Capítulo 13
EL CAZADOR
C ARONTE
El mundo silbaba mientras caía la lluvia; el lodo se acumulaba debajo de mis rodillas.
Sonaban disparos, gritos de los titanes, sacudidas de las cadenas, y Augusto gruñía mientras luchaba detrás de mí.
Empapado hasta los huesos, el dolor punzaba en la herida fresca del lado izquierdo de mi cabeza.
Pero lo único que importaba era ella .
Alexis Hert yacía en la hierba lodosa cubierta de sangre, y se veía destrozada y etérea.
«Mi esposa está herida».
Era completamente devastador.
Con perfecta precisión, cosí mi oreja a su cabeza.
«Ad entro, afuera, adentro, afuera».
Arreglar a Alexis era lo único que importaba.
El maldito titán había cortado su oreja en pedazos, y yo tenía una perfecta que ella podía usar.
Era así de simple.
Tampoco era mi primera vez cosiendo miembros. En batalla, yo había perdido dedos, dedos de los pies e incluso una mano entera una vez.
Los espartanos no podíamos regenerar tejido duro, como apéndices y extremidades, pero podíamos fusionarnos.
Si se cosía una herida pocas horas después de recibirla, nuestros cuerpos volverían a curar el apéndice dañado. Lo mismo aplicaba a las partes del cuerpo donadas por otros espartanos.
El cuerpo de mi esposa iba a aceptar mi oreja. No tenía otra puta opción.
Can y Cerbero merodeaban protectoramente a nuestro alrededor, con ojos de fuego resplandecientes, listos para despedazar a cualquiera que se atreviera a acercarse.
Un titán chilló cerca de nosotros, pero yo ni siquiera me di la vuelta para mirarlo.
Augusto se encargaría de él.
Le habría confiado mi vida, y la de ella.
«¿Desde cuándo los titanes empezaron a mutar en malditos murciélagos?».
Terminé las últimas puntadas mientras Alexis estaba a la deriva entre el desmayo y la conciencia.
La lluvia salpicaba su piel bronceada y sus rizos dorados eran un halo enmarañado alrededor de su cabeza, la cual yacía en un charco de lodo rosa.
Incluso para un espartano, incluso para un ctónico, había sufrido heridas graves y, aun así, de alguna manera, seguía respirando.
Nunca había visto nada igual.
Había luchado sola contra dos titanes que podían volar . Era extraordinario.
Aquiles y Patro no estaban por ninguna parte, lo que significaba que la habían abandonado.
«Si no están muertos ya, lo estarán pronto».
Alexis jadeó con dolor y usé el dobladillo de mi camiseta para limpiar la sangre alrededor de su oreja.
Rocé las puntadas con el dedo y las inspeccioné de cerca en busca de signos de rechazo; la pálida piel ya se estaba bronceando. Su cuerpo la estaba aceptando.
No podía hacer nada más que arrodillarme junto a mi esposa mientras esperaba, temblando, y mis lágrimas se mezclaban con la lluvia.
Alexis se giró y tosió convulsivamente.
Se me detuvo el corazón cuando vi el daño de su espalda. Era mucho peor de lo que había pensado inicialmente: la piel le colgaba desprendida y eran visibles los huesos blancos y nudosos de su columna. Su espalda estaba hecha trizas.
Ni siquiera había suficiente piel para coserla.
—¡No te muevas! —Me quité la camiseta y presioné la tela contra su carne destrozada.
—Cá-cállate. —Alexis luchaba en el barro.
Intenté ponerme de pie para detenerla, pero me resbalé y caí al suelo con un gruñido. El titán que habíamos capturado en Sudamérica me había dejado marcas de garras en los muslos y por alguna razón también me dolía la espalda. Tenía más heridas de las que me había dado cuenta.
—¿Cómo…? —Alexis tosió mientras giraba la cabeza—. ¿Supieron… estaba… aquí?
La lluvia goteaba de sus largas pestañas.
— Siempre vendremos por ti.
Can y Cerbero se sentaron a su lado, gimiendo mientras se acurrucaban con ella.
No se me escapó que ninguno de los dos se preocupaba por ayudarme.
Alexis se rio débilmente, con la espalda destrozada temblando.
—Buenos… perritos.
Las letales bestias de clase seis movían sus colas huesudas, entusiasmándose con su atención y lamiendo su cara mientras ella se reía.
Alexis tosió y le salió sangre de los labios.
—Sálvate… déjame.
Nuestras caras cubiertas de lodo estaban a centímetros de distancia.
Algo oscuro y siniestro despertó dentro de mí.
—¿Sabes quién soy? —le pregunté.
Desvió la mirada al lado ensangrentado de mi cabeza, y se puso pálida.
Estábamos conectados físicamente, para siempre.
«Perfecto».
—Soy tuyo —dije mientras la lluvia rugía a nuestro alrededor—.
Puedes romperme las piernas, pero de cualquier manera yo iré tras de ti arrastrándome.
Si estás herida, me desharé en pedazos para completarte…
cada… maldita… vez. Esto no es un acuerdo pasajero.
Estaremos juntos. Para siempre. O hasta que me muera.
Abrió los ojos de dos colores de par en par.
—¿Entiendes lo que te estoy diciendo, princesa ?
Contuvo la respiración.
— Dime que no lo sientes. —Me acerqué más a ella y nuestros labios se tocaron. No había nada sexual en ese beso; era solo posesión y furia—. Si no lo sientes, me rendiré —susurré contra sus labios—. De todos modos, te protegeré, pero dejaré de… intentar.
Inhalé, respirándola, como un hombre moribundo.
Sus pupilas se dilataron.
—Sí… lo siento —dijo en voz baja—. Pero no… significa nada.
Abrí la boca contra la suya y asomé la lengua. Devoradora .
Su lengua me devolvió energías.
—¿Qué demonios les pasa a ustedes dos? —gritó Augusto—. ¿Por qué siempre los encuentro así? ¿Se están besando mientras se desangran?
Solté su barbilla como si quemara.
Pasaron largos segundos mientras Augusto nos contemplaba bajo la lluvia. Tenía el cabello empapado, pegado a los brazos y la espalda como una segunda piel, y Poco estaba sentado en su hombro tiritando de frío.
Sacudió la cabeza.
—¿Alguno de los dos puede levantarse?
—No —respondí, al tiempo que Alexis susurraba:
—Quizás.
Nos miramos mutuamente con desdén.
Augusto respiró profundo para calmarse.
—Ninguno de los tres está en condiciones de transportarse; tenemos que llegar a una casa de seguridad.
Se oyó un fuerte gemido y luego una criatura monstruosa acarició la cara de Alexis con el hocico.
Busqué mi arma.
—No… Fluffy II.
Miré boquiabierto a la bestia blanca, que ahora tenía la complexión y estatura de un caballo pequeño, pero el cuerpo de un perro. Un extraño bulto sobresalía de su lomo.
—¿Qué demonios le pasó? —preguntó Augusto, horrorizado.
—Solo… creció.
«Genial, mi esposa es una lunática».
Antes de que pudiera darle un sermón sobre la seguridad de los animales, Augusto asintió como si se estuviera preparando para algo.
—Vamos —dijo—. Conozco una casa de seguridad en esta ciudad; yo los puedo cargar a ambos.
Alexis miró a los tres titanes que llevaba encadenados alrededor de su cintura con incredulidad.
Yo asentí, de acuerdo. La Casa de Ares era la Casa de la Guerra por una razón. Su herencia se ganaba por medio de dolor y resistencia inimaginables.
Unos minutos después, el lodo nos salpicaba mientras Augusto avanzaba con fuertes pisadas.
Llevaba a Alexis cargada contra su pecho, al estilo nupcial; yo me apoyaba en su brazo como soporte, y arrastraba tres titanes detrás de él con ruidos de cadenas.
Alexis mascullaba mientras se desmayaba y recuperaba la conciencia.
Augusto nunca vaciló. Un músculo se contraía en su mandíbula, la única señal de que sentía dolor, mientras continuaba avanzando, como una bestia estoica.
Cuando llegamos al límite del parque cubierto de pasto, dos figuras avanzaron bajo la lluvia, bloqueándonos el paso.
Augusto apretó más a Alexis contra su pecho.
Agarré mi pistola.
—¿Qué le van a hacer? —pregunt ó una anciana. Tenía el pecho empapado de sangre y se tambaleaba como si estuviera a punto de desmayarse.
—Lucía, ten cuidado. Son espartanos —le advirtió un anciano.
—No me importa lo que sean. —Me miró con desdén—. ¿A dónde la llevan? —Su voz sonó extraña en mi oído sin oreja.
Augusto la miró boquiabierto.
Los humanos no se acercaban a los espartanos. Jamás.
—¿Perdón? —pregunté, asombrado por su atrevimiento.
Otra mujer se acercó a ella y señaló a Alexis.
—Ella nos salvó; entonces, ¿qué le van a hacer? Respondan la pregunta. No dejaremos que la lastimen.
Me reí sarcásticamente.
—Ella es nuestra esposa . No es de su incumbencia.
Más personas se acercaron y se pararon detrás de las idiotas que nos bloqueaban el camino. Se cruzaron los brazos y me miraron con desdén como si yo fuera el problema, y no uno de los hombres que acababan de salvarla.
—Apártense. —Levanté mi pistola.
Los aniquilaría por la audacia de pensar que tenían algún derecho sobre ella.
—Guarda el arma —dijo Augusto con voz cortante mientras me miraba sacudiendo la cabeza.
El mundo silbaba bajo la lluvia mientras bajaba lentamente mi arma, pero no la guardé.
«Da igual, los mataré a todos con mis propias manos».
Augusto se aclaró la garganta; hizo desaparecer la tensión de su rostro y se puso su máscara: de hombre bueno, de heredero mayor, de líder.
—No se preocupen, amigos. —Su voz resonó con sinceridad mientras se dirigía a la creciente multitud.
Docenas de personas salieron de calles laterales y edificios para bloquearnos el paso. «¿De dónde salieron tantos malditos humanos?».
Había muchísimos. Era asqueroso.
—Por mi honor como el heredero mayor de la Casa de Ares —dijo Augusto—, prometo que llevaré a Alexis Hert, heredera de la Casa de Hades, a recibir tratamiento médico. No sufrirá ningún daño bajo nuestro cuidado. Lo juro solemnemente, nuestra misión es protegerla.
«Para siempre».
La anciana resopló mientras miraba con desconfianza la oreja que me faltaba.
Yo le devolví la mirada de desdén.
Frunció el ceño.
—Ella es mejor que el resto de los espartanos… a ustedes, nosotros nunca les importamos. No como a ella… Ella es diferente.
Hizo la señal de la cruz con su dedo torcido.
— Angelus Romae —gritó un hombre entre la multitud; le temblaba la voz como si se dirigiera a alguien de la mayor estima.
«El ángel de Roma».
Augusto inclinó la cabeza respetuosamente.
La multitud se apartó para abrirle paso y, mientras caminábamos entre ellos, humanos de todas las edades extendían la mano para rozar a Alexis.
También escupieron sobre los titanes encadenados, y algunos incluso los patearon.
Los flashes de las cámaras destellaron.
— ¡ Angelus Romae ! —cantaban los humanos con adoración a su heroína mientras avanzábamos. En lugar de dispersarse, más gente salió de los edificios en ruinas, bordeando las calles lluviosas.
Me hormigueaba la piel mientras cojeaba; me volví para contemplar el rostro de Alexis.
Los humanos tenían razón.
Incluso bajo la lluvia, su cabello dorado enmarcaba su cabeza como un halo. Se parecía a sus pinturas de criaturas divinas.
El problema era que los humanos la llamaban «su» ángel, y yo ya la había reclamado como mía, y la única persona con la que compartiría sería con Augusto.
Todos los demás podían morirse.
Miré a la multitud pelando los dientes, gruñendo como mis perros infernales a cualquiera que la tocara.
El canto se hizo más fuerte, y aumentó mi necesidad de gritarles que se callaran.
Por ahora, los humanos podían pensar que ella era su heroína.
Ya aprenderían.
Cuando llegamos al final de la calle empedrada, sonó un fuerte estallido. Salió humo.
Una figura se irguió sobre las ruinas de una casa. La pared de ladrillo estaba manchada de sangre, protegida de la lluvia por una losa de concreto caída.
Nos detuvimos.
Augusto apretó a Alexis más fuerte contra su pecho y ella murmuró incoherencias.
La figura salió de las sombras.
—¡Cómo te atreves a mostrar la cara! —gritó Augusto con el rostro retorcido por la furia.
Aquiles dio un paso hacia nosotros, con los ojos muy abiertos mientras miraba a Alexis. La lluvia le escurría por el bozal.
—La abandonaron. —La sangre corría por el rostro de Augusto, mezclándose con la lluvia—. ¡La dejaron aunque fuera a MORIR!
Aquiles dio un paso atrás, culpable, con los hombros encorvados.
Augusto se enderezó por completo; los duros ángulos de su rostro eran implacables y despiadados.
—Me das asco, hermano.
Crac.
Aquiles se transportó a otro lugar con la mirada atormentada de arrepentimiento.
Se merecía algo mucho peor.