Capítulo 38
PROPUESTAS SEDUCTORAS
A LEXIS: DÍA NUEVE DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Drex y yo estábamos junto a un pilar de mármol en el borde del salón, fuera de la pista de baile.
Una columna de altavoces estaba en un rincón con una guitarra eléctrica conectada a ella. La miraba fijamente.
Una melodía de piano sonaba en el salón; el músico era bueno, pero no tan talentoso como Caronte.
En la pista de baile, vislumbré unos ojos pastel y largos cabellos brillantes, pero cada vez que podía enfocar a Lena, alguien la llevaba lejos, desapareciendo entre la multitud de cuerpos.
Olímpicos, sirenas y toda clase de criaturas giraban lánguidamente con los himnos fúnebres. Esparta era mórbida.
—¡Drex, tengo consejos para ti! —lo llamó Ágata a unos metros de distancia, donde estaba hablando con Hermos y Patro.
Patro escaneó el salón y se encontró con mi mirada; apartó la vista. Las emociones me llenaron la garganta.
Drex se sonrojó con la atención de Ágata.
—Ahora vengo —dijo nervioso mientras bebía de un trago su copa de ambrosía y se alejaba.
Al día siguiente sería su turno en la arena.
Me apoyé en el pilar y abrí la boca para decirle que se apurara, pero me ganó un ataque de tos.
Todavía sentía el ardor del napalm y el queroseno en el fondo de mi garganta.
Me froté las palmas hormigueantes en la toga; se me distorsionó la vista. «La pista de baile estaba en llamas, goteaba agua del techo, las gotas se mezclaban con las llamas. El calor me quemaba las mejillas».
Me eché hacia atrás.
El salón estaba normal.
Los espartanos reían y bailaban con desenfreno.
Todo estaba bien, excepto que… no lo estaba.
Había fuegos pequeños ardiendo por todas partes.
La batalla estaba en pleno desarrollo, y los ctónicos estaban perdiendo.
Drex, Caronte y Augusto tenían que pelear, y luego sería mi turno en la arena. «Doce trabajos».
Patro se mecía adelante y atrás, escuchando algo que Drex le decía a Ágata; un charco carmesí se estaba acumulando a sus pies, filtrándose por los agujeros de sus vendas, y había huellas de botas ensangrentadas por donde había caminado.
Patro me miró de nuevo, con desesperación en los ojos.
Su tobillo ya debería estar sanando.
Me hormigueaban los dedos; los miré y casi me caigo: una tenue luz emanaba de ellos.
—¿ Ves esto? —susurré.
Nyx se deslizó por mi antebrazo y apoyó la cabeza en mi palma.
—Está caliente —siseó con asombro.
Las dos los miramos, hipnotizadas.
Parpadeé, la luz había desaparecido.
—Hazlo de nuevo —me ordenó Nyx.
Fruncí el ceño y traté de concentrarme, pero no sucedió nada. La frente se me cubrió de sudor mientras recordaba al pez abisal. «Una criatura horrenda de las profundidades del mar».
—Haz que brillen —me ordenó Nyx.
—No puedo. —Mis manos (antenas) estaban como siempre, la piel de un inocuo tono normal.
—Falso. El fracaso no es una opción; cree en ti misma —siseó Nyx; sus escamas se deslizaron alrededor de mi cuello mientras lo apretaba.
Jadeé mientras intentaba quitar a Nyx de mi garganta.
—¿En qué… ayuda… sofocarme? —Nyx se contrajo violentamente.
—Te estoy motivando —dijo con calma.
Oficialmente, era la peor charla motivacional que había recibido (¿por qué me sentía un poco inspirada?).
—Eh… ¿señora? —Un hombre bajo, una criatura con cuernos curvos en el cráneo, se detuvo frente a mí—. ¿Necesita ayuda?
No necesitaba un espejo para saber que mi cara se estaba poniendo morada.
El hombre abrió los ojos de par en par mientras me asfixiaba delante de él, con la boca gorgoteando de manera poco atractiva.
—Espere —dijo mientras miraba mi toga de ejercicio como si la viera por primera vez, y su rostro palideció—. Usted es una de las psicóticas ctónicas.
Le sonreí.
El hombre se dio la vuelta, chocó con una sirena y se tropezó consigo mismo en la prisa por alejarse de mí, dejándome morir.
Nyx estalló en carcajadas y finalmente aflojó la presión.
—¿Viste qué asustado estaba de ti?
Me aferré al pilar como si mi vida dependiera de ello mientras tosía. Después de un rato, pasó la inminente sensación de una muerte segura, y me reí con ella. Era un poco gracioso.
—¿Hay alguna razón por la que acabamos de tener un dolor intenso alrededor de la garganta? —Augusto se cernía sobre mí, con los ojos oscuros destellando.
—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Caronte con frialdad, sosteniendo dos copas de ambrosía que había ido a buscar para nosotros—. ¿Alguien te atacó?
Se me erizó la piel al recordar que él me había apretado el cuello recientemente.
Agarré las dos copas y bebí el contenido rápidamente.
—¿ Por qué te falta el aliento? —preguntó Augusto, sin cambiar de tema—. ¿Qué fue el dolor de cuello que acabamos de sentir? Sabemos que era tuyo. Explica . —Intenté encogerme de hombros con indiferencia, pero lo arruiné con un ataque de tos que terminó en que apoyara las manos en las rodillas.
Finalmente, pude respirar.
—Nyx y yo estábamos jugando.
Augusto miró lo que probablemente era una marca alrededor de mi cuello.
—¿Acaba de… estrangularte ? —Su tono tenía la cualidad engañosa que siempre tenía antes de perder el control por completo.
—Cálmate —dije.
—¡Estoy muy calmado, carajo! —Augusto cortó el aire con la mano.
—Convincente —dije.
—¿Necesitas que te protejamos de Nyx? —me preguntó Caronte, con voz más profunda—. ¿Te sientes insegura?
Me atraganté, esta vez de incredulidad.
«¿Estos hombres están hablando en serio?».
—Solo estábamos jugando. —Exageré cada palabra—. Fue divertido .
Nyx se enroscó perezosamente alrededor de mis hombros.
—Ellos saben que podría matarlos en este momento si quisiera, ¿verdad?
A Caronte se le estaba poniendo morada la cara.
Suspiré; los hombres jamás podrían comprender lo que era tener una mejor amiga serpiente venenosa. Simplemente no entendían mi estilo.
Pasaron largos momentos mientras Augusto cerraba los ojos, murmurando una oración a Cronos en latín entre dientes.
Finalmente, abrió los ojos y relajó los hombros.
—Está bien —exhaló.
—¿Está bien?
—Confío y respeto tu juicio. —Se sonrojó.
Tucum-Tucum-Tucum.
Se me aceleró el corazón, y no era de miedo.
—¿Te gustaría… bailar con nosotros? —preguntó Caronte entre dientes; luego se inclinó hacia mí, ofreciéndome su mano, con las uñas pintadas de negro.
Augusto también extendió su mano.
Tucum-Tucum.
Aturdida, extendí la mía.
Sus manos la tomaron. Se sentía lascivo .
El simposio se desvaneció.
No existía nadie más.
—Bailemos, amor —dijo Augusto, su voz era terciopelo envuelto en seda. Me empujó hacia adelante, y nuestros pechos se rozaron.
Caronte se acomodó detrás de mí.
Una vez más, estaba apretada entre los dos.
Giramos por la pista de baile.
Augusto sostenía mi mano, mientras hundía suavemente las uñas en mi espalda baja. Caronte agarró mi cadera por detrás.
Cuatro puntos de contacto.
Sus dedos se tensaron, apretándose para mantener el contacto mientras girábamos; mi visión se llenó de estrellas.
Caronte se rio profundamente detrás de mí mientras Nyx se deslizaba de mis hombros hacia los suyos.
Estaba bailando con nosotros.
—Alexis. —El aliento de Caronte acarició mi sien cuando se acercó para hablarme con voz áspera—. Si no quieres… nos aseguraremos de que no tengas que competir.
Augusto me sostuvo la mirada.
—Preferiría ir a la guerra que verte sufrir en la arena. Solo dilo. Nosotros nos encargaremos.
Esas palabras en la boca de cualquier otra persona habrían sido exageradas.
Lo que decían el heredero mayor de la Casa de Ares y el Cazador era lo que de verdad pensaban.
La cabeza me daba vueltas, y no era por el baile.
Tucum-Tucum-Tucum-Tucum.
Estaban hablando de traición, de estar presos de por vida en la prisión más peligrosa del mundo, solo porque querían evitarme la crueldad del mundo espartano.
Peligrosamente fuera de lugar, me incliné hacia adelante y apoyé la cabeza en el pecho de Augusto. Se sobresaltó con mi contacto. El corazón le latía rápidamente, igualando el ritmo del mío.
Sonaba música: era Beethoven.
Sentí un dolor fantasma en la oreja izquierda, la oreja de Caronte.
Sería tan fácil aceptar lo que me ofrecían. Por supuesto que no quería pelear. Anhelaba sentarme en un cuarto oscuro resolviendo ecuaciones matemáticas esotéricas que probablemente no tenían implicaciones prácticas.
Pero Ceres estaba en la villa, esperando que regresara. Ella creía en mí.
Y no quería esposos que se desgarraran en pedazos para mantenerme entera.
—No —dije con calma mientras girábamos—. Puedo hacerlo yo sola.
Tener miedo no era razón suficiente para no pelear.
El pecho de Augusto vibró bajo mi oído.
—Estamos aquí para ti. Por favor, no lo olvides… somos tuyos , Alexis. Haremos cualquier cosa por ti.
Caronte dijo que estaba de acuerdo, y rozó su cadera contra mí íntimamente.
Me sonrojé por una idea que tuve, una idea ridículamente inapropiada. Miré a Augusto con nerviosismo.
—La verdad es que… sí hay algo. —Sus ojos de medianoche brillaron.
—¿Qué es, mi dulce carus ? —me preguntó.
Caronte apretó mi cintura con más fuerza.
—Si voy a morir en batalla, quiero tener sexo —solté rápidamente, antes de perder el valor.
Dejamos de girar.
Me quedé viendo el suelo.
— No te vas a morir. —Augusto me inclinó el mentón hacia arriba, de modo que nuestras miradas se encontraron—. No queremos que lo hagas por algún miedo absurdo a perecer en combate…
—No es eso —dije apresuradamente—. Ya estoy lista .
— Carissima —susurró Caronte contra mi sien—. Estás jugando con fuego.
Me aclaré la garganta, me invadió la debilidad.
—Ay, por el amor de Dios —siseó Nyx mientras se enrollaba alrededor de mis hombros—. Es solo apareamiento, ni que fuera tan profundo. Es tan vergonzoso verlo… Te veo mañana en las gradas. —Las escamas se deslizaron por mis piernas cuando se fue.
—Espera. —Miré el espacio vacío donde Nyx había desaparecido—. No puedes dejarme así como así, ¿no?
—Eh… sí, puedo —respondió Nyx—. Adiós, perra.
Hubo un alboroto a unos metros de distancia cuando un olímpico se tropezó con ella a medio giro y tiró a su compañero masculino al suelo; los dos hombres cayeron sobre la pista de baile.
La gente gritó mientras caía sobre ellos.
Nyx se rio como una maniaca mientras se deslizaba invisiblemente por el simposio.
Una sirena tropezó y lanzó una bandeja de ambrosía al aire.
Suspiré y volví a mirar a los hombres. Augusto estaba fijando mi boca con los ojos entrecerrados. Había deseo puro escrito en su rostro.
Era la tentación encarnada y, de repente, yo era una pecadora.
—¿Estás segura de que es lo que quieres? —preguntó Augusto lentamente, presionando algo duro contra mi estómago cuando se inclinó hacia mí.
Caronte movió su cadera contra mi espalda baja, empujándose contra la curva de mi columna.
—Ay, princesa —dijo con un tono malicioso y mordaz—. Te voy a introducir a cosas tan depravadas .
—Hazlo —lo provoqué.
Augusto me tomó de la mano y me sacó de la pista de baile; nos dirigimos hacia la salida. Caronte me agarró de la nuca con fuerza.
Le lancé una mirada; sus ojos eran de color azul acero y tenía la misma expresión que antes de ir a cazar titanes, antes de ir a la batalla.
Augusto chasqueó los dedos hacia unos guardias olímpicos que estaban holgazaneando junto a la puerta.
—Vamos de regreso a nuestra celda —dijo—. Acompáñennos.
Los guardias se pusieron firmes. Uno abrió la puerta y la sostuvo para que pasáramos, el resto avanzó detrás de nosotros obedientemente.
Mis esposos no me soltaron mientras caminábamos avanzábamos con rapidez por el laberinto que se extendía bajo el antiguo coliseo.
Nos detuvimos frente a nuestra celda.
Un guardia forcejeó con la llave, luchando por abrir la puerta.
—Apúrate. —La profunda voz de Augusto resonó ominosa por el estrecho túnel de piedra.
El guardia palideció mientras movía la llave en la cerradura con desesperación.
—Tenemos que hacer todo en estos días. —Augusto dio un paso adelante y tomó la llave; la metió en la cerradura y la giró con fuerza bruta.
Las bisagras crujieron cuando abrió la pesada puerta.
—Cierra la puerta detrás de nosotros —ordenó Augusto señalando la cadena que colgaba en la pared de piedra.
—Por supuesto, señor —respondieron los guardias al unísono; luego hicieron una profunda reverencia.
«¿Quién es realmente prisionero?».
De repente, no estaba tan claro.
Augusto sostuvo la puerta para que pasara y me escoltó dentro de la celda iluminada solo por una antorcha de cobre que ard ía con fuego bajo en la pared opuesta.
La mano de Caronte nunca se despegó de mi columna vertebral mientras caminaba muy cerca detrás de mí.
La pesada puerta se cerró de golpe.
Fluffy II, los perros infernales y Poco estaban acostados en el estrecho espacio al lado de la cama, roncando en una adorable pila de piel y huesos.
El bulto del lomo de Fluffy II todavía tenía un tenue matiz azul, pero no estaba quejándose, solo dormía profundamente. De repente, me di cuenta de que últimamente los dos habíamos estado brillando. «¿Estará relacionado?».
El silencio se prolongó.
Mis esposos estaban enfrente de mí, esperando.
Observé la cama, apenas lo suficientemente grande para los tres, y mi valor flaqueó.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Elige un número —me ordenó Caronte mientras las sombras oscurecían los bordes afilados de su rostro—. ¿Uno… o dos?
Augusto cerró sus manos en puños.
Un aura siniestra llenó la habitación.
—¿Dos? —dije tentativamente.
Caronte abrió la puerta del baño y la sostuvo para mí, con una sonrisa cruel.
—Entonces, un baño.