Capítulo 1
—¿Cómo puede una civilización conquistar tantos mundos y terminar destruyéndose a sí misma?
Tharion no respondió inmediatamente. Frente a nosotros flotaba la representación de una ciudad abandonada.
Sus edificios, alguna vez habitados por millones de individuos, permanecían intactos bajo una atmósfera silenciosa.
No había señales de vida. Solamente estructuras extraordinarias que habían sobrevivido a quienes las construyeron.
—Esa es una buena pregunta, Anuki —respondió finalmente—. ¿Qué dicen los registros?
—Que desarrollaron conflictos internos que terminaron fragmentando su sociedad.
—Eso explica cómo desaparecieron. No por qué.
Observé nuevamente la ciudad. Aquellos seres habían dominado tecnologías capaces de atravesar enormes distancias, establecer colonias y transformar las condiciones de mundos enteros.
Sin embargo, no habían conseguido mantener la convivencia dentro de su propia civilización. Me resultaba incomprensible.
—Poseían conocimientos suficientes para prever las consecuencias de sus decisiones —insistí.
—Conocer una consecuencia no significa estar dispuesto a evitarla.
Tharion modificó la proyección. La ciudad desapareció y surgieron acontecimientos anteriores a su destrucción: disputas territoriales, divisiones políticas, acuerdos incumplidos y decisiones que, consideradas individualmente, parecían insignificantes.
—La historia rara vez comienza donde creemos que comienza —explicó—. Si quieres comprender una civilización, debes aprender a mirar más allá del acontecimiento que tienes delante.
Aquella conversación ocurrió durante mis primeros ciclos de formación, pero nunca la olvidé.
Mi nombre es Anuki. Nací en Naurea, un planeta de la galaxia Elarion, y pertenezco a los Aelunari, una civilización que los habitantes de la Tierra todavía desconocen.
Aunque, en aquel entonces, la Tierra ni siquiera ocupaba un lugar especial entre mis intereses.
Mi mundo era suficientemente extraordinario para mantener ocupada mi curiosidad.
Crecí en Aeliria, la capital de Naurea, una ciudad donde la arquitectura parecía formar parte de la naturaleza.
Las edificaciones se elevaban entre jardines y canales de agua mediante estructuras curvas y traslúcidas.
Durante los períodos de mayor claridad, sus superficies reflejaban tonalidades azuladas y violáceas; cuando la luz disminuía, liberaban lentamente la energía almacenada y transformaban los jardines en paisajes iluminados por pequeños destellos.
Recuerdo especialmente las terrazas suspendidas sobre las corrientes de agua y las plantas cuyas hojas cambiaban de color según las condiciones del ambiente.
Podía permanecer largos períodos observando aquellas transformaciones, intentando descubrir los mecanismos que las provocaban.
Naurea poseía tecnologías que los humanos considerarían extraordinarias.
Nuestros sistemas de comunicación, transporte y conservación de información estaban integrados a los espacios que habitábamos.
Habíamos aprendido a recorrer distancias inmensas, prolongar considerablemente nuestra existencia y desarrollar una convivencia en la que el conocimiento ocupaba un lugar fundamental.
También conservábamos una historia que no siempre nos enorgullecía.
Los Aelunari habíamos atravesado conflictos y períodos de expansión cuyas consecuencias todavía se estudiaban en nuestros archivos.
Nuestra sociedad actual valoraba la armonía y el equilibrio, pero aquellos principios no habían surgido espontáneamente.
Eran el resultado de una evolución prolongada.
Tharion dedicaba gran parte de su existencia a estudiar precisamente ese pasado.
Era uno de mis tutores y poseía una paciencia que, durante mi infancia, consideraba casi interminable.
Nunca parecía cansarse de mis preguntas, aunque rara vez me ofrecía una respuesta directa. Prefería obligarme a encontrarla.
Naureia, mi otra tutora, tenía métodos muy diferentes.
Se especializaba en el estudio de la conciencia y los procesos internos que influían sobre nuestras decisiones.
Mientras Tharion me enseñaba a investigar las consecuencias del pasado, ella insistía en que aprendiera a reconocer aquello que sucedía dentro de mí.
Una tarde me llevó a uno de los jardines de nuestra residencia. El agua recorría un canal estrecho entre minerales translúcidos. Sobre nuestras cabezas, las hojas de una planta suspendida comenzaban a modificar lentamente su tonalidad.
—Observa —me indicó.
Me acomodé junto a ella y examiné el entorno. La intensidad de la luz había disminuido durante los últimos minutos. Era probable que aquel cambio explicara la reacción de las hojas. Comencé a comparar las variaciones cromáticas con los registros que conocía sobre aquella especie vegetal.
—Otra vez estás intentando explicarlo todo —comentó Naureia.
La miré.
—Me pediste que observara.
—Y estás analizando.
—¿No es lo mismo?
Sonrió.
—No exactamente.
Volví la mirada hacia la planta.
—¿Qué debería hacer entonces?
—Permitir que exista sin exigirle inmediatamente una explicación.
Aquella respuesta me pareció poco razonable.
—Si puedo comprender lo que sucede, ¿por qué habría de conformarme con contemplarlo?
Naureia soltó una risa suave.
—No te estoy pidiendo que renuncies al conocimiento, Anuki. Solamente que no permitas que tu necesidad de encontrar respuestas te impida reconocer lo que tienes delante.
Guardé silencio.
—A veces —continuó—, cuando creemos saber qué estamos buscando, dejamos de ver aquello que no esperábamos encontrar.
No estuve completamente de acuerdo. Consideraba que una observación rigurosa debía conducir a una explicación. No veía utilidad en detenerme ante un fenómeno sin intentar comprenderlo. Pero recordé sus palabras.
Tharion y Naureia habían acompañado mi desarrollo desde mis primeros ciclos.
En nuestra civilización, los tutores asumían la responsabilidad de orientar la formación de un individuo y ayudarlo a descubrir sus capacidades.
Ambos habían contribuido a despertar mi interés por el conocimiento, aunque desde perspectivas diferentes.
Con el tiempo, aquel interés comenzó a concentrarse en las civilizaciones inteligentes.
Los archivos de Naurea contenían registros de innumerables mundos habitados.
Algunas especies habían desarrollado sociedades donde la independencia individual constituía el principio fundamental de convivencia.
Otras organizaban su existencia mediante comunidades que compartían recursos y responsabilidades.
Había civilizaciones cuyos vínculos familiares se mantenían durante toda la vida y otras donde el cuidado de los nuevos individuos correspondía al conjunto de la sociedad.
Me fascinaba descubrir que especies separadas por distancias extraordinarias podían desarrollar necesidades semejantes y, sin embargo, responder a ellas de maneras completamente diferentes.
Pero los registros tenían una limitación que comenzaba a resultarme evidente.
Podían mostrarme cómo se organizaba una sociedad, qué decisiones tomaban sus habitantes y cuáles eran las consecuencias de determinados comportamientos.
No siempre podían explicarme qué significaban aquellas experiencias para quienes las vivían.
Quería observarlos directamente. Escuchar sus conversaciones.
Descubrir por qué algunas relaciones permanecían durante toda una existencia mientras otras terminaban a pesar de los esfuerzos de quienes intentaban conservarlas.
Deseaba comprender qué convertía a un desconocido en alguien importante y por qué ciertos individuos estaban dispuestos a arriesgar su bienestar para proteger a otros.
Fue entonces cuando decidí dedicarme a la investigación de campo.
Tharion recibió mi decisión con una expresión serena.
—Viajar a otros mundos implica una responsabilidad considerable —me recordó—. No todas las civilizaciones poseen nuestros conocimientos ni han atravesado los mismos procesos históricos.
—Lo comprendo.
—Observar no te concede el derecho de decidir cómo deben vivir los demás.
Asentí. Conocía los principios que regulaban nuestras expediciones y comprendía la importancia de evitar intervenciones que pudieran alterar el desarrollo de otras sociedades.
Naureia, en cambio, me formuló una pregunta.
—¿Qué esperas encontrar, Anuki?
Consideré varias respuestas. Nuevas estructuras sociales. Comportamientos desconocidos. Información capaz de ampliar nuestros modelos científicos. Todas eran correctas, pero ninguna expresaba completamente lo que deseaba.
—Algo que todavía no sepa que estoy buscando —respondí.
Naureia sonrió.
—Entonces procura no perderte a ti misma mientras lo buscas.
No comprendí por qué consideraba necesario advertirme aquello. Conocía mi origen, mis capacidades y el lugar que ocupaba dentro de nuestra civilización. Mi identidad no me parecía un asunto que necesitara ser investigado.
Mi formación continuó durante numerosos ciclos.
Estudié evolución comparada, sistemas biológicos, comunicación entre especies y organización social.
Analicé expediciones anteriores y aprendí a distinguir entre los comportamientos observados y las interpretaciones que podían surgir de nuestros propios modelos culturales.
Cuanto más estudiaba, más deseaba abandonar los archivos y conocer directamente a los habitantes de aquellos mundos.
Entonces encontré un planeta que consiguió detenerme frente a una proyección durante mucho más tiempo del habitual. Era una pequeña esfera azul situada en una galaxia espiral llamada Vía Láctea. Sus habitantes lo llamaban Tierra.
La primera vez que examiné sus registros no encontré nada especialmente notable.
Los humanos habían desarrollado tecnologías limitadas en comparación con las nuestras y todavía desconocían buena parte de la realidad que se extendía más allá de su sistema estelar.
Sin embargo, poseían una característica que comenzó a intrigarme: sus comportamientos parecían contradecir constantemente sus propios objetivos.
Buscaban seguridad, pero provocaban conflictos.
Deseaban pertenecer a una comunidad y, al mismo tiempo, establecían diferencias que excluían a otros individuos.
Construían instrumentos destinados a preservar la vida mientras desarrollaban tecnologías capaces de destruirla.
Acumulaban recursos extraordinarios, aunque algunos de sus habitantes carecían de lo indispensable para sobrevivir.
No era la primera civilización en la que observaba contradicciones. Lo sorprendente era la intensidad con que parecían convivir dentro de una misma especie.
Un día examiné el registro de un conflicto que había provocado innumerables muertes.
Poco después encontré imágenes de personas que arriesgaban su existencia para rescatar a desconocidos de una catástrofe.
En otra secuencia, una familia permanecía junto a uno de sus integrantes durante una enfermedad prolongada, reorganizando sus vidas para acompañarlo.
También observé individuos que sufrían profundamente después de perder a alguien y otros que continuaban buscando nuevas relaciones a pesar de haber experimentado decepciones anteriores.
Aquello despertó preguntas que mis archivos no conseguían responder satisfactoriamente.
¿Por qué los humanos parecían necesitar tanto aquello que podía provocarles sufrimiento?
¿Qué los impulsaba a permanecer junto a alguien cuando hacerlo exigía renunciar a parte de sus propios intereses?
¿De qué manera decidían quién merecía su confianza?
Y, sobre todo, ¿cómo podía una misma especie mostrar tanta capacidad para proteger y para destruir?
Durante varios ciclos regresé a los registros de la Tierra.
Comparé sus estructuras familiares, sus sistemas de organización, sus conflictos y sus expresiones afectivas.
Cuanto más investigaba, más evidente me resultaba que los datos disponibles eran insuficientes.
No necesitaba nuevas descripciones de sus comportamientos.
Necesitaba observarlos mientras ocurrían.
Una tarde permanecí frente a la representación tridimensional del planeta. Sus océanos cubrían gran parte de la superficie y las nubes se desplazaban lentamente sobre las masas continentales. Amplié la imagen hasta distinguir las luces de algunas ciudades.
Allí, en aquel instante, millones de individuos estarían tomando decisiones que modificarían sus relaciones.
Algunos se encontrarían por primera vez.
Otros estarían despidiéndose. Habría personas celebrando un nacimiento, intentando resolver una discusión o esperando el regreso de alguien a quien extrañaban.
Yo podía estudiar los registros de todas aquellas experiencias. Pero todavía no comprendía por qué significaban tanto para ellos.
Me acerqué a la proyección y observé nuevamente aquella pequeña esfera azul.
—Humanos —murmuré.
Había conocido civilizaciones mucho más avanzadas. Había estudiado especies capaces de realizar acciones que los habitantes de la Tierra apenas podían imaginar. Y, sin embargo, aquellos seres seguían despertando preguntas que ninguna otra investigación había conseguido resolver de la misma manera.
Por primera vez consideré seriamente la posibilidad de dedicar una expedición a estudiarlos. No sabía cuándo tendría la oportunidad de abandonar Naurea ni qué destino sería asignado a mi primera misión.
Pero, si alguna vez pudiera elegir, ya sabía qué mundo desearía conocer.
La Tierra.