Los Leones de la Montaña CAPÍTULO II #3
9%

CAPÍTULO II #3

—Escribe quién lo contó, dónde fue oído, cuándo llegó el narrador y quién lo confirmó. Lo que vimos será testimonio. Lo que oímos será relato. Lo que solo sospechamos seguirá siendo una pregunta. Nunca conviertas la duda en verdad simplemente porque la verdad resulte más difícil de encontrar.

Junto con las historias y los descubrimientos llegaban secretos: noticias de disputas entre senadores, movimientos de tropas, revueltas, malas cosechas y alianzas desconocidas.

Esos registros no se guardaban en los estantes abiertos.

Sacandro los conservaba en compartimentos restringidos, accesibles únicamente a unos pocos escribas de confianza.

—El conocimiento puede alimentar una ciudad —solía decir Sacandro—. Pero un secreto puesto en las manos equivocadas puede incendiarla.

Había pasado mucho de la medianoche cuando Cléra encontró a Sacandro solo ante un mapa. Por primera vez, no estaba escribiendo ni comparando documentos. Solo miraba.

—Nunca te había visto estudiar un mapa durante tanto tiempo sin hacer anotaciones.

Sacandro mantuvo los ojos sobre el dibujo del delta del Nilo.

—No todos los mapas existen para mostrarnos dónde estamos. Algunos nos muestran adónde deseamos ir.

Cléra acercó la lámpara.

—¿Alejandría?

—Dicen que allí se alza una torre tan alta que su luz guía a los barcos en la oscuridad, y que en algún lugar de la ciudad todavía sobreviven salas, eruditos y pergaminos del gran Mouseion.

—¿Como nuestra biblioteca?

Sacandro sonrió.

—La nuestra intenta escuchar al mundo mientras pasa por un camino. Alejandría intentó hacer que el mundo entero atravesara sus puertas.

Cléra señaló tierra adentro, donde se habían dibujado tres pequeñas formas triangulares.

—¿Y estas estructuras?

—Las pirámides. Hombres que vivieron miles de años antes que Roma levantaron piedras que Roma todavía no ha superado.

—¿Por qué nunca has ido a verlas?

Sacandro miró a los discípulos que trabajaban bajo las lámparas.

—Porque cada vez que pensaba en marcharme, llegaba otra historia al valle y necesitaba ser preservada. Después otra, y otra. Cuando me di cuenta, había pasado la vida viajando sin abandonar jamás esta biblioteca.

—Algún día deberías ir.

—Algún día —repitió, como si aquellas palabras nombraran una tierra más lejana que Egipto.

La primera carta de Cornelius llegó doce días después.

La llevaba un mercader romano que lucía una pequeña insignia del león alrededor del cuello. El sobre estaba protegido entre dos finas tablas de madera y envuelto en tela encerada. Junto a la carta había una copia cuidadosamente preparada de Pro Archia Poeta.

Cléra encontró a Sacandro entre los escribas y colocó el pergamino ante él.

—Lo encontró.

Sacandro abrió el manuscrito con el cuidado de quien toca algo vivo. Leyó las primeras líneas en silencio, volvió al comienzo y después llamó a dos discípulos.

—Preparad una copia antes del amanecer. Después otra. Comparad cada palabra.

—¿El original debe regresar a Roma? —preguntó Cléra.

—Toda obra prestada debe ser devuelta. Así nos aseguramos de recibir la siguiente.

La carta de Cornelius no contenía confesión ni cortejo alguno. Describía dónde había encontrado el texto, comentaba la defensa de la poesía hecha por Cicerón y preguntaba por la melodía del valle que Cléra había prometido enviar. También había incluido un dibujo de una cítara romana.

Cléra la leyó entera delante de sus hermanas y de Sacandro. No había ningún secreto que ocultar.

En su respuesta, le agradeció la copia, comentó los pasajes que hasta entonces solo conocía de memoria y envió poemas, una canción de las montañas y un dibujo del pequeño instrumento construido por los artesanos del reino.

Terminó la carta con las mismas palabras que habían cerrado su conversación en Roma:

Sobre poesía y música.

Para Cléra, aquello confirmaba una amistad intelectual. Para Cornelius, en Roma, cada línea llegaría a significar un paso más hacia un futuro que ella nunca había prometido.

Aquella noche, Rafan salió de la sala de mapas después de otra simulación. Subió solo hasta la muralla y contempló la biblioteca.

Las lámparas brillaban en sus ventanas. Desde lejos parecían demasiadas para pertenecer a un reino tan pequeño.

Junto a cada llama, alguien copiaba una historia, comparaba un mapa, registraba un remedio o intentaba impedir que un descubrimiento desapareciera con la muerte de quien lo había aprendido.

Rafan comprendió una vez más lo que necesitaba proteger.

No eran solamente las murallas, la sal, el hierro o las bóvedas. Era el camino abierto. Eran los talleres. Eran los hombres y mujeres que podían atravesar el valle sin ser tratados como enemigos. Era la memoria de pueblos a los que Roma quizá nunca recordaría.

Muy lejos, otros escribas trabajaban a la misma hora. No copiaban poemas. Calculaban grano, animales, puentes y días de marcha. Los herreros recibían órdenes, los oficiales comparaban rutas y los consejeros volvían a colocar águilas sobre mapas de madera.

En el Valle de los Leones, las luces permanecían encendidas para preservar el conocimiento.

En Roma, otras luces permanecían encendidas para preparar la guerra.

◆