Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

EL DRAGÓN

A QUILES: UN MINUTO ANTES

Fiódor Dostoyevski escribió alguna vez: «Sobre todo, no te mientas a ti mismo».

«¿Sabría lo que estaba sintiendo en este momento?».

No podría haberlo sabido.

Solo el mismísimo Cronos podría entender el terror que me desgarraba el pecho.

En medio de una calle decrépita de la ciudad, unos titanes con alas —«¿cuándo ocurrió eso?»— pasaron junto a mí, mientras el hombre que era dueño de mi alma yacía roto y sangrando, con el cuello doblado en un ángulo antinatural.

Por un segundo, aparté la mirada de Patro.

Alexis, la chica que debíamos proteger, me miraba con el peso de una resignación reservada solo para Sísifo.

No había esperanza en sus ojos bicolores, solo aceptación.

Mi mente se estaba desintegrando.

Volví a mirar a Patro, incapaz de voltear a otro lugar que no fuera su cuerpo destrozado.

El cuero me rozó la mandíbula cuando intenté abrir la boca para gritar.

Me tronó la mandíbula, pero el material se negó a desgarrarse.

El maldito bozal tenía suficiente flexibilidad para que pudiera comer o fumar, pero no para desatar mis poderes.

Si pudiera usar el talento otorgado por Cronos, me encargaría de los titanes. « Fácilmente».

Sin embargo, la Federación me había castrado.

Me habían condenado a esta miseria.

Jamás había lamentado tanto algo como haber hecho el juramento espartano de no quitármelo. Los juramentos, como los vínculos con los animales de protección, eran para siempre.

Una vida de encarcelamiento en el Inframundo habría sido preferible a este tormento.

Los segundos se escurrían a mi alrededor.

No había tiempo.

El pecho de Patro dejó de moverse.

Los espartanos podíamos sobrevivir a daños físicos extremos, pero no éramos invencibles. Si su médula espinal estaba cortada, si tenía los pulmones perforados o una hemorragia interna, podía caer en un coma perpetuo.

Si Patro perecía, yo también, pues me negaba a existir en un mundo en el que él no estuviera.

Él era la razón por la que me despertaba, la razón por la que me molestaba en respirar, la fuente de cualquier alegría que había encontrado en el miserable desierto que era la civilización. Él era los látidos de mi corazón.

El tiempo pareció avanzar más lento.

Los dos titanes se detuvieron a medio paso.

Los rizos de Alexis se quedaron quietos alrededor de su rostro.

Los ladrillos que caían colgaban suspendidos en el aire sobre el cuerpo de Patro.

Todo se redujo a este momento; mis pensamientos estaban desatados.

Patro estaba obsesionado con que Alexis fuera nuestra; la chica que estaba a media calle, en peligro inminente.

Había vivido con nosotros durante meses, encajaba , y no perturbaba la obsesión, la devoción que teníamos el uno por el otro.

Él pensaba que ella podía convertirse en algo más para nosotros; solo quería una oportunidad para que tuviéramos el final feliz que Esparta no quería que tuviéramos.

Pero Augusto y Caronte eran inflexibles.

Y ellos la habían obtenido primero.

Ahora Patro tenía pesadillas de nuevo. Se estaba desmoronando, y yo no podía ayudarlo. No podía darle lo que quería: a ella.

Entonces, mi locura aumentaba.

Mis oscuras inclinaciones posesivas resonaban desde mi alma. El impulso de encerrar a Patro y mantenerlo a salvo de cualquier daño cada vez se volvía más difícil de ignorar.

La pasión —la rabia posesiva de la Casa de Ares— hervía dentro de mí noche y día. Intenté ocultar mis sentimientos, pero no se dejaban enterrar.

No podía comprender cómo le hacía Augusto para mantener las apariencias. Para él el mundo, era tranquilo, estoico.

Yo todavía recordaba cómo Augusto había sollozado, cómo le escurría saliva de los labios, cómo brotaban lágrimas de sus ojos, mientras gritaba de dolor cuando Ares le cortó la cara con una espada vulcana envenenada, el metal forjado para marcar a los inmortales.

Durante nuestra infancia, Augusto nunca había podido ocultar su locura.

Yo me hice a su sombra, y seguí su ejemplo.

Sin embargo, en algún momento del camino, Augusto comenzó a ocultar su ira, y yo dejé de ser capaz de contener la mía.

Ahora tenía que tomar una decisión. Patro querría que ayudara a Alexis, estaba convencido de que ella era nuestra salvación. Y era cierto que a mí también me importaba ella.

«No te mientas a ti mismo».

Lo que sentía por Patro era inconmensurable.

Tal vez en el futuro Alexis podría importarme lo suficiente, pero no ahora.

No había comparación. Para ser honesto, no había.

Los titanes gritaron y volvieron la cabeza; todo recuperó su movimiento.

Corrí, y me arrodillé sobre Patro para protegerlo mientras les disparaba a los titanes.

«Estás perdiendo tiempo. Deja de fingir».

Lancé las armas al suelo con disgusto.

Con la mayor suavidad posible, recogí el cuerpo destrozado de Patro.

Alexis estaba huyendo, mirando hacia atrás por encima del hombro.

Esperaba lágrimas, una mirada de traición.

Su rostro era inexpresivo.

La aceptación en su mirada fue peor que cualquier cosa que pudiera haber imaginado. Ella entendía; veía mi alma en ruinas mejor que yo.

Estaba corriendo por su vida, abandonada por los mentores que se suponía que debían protegerla; pero era fuerte, estaría bien.

«Eres un hombre deshonesto».

Era una mentira pura.

Domus .

Era tan poderoso que no necesitaba decir la palabra en voz alta para transportarme.

Roma desapareció, reemplazada por estériles paredes blancas y equipo médico cubierto con el símbolo de sanación espartano, un bastón con alas: el báculo de Asclepio.

Con ternura, acosté a Patro en una camilla.

Alexis acababa de aprender la verdad más dura de todas.

La agonía tenía un segundo nombre: ctónico.

O éramos los seres más solitarios de la tierra, o amábamos obsesivamente, con toda el alma.

Devoción total o nada .

No había punto medio.

Dostoyevski estaba equivocado; no era el mentiroso quien sufría, sino el hombre que aceptaba la verdad. Nadie más podía conocer tal condena.

Los médicos olímpicos se reunieron alrededor de Patro, y yo caí de rodillas junto a su cama de hospital.

Agaché la cabeza. Entrelacé las manos. Las lágrimas corrían sobre mi bozal mientras oraba a Cronos por la vida del hombre que era dueño de mi alma.

Y por la mujer que había dejado atrás.