Capítulo 25
UNA MASACRE DE PODER
A LEXIS
Salí corriendo hacia el prado a oscuras.
La cerca de alambre de púas brillaba amenazadoramente a la luz de la luna.
Di vuelta en la esquina, directamente contra un cuerpo cálido.
Caronte soltó un gruñido de sorpresa cuando rebot é contra él y choqué con Augusto, quien me agarró de los brazos para estabilizarme.
—Perdón —dije mientras recuperaba el equilibrio—. No los vi.
Caronte nos acorraló con su cuerpo a Augusto y a mí hasta que los dos quedamos apretados contra un costado de la villa.
La Vía Láctea brillaba detrás de su apuesto rostro como una nube de estrellas en el cielo nocturno.
—Alexis —dijo Caronte suavemente al mismo tiempo que se acercaba para poner un brazo a cada lado de mi cabeza—. De verdad eres tú. —Inhaló trémulamente.
Sentía el cuerpo de Augusto caliente contra mi espalda, y me derretí en él.
La brisa nocturna era fresca, pero los dos irradiaban una tibieza extrema.
Tenía un zumbido en los oídos y las mejillas ruborizadas.
Por la forma pesada como respiraban, yo no era la única afectada por su proximidad.
En cámara lenta, Caronte se inclinó hacia mí y recorrió mi mandíbula con los dedos; su contacto dejaba un rastro de fuego. Jadeé cuando detuvo su pulgar en mi boca. Se lamió los labios, con una mirada devastadora.
—¿Caronte? —dije suavemente.
Cerró los ojos; tenía el pecho agitado.
— Carissima —dijo con voz ronca—. Quiero devorarte…
—Por favor, hazlo —susurré.
Caronte apartó la mano de mi cara y se alejó de mí. Se llevó a la boca uno de sus nudillos tatuados y lo mordió mientras me miraba con los ojos entrecerrados.
Su expresión era salvaje.
Augusto me apretó el brazo con los dedos y presionó su cadera contra mí; algo duro se hundió en la curva de mi espalda baja.
—Sabes qué cosas pecaminosas queremos hacerte, ¿verdad? —me susurró Augusto al oído con voz sedosa.
Tragué saliva.
—Eh, sí -sí.
—¿Estás lista… para estar con los dos? —La barba de Augusto me rozó el lado de la cara.
Me envolvió con su cuerpo como un capullo, mientras Caronte me miraba con hambre.
—Sí —exhalé, el calor aumentaba en el centro de mi cuerpo.
Augusto inhaló profundamente.
—Qué buena eres —me dijo al oído con voz áspera.
Me sobresalté cuando me apretó hasta que fue doloroso. Tenía la mirada fija en la cicatriz que quedó donde solía estar la oreja de Caronte.
Brotó en mí un confuso torbellino de emociones. Antes de que pudiera identificarlas, Caronte se alejó, y Augusto me soltó.
—No estás lista para nosotros —dijo Caronte con crueldad, y su rostro se transformó en un esqueleto.
Augusto frunció el ceño; le escurría sangre de ambos ojos.
— Jamás podrías con los dos.
Caronte puso la mano en forma de pistola y apuntó a mi cara.
Jaló el gatillo.
Un dolor agudo estalló en mi cráneo.
Me incorporé de un salto en la cama, agarrándome la frente mientras se disipaba el sueño.
El intenso dolor del cráneo desapareció, y no quedó ni siquiera un dolor de cabeza, solo una dichosa paz.
«Fue solo un sueño».
«Una pesadilla».
La luz de la mañana me calentó la cara, y me dejé caer de nuevo sobre la cama llena de adornos de Helena.
Fluffy II estaba parado al lado; hicimos contacto visual, y él saltó y me clavó sus enormes patas (¿pezuñas?) en el estómago.
Tosí; con trabajo sobrevivía al afecto (violento intento de asesinato) de mi animal de protección.
Esforzándome por respirar, giré la cabeza: me encontré con una rosa recién cortada.
Suavemente, recorrí las espinas con los dedos.
«Te está visitando por la noche. Ya sabes que no es la parca. Es tu…».
Sacudí la cabeza, negándome a pensar en ello.
En este punto, mi vida no podía empeorar más.
Toc.
Toc.
—Tenemos que ir a la masacre de iniciación en unos minutos —gritó Drex desde el pasillo—. Ya todos desayunaron y te están esperando en el atrio.
«Olvídalo, ahora es peor».
—Cállate, carajo, y mátate —le siseó Nyx a Drex desde algún lugar entre las cobijas—. Estoy durmiendo.
No era una persona matutina.
Me azotó un pensamiento horrible.
—¿Patro y Aquiles estaban en el desayuno? —pregunté con creciente preocupación.
—Sí —respondió Drex.
—¿Estaban… encadenados a sus sillas?
—Eh… no. Espera, ¿por qué se te ocurrió eso? Alexis, ¿qué estás haciendo en tu tiempo libre?
—Nada.
Hizo un ruido de incredulidad.
Ignoré la energía crítica de Drex y me entretuve poniendo la rosa en el jarrón donde había empezado a coleccionarlas.
Fluffy II movía la cola y corría en círculos mientras me apresuraba para que me preparara. Su emoción por la vida era entrañable, y también sumamente molesta.
—Cálmate. —Lo señalé—. Todos vamos a morir.
Fluffy II saltó y dio coces con las patas traseras con entusiasmo.
«Lo intenté ».
Después de vestirme con el atuendo que Helena me había dejado, me envolví a Nyx alrededor del cuello.
—Cuidado —siseó—. Los diamantes están fríos.
Fui hacia el espejo.
—¿De qué hablas? No tengo…
Se me abrió la boca de par en par.
Un collar de destellantes diamantes azules colgaba alrededor de mi cuello como una gargantilla.
«Ay».
«Dios».
«Mío».
—¿Caronte? —susurré con horror creciente mientras acariciaba la joya, hipnotizada por lo mucho que brillaba. Suspirando pesadamente, busqué el broche—. No puedo usar esto.
—¿Por qué? —preguntó Nyx mientras se deslizaba por mi brazo.
—Porque es demasiado y yo…
—¿No acordaste ayer que le ibas a dar una oportunidad a Caronte? —me interrumpió Nyx.
—Pues… no lo maté…
—Exactamente —siseó Nyx—. Acepta las joyas bonitas. No seas ingrata, es de mal gusto.
Mis dedos se quedaron quietos.
Tenía un punto.
Deje caer las manos, mis entrañas se llenaron de determinación. «Puedo perdonar a mis esposos y demostrarle mi valor a Esparta».
O estaba comenzando un nuevo episodio, o estaba completamente delirante. Solo el tiempo lo diría (definitivamente era lo segundo).
Drex sonrió con alivio cuando salí del cuarto. Me agarró del brazo y me arrastró por la villa dorada. Fluffy II ladró y corrió a nuestro lado mientras que Tocón volaba sobre nuestras cabezas; sus plumas metálicas rozaban el techo.
Nos detuvimos en el atrio bullicioso.
Todos se volvieron hacia mí.
Todos los líderes y herederos estaban presentes, incluyendo a Helena y Charlie. La única persona que faltaba era Ceres. Al menos ella estaría a salvo en la villa, protegida de los olímpicos.
Perséfone y Hades me sonrieron con orgullo; les devolví la sonrisa.
Al contrario, el lado de mi cara que daba hacia Aquiles y Patro se erizó bajo el peso de sus miradas asesinas. A juzgar por sus expresiones, no estaban contentos conmigo.
Al otro lado de la sala, Caronte sonrió con pura satisfacción masculina mirando las joyas en mi cuello.
—¿A quién están viendo todos? —siseó Nyx—. Pervertidos.
—Vamos —ordenó Hades.
«¿Por qué Augusto tiene vendados los nudillos de la mano derecha?».
Todos reunieron sus manos.
— Domus —gritó Afrodita.
Crac.
Salió humo; los animales de protección se sentaron a nuestros pies con anticipación, y el túnel del Coliseo de los Dolomitas apareció a nuestro alrededor.
Ya había estado aquí antes.
La piedra vibraba y caía polvo porque la gente pisaba con fuerza el piso sobre nuestras cabezas. La mayor parte de Esparta estaría presente hoy.
— Amor fati, memento mori … Amor fati, memento mori —resonaba en el aire.
«Recuerda la muerte, ama tu destino».
Metí la mano entre los pliegues sueltos de mi toga y toqué el metal frío de mi calculadora de apoyo emocional.
Nyx se enroscó con más fuerza alrededor de mi brazo.
Fluffy II recogió una piedra con el hocico y la trituró. «Sí, es un caballo».
Ares, Afrodita, Artemisa y Hades se adelantaron, subieron por una estrecha escalera espiral de piedra construida en la roca, y todos los seguimos.
Augusto me miró por encima de su hombro mientras subía las escaleras. Poco colgaba de su espalda comiéndose su cabello.
Sus ojos parecían más lúcidos y brillantes de lo habitual.
Caronte caminaba detrás de mí, con la mano en mi espalda baja, empujándome hacia adelante. Sus dedos se deslizaron por mi columna y recorrieron el collar de diamantes azules. «¿Me lo puso en el comedor sin que me diera cuenta, o me visitó a mitad de la noche?».
Quería preguntarle, pero los nervios me retorcían el estómago, y la tensión entre los tres aumentaba.
Salimos de la estrecha escalera al estadio: había nubes grises bajas, y una brisa fuerte azotaba de un lado a otro las ocho coloridas banderas de las Casas Olímpicas. Cada sección tenía unas pocas docenas de miembros de la Casa con ropa a juego.
Augusto y Caronte se acomodaron a mis costados, cada uno con una mano en mi espalda baja. Era un contacto de lo más ligero, pero me costaba concentrarme en cualquier otra cosa.
El día anterior, se habían arrastrado hacia mí, suplicantes.
Me llené el olfato con sus embriagadores aromas: relámpago y lluvia.
Discretamente, giré la cabeza hacia un lado y respiré profundamente mientras observaba a la multitud, entre quienes localicé al león de la Casa de Zeus.
Entre las Casas había grupos de diferentes criaturas que no había percibido la primera vez. Reconocí una sección llena de sirenas, y Érebo estaba sentado con docenas de hombres con capas similares. Había otras criaturas que no reconocí.
En medio de todo, la arena estaba vacía.
Los concursantes todavía no habían llegado.
— Amor fati, memento mori … —Las voces de los espartanos se fueron apagando conforme todos se volvían para mirar a nuestro grupo.
La seda negra de mi toga soplaba al viento contra mis piernas y mi anillo de bodas se sentía como una marca en mi dedo.
Los líderes ctónicos se volvieron a mirarnos con expresiones frías y majestuosas. El poder vibraba tangiblemente a su alrededor entre el resplandor de la niebla y la bruma.
Ares asintió, un halo color rubí brillaba inquietantemente alrededor de sus iris negros.
Pum.
Plas.
Pum.
El estadio vibraba bajo mis pies cuando los olímpicos pisoteaban las gradas de piedra con emoción.