Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

HOMbrES DE RODILLAS

A LEXIS: CERO DÍAS ANTES DE LA PRIMERA

ASIGNACIÓN CONTRA LOS TITANES

La luz de la luna se reflejaba sobre el tranquilo lago de afuera y se filtraba a través de las ventanas de la villa.

Cerré la puerta de la habitación suavemente detrás de mí, Nyx roncaba alrededor de mi cintura.

La semana había sido una turbulencia de simulaciones de tiro, pero mi puntería apenas había mejorado.

Hoy íbamos a entrar en combate contra los titanes.

Me habría sentido deprimida, pero como este verano también tenía que luchar a muerte en el Torneo de Gladiadores, no sentía nada en absoluto.

Fluffy II se sentó a mis pies; Poco estaba sentado sobre su cuello, sosteniendo sus orejas con sus deditos negros, como si fueran riendas.

«Espera, ¿no debería estar con Augusto?».

Me encogí de hombros, y avancé por el pasillo dorado hacia el atrio, donde habíamos acordado encontrarnos. La madrugada estaba cargada de expectación.

Crac.

Se abrió una cortina de humo alrededor de una figura bajita que llevaba una toga verde y el cabello rubio largo y rizado. Sus hombros se relajaron y suspiró de alivio.

—Qué alegría me da haberte alcanzado, hija —dijo Perséfone de pie frente a mí, con un dragón dormido en el hombro.

Fluffy II movió la cola y Poco chilló para saludarla.

—Hola, ma-madre. —La palabra se sentía desconocida y extraña en mi garganta.

«¿Qué hace aquí?».

Perséfone abrió los brazos y esperó, con los ojos brillando de lágrimas.

—No quería que tuvieras la carga de… nuestra herencia —susurró—. La Federación no quiere que sepas la verdad, pero yo me doy cuenta de que ya sientes su peso.

Me dejé abrazar. Me envolvió en su calidez y me sostuvo con fuerza, frotándome la espalda. Se sentía bien.

Su dragón se movió y su ala coriácea me tocó un lado de la cara.

El poder de Perséfone era una algo vivo y palpitante, y olía a tierra húmeda con un toque de hambre.

Respiré hondo.

—Tú tienes sangre de la Casa de Hades y de la Casa de Deméter —dijo contra mis rizos—. ¿Sabes lo que significa?

Intenté responder, pero no había palabras dentro de mí.

—Significa que eres hija mía , y nuestro poder es… único.

—¿Por mi abuelo… Yasión? —susurré el nombre de la infame criatura oscura que la había engendrado.

Ella me apretó más y asintió.

Nyx murmuró algo de que iba a morir aplastada.

—Por eso me desheredó Deméter —dijo en voz baja—. Por eso me exilió la Federación, y por eso Hades tuvo que acogerme. Esparta prefiere que la gente pueda clasificarse en categorías bien ordenadas.

Ella había reclamado la tierra de Creta. La tierra misma le había respondido.

Perséfone se apartó y me miró; sus ojos tenían un brillo travieso.

—Recuerda esto… —Se acercó como si me estuviera revelando un secreto—. Es mucho más fácil manejar un poder que es insignificante. Si es difícil de dominar, entonces, sabes que va a ser bueno.

Me guiñó un ojo, luego miró su reloj con un suspiro.

—Tengo que irme. La Federación no puede enterarse de que estoy aquí; sé fuerte, hija mía.

Crac.

Perséfone desapareció en una nube de humo.

Miré el lugar donde había estado.

Aturdida, atravesé la villa, tambaleante. Nyx siseaba mientras se deslizaba alrededor de mis hombros.

Cuando por fin llegué al atrio, el cielo afuera de los ventanales era un interminable mar de estrellas. Su luz titilante se reflejaba en el oscuro suelo de mármol negro.

Los miembros del Escuadrón de la Muerte se estaban preparando, ajustando sus armas y abrochando sus arneses. Los animales de protección estaban junto a ellos, medio dormidos.

El tiempo se había agotado: los titanes nos esperaban.

Fluffy II se dejó caer de espaldas sobre el mármol. Tenía la lengua de fuera, y Poco yacía junto a su cabeza, jugando con sus largas orejas.

Entre sueños, Nyx siseó que los iba a asesinar a todos.

Me pasé las manos por la cara; me tranquilicé tarareando una melodía clásica y resolviendo mentalmente un problema de geometría diferencial que esperaba que hiciera sentir orgulloso a Carl Gauss.

«Pero él no está aquí y tú eres un soldado, no una intelectual».

Me senté en el duro mármol (colapsé por un agotamiento que no tenía nada que ver con la privación del sueño) y me volví a amarrar las botas de combate.

Una sombra cayó sobre mí y alcé la mirada.

Augusto me miraba desde arriba; los duros rasgos de su rostro parecían más severos de lo habitual. Me estaba ofreciendo un dispositivo negro.

—Presiona este botón si te metes en cualquier problema. Iremos de inmediato.

Antes de que pudiera responder, se agachó frente a mí con el dispositivo en la mano. Era similar al comunicador que el general Cleandro usaba para convocar a los mentores cuando estábamos en el crisol.

Augusto exhaló pesadamente, arrodillado frente a mí. Sus largas pestañas negras rodeaban unos ojos oscuros como una noche sin estrellas; estaba tan cerca que podía distinguir cada borde de la cicatriz irregular que le cruzaba el pómulo.

Sentí el extraño impulso de recorrerla con los dedos. Deslizó el aparato en el bolsillo de mis pantalones militares.

Me estremecí.

—Por favor, úsalo —dijo—. Incluso aunque no estés segura, pero te sientas amenazada, úsalo… Ahí estaremos. —Su mano se demoró en mi muslo con los dedos extendidos.

El aire se llenó de un olor a ozono y almizcle.

Tensó la mano posesivamente sobre mi pierna y se inclinó hacia al frente, hasta que nuestros rostros quedaron muy cerca.

—Alexis —susurró mientras presionaba la frente contra la mía.

Quería colapsar en sus brazos y dejar que me protegiera del mundo.

En mi mente, no tenía duda de que me protegería. Siempre había hablado francamente de que las mujeres no debían luchar. La idea de quedarme sentada y relajarme mientras alguien más se encargaba de todo era embriagadora.

Sin embargo, el mundo no funcionaba así.

Una tenía que salvarse a sí misma.

Siempre .

—Por favor, prométemelo, Alexis. —Su voz de barítono era suave como la seda; sus ojos oscuros destellaban—. Odio que no podamos estar contigo para protegerte; odio … el hecho mismo de que tengas que luchar.

Apretó mi muslo, las uñas se hundieron en mis pantalones.

—Tú no deberías estar en el Escuadrón de la Muerte. Es ridículo, carajo.

Él no creía que estuviera hecha para esto.

Yo tampoco.

A veces estábamos hechos para algo diferente de lo que queríamos. Los límites se estaban difuminando, era momento de recordarlos.

Eché la cabeza hacia atrás y enderecé los hombros.

—Yo puedo cuidarme sola. —No tartamudeé.

Enseguida desapareció cualquier rastro del hombre amable y cariñoso. Si es que alguna vez había existido.

Su rostro era una máscara de peligro.

—Aceptemos que no estamos de acuerdo, esposa .

El diablo encarnado estaba aquí para lanzarme a la batalla.

Augusto presionó su frente contra la mía y nuestra respiración se mezcló. El gesto era iracundo.

—Más te vale mantenerte a salvo, carajo. —Su voz vibró—. Si necesitas transportarte a un lugar seguro, hazlo. ¿Entiendes? Protégete a toda costa… Nadie más importa. Solo tú.

Zas. Nuestro vínculo se encendió.

—Cuídate —dijo en voz baja—. O habrá consecuencias, mi carus .

Era una amenaza.

Besó mi frente con suavidad. Sus labios eran ligeros como plumas; me ardió la piel, se me cortó la respiración, mientras una especie de fiebre se extendía por mi cuerpo.

—Mi preciosa esposa, familia ante omnia . —Augusto volvió a besar mi frente.

Me incliné hacia el contacto con él.

«La familia por encima de todo».

—Creo que me acabo de enamorar —siseó Nyx con tono soñador.

Augusto esperó mi respuesta.

Las palabras burbujearon en mi garganta, pero se me murieron en la lengua. Augusto no me presionó para que dijera algo; en cambio, me ofreció su mano y me ayudó a levantarme.

Los dedos me hormiguearon donde los tocó.

—Alex va a estar bien conmigo. —La voz de Patro rompió el trance en el que ambos habíamos caído; se acercó a nosotros con el brazo alrededor de Aquiles.

El hombre del bozal me miraba con furia. «Otra vez» .

—No te preocupes. —Patro sonrió mientras le ajustaba a Aquiles la hebilla de la parte posterior del arnés, cerca de la axila—. Estará completamente a salvo con nosotros, que somos sus mentores. Será como en los viejos tiempos. Cuando vivía con nosotros. ¿Te acuerdas?

Augusto se enderezó por completo, irguiéndose por encima de Patro.

—Claro que me acuerdo —respondió—. No dejabas de decir que era consentida y patética.

—La gente cambia. —Patro jaló más fuerte el arnés de Aquiles y acomodó una pistola.

En la empuñadura brillaba la marca GSMM.

«Guerra. Sexo. Muerte. Mentiras».

Era inquietantemente adecuado.

La expresión de Augusto era fría cuando volvió a concentrarse en mí.

—Ellos son jóvenes, no van a poder protegerte. Recuerda usar el dispositivo y transportarte a un lugar seguro.

—Qué interesante —dijo Patro con sorna, y con cierta crueldad en la voz, como si disparara a matar—. Nunca he oído una queja sobre la habilidad de combate del Dúo Escarlata. Nosotros no perdemos. —Se frotó el pecho enfáticamente—. A diferencia de tu compañero.

—A ver, ponte estos —dijo Caronte de repente, rompiendo la tensión.

Di un salto.

Estaba parado en mi punto ciego, y no lo había oído acercarse. Era como si lo hubiera invocado. «Como Satanás».

Can y Cerbero estaban sentados a sus pies, moviendo las colas huesudas, y Fluffy II se lanzó sobre los perros para saludarlos; los tres saltaban unos sobre otros (luchaban violentamente).

Patro se dio la vuelta, dándonos la espalda.

Aquiles se dio vuelta con él, pero miraba por encima del hombro, con los ojos ardientes, mientras me miraba con odio.

«¿Qué le pasa?».

—Toma. —Caronte me dio otras fundas de cuero llenas de cuchillos y armas para que las llevara.

Le señalé mis fundas ya cargadas en el pecho y la cadera.

—Necesitas más —dijo Caronte en un tono que no dejaba lugar a discusión—. Póntelas ya. También necesitas estas esposas por si capturas a un titán.

Abrí la boca para discutir.