Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El vestíbulo dorado permanecía oscuro a la tenue luz de las velas. Las estatuas de mármol me miraban desde arriba con desdén.

Estaba cubierta de sudor, y el corazón me latía tan fuerte que era doloroso.

Decidí liberar a Ceres sin que nadie lo supiera.

La parte de la liberación salió bien; la parte de la discreción, no tanto.

Helena me había oído cuando salí de la cama y me había seguido. Me confrontó en el calabozo.

Cuando por fin convencí a Helena de que no le dijera nada a nadie, justo cuando acabábamos de salir de la oscuridad al vestíbulo, nos encontramos con Caronte y Augusto.

Al parecer, había activado uno de los sistemas de seguridad de la villa.

Ahora Augusto miraba un control remoto por décima vez , frunciendo el ceño.

— Dice que el perímetro de seguridad fue franqueado y que dos espartanos se transportaron dentro de la villa.

Abrí la boca, pero se me quebró la voz y la garganta se me cerró de miedo. No salieron palabras.

—Está mal —dijo Helena con calma a mi lado—. Ya te dije que nadie se fue. Alexis salió de la cama y yo la seguí, y luego ella liberó a Ceres. Eso fue todo lo que pasó.

Caronte hizo un ruido de asfixia, con los ojos entornados de furia, como si no supiera cuál era la verdad. Sus perros infernales estaban a sus pies.

Poco estaba sobre el hombro de Augusto, con los brazos peludos cruzados con indignación.

«Haz que te crean».

Reuní cada gramo de valor que poseía.

—No hay pruebas concretas en contra de Ceres y ella ju-jura que no estuvo involucrada —dije—. Yo a-abogo por ella. Es inocente.

Augusto cortó el aire con la mano.

—¡Yo estaba interrogándola por pruebas… ese era el maldito punto, por Cronos! No es seguro que tú y Helena estén cerca de ella.

Me mantuve quieta.

—Yo estoy de acuerdo con Alexis. —Helena levantó ambas manos en un gesto conciliador hacia los hombres—. No se han encontrado pruebas, y ustedes ya la interrogaron… Y no encontraron nada, ¿cierto?

Caronte se cubrió la boca como si se contuviera de decir algo de lo que se arrepentiría. Lo hacía mucho últimamente.

Pasaron unos segundos largos y tensos.

Augusto peló los dientes.

—Entonces, ¿por qué… tienes sangre en la cara? —Entornó los ojos mientras me miraba.

Me toqué la mejilla, y el corazón se me aceleró por el miedo de que me hubieran cachado.

Ceres gimió detrás de mí.

«Piensa, Alexis ».

Negué con la cabeza y me levanté la manga del camisón.

Augusto y Caronte se quedaron quietos mientras revelaba las profundas marcas que me había hecho durante el sueño.

—Tuve pesadillas —dije bruscamente.

Augusto cerró los ojos y se tensó como si se esforzara por recuperar el control.

—¿ Por qué tienes pesadillas? —me preguntó Caronte acusadoramente.

Lo miré alzando una ceja.

Tuvo la decencia de sonrojarse.

Augusto se aclaró la garganta.

—¿Dónde… se quedaría Ceres?

—Junto a mi cuarto —respondió Helena de inmediato, justo como habíamos planeado apresuradamente—. Puede quedarse en la habitación que se conecta con la mía. Hay mucho espacio.

—No es seguro —dijo Augusto entre dientes, con las venas de la frente hinchadas.

Poco trepó a su coronilla y separó cuidadosamente tres mechones de cabello.

«Espera, ¿el mapache sabe hacer trenzas?».

Helena echó la cabeza hacia atrás y miró a su hermano con una mirada igual de fulminante y con los ojos esmeralda en llamas. En la noche sombría, parecía una Afrodita miniatura.

—Puedes pedirles a tus soldados que la vigilen —espetó Helena—. Ya sabes, los que fingen ser sirvientes, pero me siguen a todas partes.

Augusto no se molestó en negarlo.

Bueno, eso explicaba por qué rondaban por la villa como si prefirieran romper cuellos que hacer tareas domésticas (me identifico).

Caronte respiró profundamente para calmarse.

—Las chicas pueden cuidarse solas —dijo entre dientes—. Deberíamos… dejarlas decidir qué hacer.

Todos lo miramos boquiabiertos.

«Guau, de verdad se está esforzando».

Las mejillas de Caronte se tiñeron de cierto rubor mientras miraba a Augusto.

Pasaron largos minutos.

Todos esperamos mientras Augusto movía la mandíbula de un lado a otro.

—No hagan que me arrepienta —dijo finalmente, pasándose las manos por el cabello con inquietud—. Alexis, tu entrenamiento comienza a las ocho en punto. Quiero que estés lista.

«Espera… ¿nuestro plan en serio funcionó?».

Fue completamente inesperado.

Helena corrió hacia Augusto y lo abrazó por el cuello.

—Muchas gracias por ser tan comprensivo, te prometo que no te vas a arrepentir.

Augusto le devolvió el abrazo con fuerza.

—Más te vale mantenerte a salvo —susurró, mirándome por encima del hombro—. Más les vale a las dos. No hagan que me arrepienta.

Poco se unió al abrazo.

Luego chilló y alzó orgullosamente un mechón de cabello de Augusto para que todos pudiéramos ver su trabajo.

«Olvídalo, no sabe hacer trenzas».

Era un nudo gigante.

Augusto sacudió la cabeza de desesperación cuando sintió el nido de ratas que tenía encima de la cabeza.

—¿Qué está pasando aquí? —La cruel voz de Patro atronó desde un rincón.

Se me heló la sangre.

«Estuvimos tan cerca».

Helena se separó de Augusto.

Aquiles acechaba detrás de Patro con otro cigarro humeante colgando del bozal.

—Nada. —Caronte los miró con desdén, entornando los ojos—. Váyanse, no son bienvenidos.

Poco bufó.

Patro no reaccionó a la hostilidad del animal; en cambio se enfocó en mí.

—Alexis, ¿por qué tienes sangre en la cara?

Aquiles desvió los ojos hacia mí.

Abrí la boca para hablar, y una vez más, no salieron palabras.

—Está bien —dijo Augusto con brusquedad.

—¡Ni madres, qué carajos está pasando aquí? —Patro miró a Caronte y a Augusto con desconfianza—. ¿Por qué la están acorralando? Alexis, ¿necesitas nuestra ayuda? ¿Te están lastimando?

Caronte desenfundó una pistola.

— Jamás lastimaría a mi esposa.

La expresión de Patro se volvió más cruel.

—Pero… ¿no la has lastimado ya?

Caronte le quitó el seguro a su arma.

—¡Espera! —gritó Augusto.

—¿Qué carajos tienes en la cabeza? —le preguntó Patro a Augusto.

Poco bufó y agarró su creación (el nudo de pelo) protectoramente.

—Poco no es de tu incumbencia. —dijo Caronte con voz helada—. Ni te le acerques.

Patro resopló.

—¿Qué me van a hacer? Por favor, compártanlo.

Caronte alzó el arma.

Aquiles puso a Patro detrás de él; tenía humo alrededor de la cara.

El vestíbulo se llenó de olor a violencia.

—Po-por favor —dije.

Caronte bajó el arma con un suspiro pesado, y Augusto se frotó la cara.

Patro se puso rígido cuando vio detrás de mí.

—Espera… ¿esa es la perra que estaba trabajando con Theros? —Patro pasó por encima de Aquiles—. ¿Por qué carajos esta escoria no está en el calabozo? ¿Por qué está parada detrás de Alexis… ¿Qué está pasando aquí?

Ceres gimió y se encogió sobre sí misma.

—Yo no lo ayudé —susurró—. Lo sé… Aunque no me acuerdo de todo.

Me enderecé completamente, protegiéndola con mi cuerpo.

Nyx cerró los labios mientras roncaba alrededor de mi cintura. «Qué útil».

—Yo liberé a Ceres —le expliqué.

Patro miró a Caronte y a Augusto con incredulidad.

—¿Y ustedes dos están de acuerdo? —Aquiles, a su lado, miró con ira.

Una rabia ardiente me quemó el pecho.

—No… importa lo que ellos piensen —susurré—. Ella es inocente. «Y sufre de pérdida de memoria inducida por trauma».

Patro se rio con crueldad.

—Bueno, si estás tan segura, déjame tocarla a ver si está diciendo la verdad.

Ceres retrocedió.

—Buena idea —dijo Augusto.

—De ninguna ma-manera —dije—. Está traumada.

Patro se movió hacia mí y Ceres con una lentitud depredadora.

Di un paso al frente, bloqueándole el paso.

La temperatura entre nosotros cayó en picada; de su cuerpo emanaba hielo cuando se detuvo frente a mí.

Nuestros ojos estaban casi a la misma altura, y a la luz de la luna, sus atractivos rasgos parecían tallados en mármol.

—Cuidado, Alex —susurró—. Estás jugando un juego peligroso . —Me dio un golpecito en la nariz antes de que pudiera reaccionar; sus ojos brillaban de furia.

—No me llames así —dije mientras Augusto gritaba:

—¡Aléjate de ella!

Caronte se lanzó hacia Patro.

—Jamás la vuelvas a tocar.

Aquiles se movió frente a Caronte, deteniéndolo. Estaban cara a cara, erizados, gruñéndose uno a otro como animales; Augusto se interpuso entre ellos y trató de separarlos.

Patro no parecía notar la conmoción. Solo seguía mirándome fijamente, buscando respuestas en mi rostro; el olor a escarcha se intensificó. Popea se agazapó, moviendo su cola de jaguar de un lado a otro con nerviosismo.

Sentí como si estuviera de nuevo en Corfú.

Una vez más, Patro se estaba burlando de mí, era un obstáculo .

—¿Qué ha-haces? —pregunté, con voz apenas audible—. Ni siquiera te caigo bien. Solo déjame en paz, déjame tomar mis propias decisiones.

Patro sonrió, y el efecto fue tan impresionante que resultó profundamente perturbador.

—¿Estás… segura? —preguntó con voz suave.

Se acercó más a mi espacio personal, nuestras caras quedaron a pocos centímetros.

Se me erizó la piel.

—Tú nos elegiste como compañeros, Alex . —La voz de Patro se hizo más grave—. Así que deja que Aquiles y yo te ayudemos.

—No me gusta ese no-nombre —susurré.

Me traía recuerdos oscuros. «Alex, perra estúpida, te dije que te quedaras afuera donde pertenecías».

—Qué lástima, ¿no? —dijo Patro, que seguía emanando hielo—. No todos podemos conseguir lo que queremos… y cuando sí lo conseguimos, no siempre nos gusta. —Sus ojos esmeralda destellaron—. Y, sin embargo, aquí estamos, Alex .

La temperatura entre nosotros se desplomó.

Se me aceleró el corazón. «¿Por qué se siente como si estuviéramos hablando de otra cosa?».

—Quítate y déjame interrogar a Ceres —dijo Patro con frialdad.

Levanté la barbilla.

—No.

Un músculo se contrajo en su mandíbula.

—Alex —me advirtió.

—No —repetí—. Sufre de pe-perdida de memoria, su mente está destruida; solo déjala en paz, por favor. Necesita curarse.

—Pensé que ya habrías aprendido a no pelear conmigo. —Se pasó la lengua por los dientes.

—Yo también —dije.