie saludándome con la mano.

Minutos después estaba de nuevo en la calle principal, entre todos los hoteles y los tambaleantes turistas indios.