Los lazos de Hércules (Hércules 2)
© inepub.com
Capítulo 1
PRISIONEROS DE GUERRA
A LEXIS
El humo nos envolvió cuando nos transportamos a un atrio de techos altos y dorados.
Ubicación: Lago de Como .
Se me erizó la piel de los brazos.
Habíamos vuelto a la villa donde me había casado. «Donde me devoraron sexualmente, y me gustó». La perversión de verdad se apoderaba de una persona.
El altar ya no estaba, pero la gran escalera, las ventanas dramáticas y el fresco del techo se veían igual.
Caronte se acercó a mí desde el otro lado de la habitación de pisos ajedrezados, con sus sabuesos a sus pies. Lo detuvo un sirviente, un hombre alto con una capa oscura que parecía más un guerrero que un mayordomo.
«¿Dónde está Augusto?».
Miré a mi alrededor, confundida.
Patro y Aquiles me estaban observando, uno con arrogancia y altanería, el otro con cara de peligro.
Los había elegido porque eran el menor de dos males, pero por la forma de mirarme de Aquiles, entornando los ojos, no estaba tan segura de que fuera verdad.
Sentí que el pecho se me apretaba de miedo y me acerqué a Drex.
Crac.
Augusto apareció a unos metros de distancia, con humo a su alrededor.
Ahogué un grito.
Había un chico a su lado.
Eran de estatura similar, pero mientras que Augusto era robusto, el chico era delgado y desgarbado, con los hombros encorvados, como si intentara esconderse.
«Charlie».
—Para ti, mi carus —dijo Augusto mientras me sostenía la mirada—.
Perséfone estuvo de acuerdo en que acompañe a Helena en sus tutorías; dijo que cumple dieciocho años el primero de abril, es apenas un año de diferencia; tener un compañero de clase hasta que cumplan diecinueve será bueno para los dos.
Charlie negó con la cabeza mirándome. El movimiento fue sumamente sutil y nadie más lo vio. Perséfone había mentido; cumpliría diecinueve en unas cuantas semanas.
Abrí la boca para responder, pero no salió ningún sonido.
La expresión de Augusto se suavizó.
—Duerman bien; el entrenamiento comienza mañana. Solo tenemos una semana para prepararnos para los titanes.
Augusto se dirigió a un sirviente con una mueca feroz.
—Levanta las defensas del perímetro.
Un ruido atronado hizo vibrar el atrio, las ánforas y estatuas de bronce trepidaron. Afuera de las grandes ventanas, una cerca eléctrica se elevaba lentamente de la tierra.
—Es para mantener al enemigo afuera —dijo Augusto con frialdad.
«¿A los titanes o a Medusa?».
—A los olímpicos.
Drex se atragantó.
Augusto se dio la vuelta y se marchó con la espalda rígida como un palo y los hombros tensos. Les gritó a Aquiles y Patro algo sobre unas armas y una reunión de la junta.
Un mal presentimiento se me asentó en el estómago.
«A la mierda Esparta y su política caótica».
Una cabellera rubia me obstruyó la vista cuando Charlie se estrelló contra mí; olía a jabón y al bosque al amanecer. «A mi hogar». Mis huesos todavía adoloridos crujieron con la fuerza de su abrazo, pero se lo regresé con entusiasmo.
Nos abrazamos largamente.
Alguien me tocó el hombro.
Me volteé, con un brazo aún alrededor de Charlie.
Helena me miraba, tímida e insegura.
—¿Les molestaría … dormir conmigo en mi habitación? —susurró mientras se retorcía las manos—. Solo por seguridad.
Ya no era la chica de dieciséis años que hablaba a mil por hora.
Asentí con el corazón roto por lo que había tenido que pasar, por lo que habíamos sobrevivido.
Cuando llegamos a su habitación, todos nos volteamos.
—¿Qué? —preguntó Drex tímidamente—. No voy a dormir en el mismo cuarto que alguno de esos psicópatas. Y tampoco voy a dormir solo en este lugar, probablemente está embrujado. —Hizo una pausa—. ¿Está bien si me quedo?
Así comenzó mi primera piyamada oficial.
La luz de la luna se filtraba a través de las antiguas ventanas entintadas y una cerca de alambre se interponía entre nosotros y el resplandeciente lago de Como.
El paisaje era plateado y frío.
Adentro, era otra historia.
Unas sábanas de seda rosa cubrían una cama con un dosel de gasa e incrustaciones de cristal. Había pelucas, vestidos y perlas esparcidos por el suelo. También había maquillaje sobre cada superficie disponible.
Entre los adornos, un póster de tamaño natural cubría la pared: Érebo llevaba su característica máscara y sostenía una pistola humeante.
En la parte superior, con letras góticas que goteaban sangre, decía: «Matar o morir».
«Me gusta el estilo de Helena».
Un sirviente de aspecto peligroso llevó una mesa rodante a la habitación con una docena de platos de plata.
Levantó las tapas.
Diez minutos después, Charlie y yo ya nos habíamos terminado la mitad de la comida. Nos agarrábamos el estómago, pero no nos impedía seguir comiendo. En cambio, Helena y Drex picoteaban la comida de sus platos, mirándonos con los ojos muy abiertos.
No entendían.
Una vida de hambre dejaba zarpazos en tu alma.
Esa noche, con el estómago espantosamente lleno, los pensamientos acelerados y el cuerpo amoratado, caí en un sueño intermitente.
Me devoraban las pesadillas.
Ahogué un grito y me senté en la cama; la habitación estaba tranquila, todos los demás descansaban.
«Necesito volver a Creta y ver cómo está». Mis pensamientos estaban enloquecidos.
Me sequé el sudor con los dedos temblorosos; suspiré.
Llevaba uno de los camisones morados de Helena; el cuerpo todavía me dolía como si me hubiera atropellado un coche espartano. Los moretones se estaban desvaneciendo gracias a la pasta curativa de los olímpicos, pero mis huesos seguían frágiles y rígidos.
Helena roncaba suavemente en la cama a mi lado, con un gorro de dormir rosa brillante, y una pistola espartana cargada debajo de la almohada.
También había un arsenal de armas montado en la cabecera cubierta, y cada arma estaba adornada con gemas rosas.
Un fuerte ronquido se oyó desde el montón de cojines en el suelo.
Charlie estaba despatarrado junto a Fluffy II , cuyas cuatro largas patas apuntaban rectas hacia el techo. Cada pocos segundos, las movía como si estuviera nadando.
Del otro lado de la habitación, más cerca de la puerta y del lado opuesto a la cama de Charlie, Drex dormía sobre cojines morados con su tucán de protección, al cual ingeniosamente había llamado Tocón, bajo el brazo.
Sentí un cosquilleo en los dedos, y la claustrofobia me aplastó los pulmones.
Cargué a Nyx, que estaba roncando, me la envolví alrededor del cuello como una bufanda y salí sigilosamente de la lujosa cama.
Cuando me levanté, todo el cuerpo me punzó , y una de mis rodillas se dobló dolorosamente. Me tomó un par de intentos recordar cómo moverme.
Con un suspiro de alivio, por fin salí al aire más fresco del corredor.
Me detuve, escuchando.
«¿Qué era ese sonido?».
El corredor era de mármol resplandeciente y tenía columnas alineadas junto a las paredes, alternadas con esculturas de bronce: guerreros desnudos en varias posiciones de batalla.
Los candelabros se balanceaban y sus cristales tintineaban, refractando la luz de las velas.
Era inquietante.
Helena me había dicho que la villa estaba fuera de la red eléctrica; también algo sobre las ventanas entintadas y el límite de exposición a la luz por privacidad. La nueva cerca con faros verde neón parecía volver irrelevante ese punto.
Se oyó un grito.
La calma se interrumpió.
—¿Oíste eso? —le susurré a Nyx.
Sus escamas se apretaron alrededor de mi cuello.
—Cállate y duérmete —murmuró con voz cansada.
«Esto no puede estar sucediendo de nuevo. Probablemente todo est é en tu imaginación y no sea rea…».
El mármol vibró bajo mis pies descalzos cuando la mujer volvió a gritar.
Olvidé la sed y seguí el sonido.
Incontables giros después, me encontré con una pesada puerta de metal, sin marcas, en las sombras de un pasillo.
«Un callejón sin salida».
Unos pasos resonaron detrás de mí, y me di la vuelta con el corazón agitado.
No había nadie.
Contuve la respiración, avancé sigilosamente y presioné mi oído contra la puerta de metal.
Escuché el tintineo de unas cadenas. Una mujer gritó de dolor.
Tuve un déjà vu repentino.
Tomé el picaporte y jalé con todas mis fuerzas; las bisagras crujieron y la puerta se fue abriendo. Jadeé y me deslicé adentro.
La puerta se cerró de golpe detrás de mí.
La nariz se me llenó del olor a cobre viejo y moho mientras bajaba por unas escaleras oscuras y estrechas hacia un calabozo. Un rayo de luz de luna entraba por una ventana estrecha e iluminaba el espacio húmedo.
Me detuve.
Una mujer alta, encadenada a la pared, levantó la cabeza y dejó de gritar: sus ojos oscuros parecían llenos de emociones mientras me miraba con odio.
Abrí los labios y ahogué un grito.
Le escurría sangre fresca de los ojos, los oídos y la boca; Augusto la estaba torturando.
Su cabello cubierto de tierra era rosa, un color inconfundible. Había visto el mismo tono en la primera plana de las Crónicas del halcón .
«Ceres».
Estaba frente a la musa que me había traicionado para entregarme a Theros. La que había desaparecido hace poco. El artículo decía que había pocas pruebas concretas, pero las evidencias circunstanciales eran condenatorias. Llevaba tiempo espiando para la Casa de Zeus.
Los secuestradores habían sido mis “esposos”.
Unas cadenas chocaron en el rincón opuesto, donde otro prisionero gemía de dolor.
—Oye, niña —siseó Nyx—. ¿Qué estás haciendo?
Di un paso atrás, temblando.
—Ayúdame —me exigió Ceres, con voz ronca. Gruñía y azotaba las cadenas tirando de ellas frenéticamente— ¡Ayúdame!
El consejo de Hades me pasó por la mente.
Ceres echó la cabeza hacia atrás y gritó con frustración, el alarido de una mujer derrotada.
—¿Tú… ayudaste a Theros a matar a todos esos niños? —pregunté en voz baja.
Ceres se quedó quieta y abrió los ojos de par en par.
—¿Ayudaste a Theros? —repetí—. ¿Sí o no?
Me paré en la entrada del calabozo, en el elegante vestíbulo de la villa, bloqueando a Ceres de la vista de Augusto y Caronte.
Con trabajo habíamos salido del calabozo.
Helena estaba a mi lado, en camisón, con las manos en las caderas.