Capítulo 8 El príncipe que no quería molestar
Este príncipe decía que quería verme y compartir conmigo.
¡Ay, qué lindo suena eso! De esos hombres que te dicen que quieren conocerte y una piensa: «Mira, por fin uno que sabe lo que quiere».
Pero después llegaba la parte de cuadrar y el romance se convertía en una misión de la NASA: nunca tenía tiempo porque siempre estaba trabajando.
A ese hombre había que pedirle cita con tres semanas de anticipación, llenar una solicitud, esperar la aprobación de Recursos Humanos y confirmar que el jefe no le hubiera añadido otro turno.
Yo no sabía si quería verme o si estaba solicitando una audiencia con el presidente.
«¿Qué día puedes?». «Estoy trabajando». «¿Y el sábado?
». «También». Mi amor, ¿tú trabajas o estás construyendo el Canal de Panamá otra vez?
Yo entendía que todo el mundo tiene responsabilidades.
Una trabaja, resuelve, paga cuentas y hasta finge que no vio el balance de la tarjeta.
Pero si de verdad quieres compartir conmigo, algún ratito se puede buscar.
No tiene que ser una escapada a París; con un café, una caminadita o sentarnos a hablar bastaba.
¡Que yo no estaba pidiendo que me llevara a conocer la luna!
Aunque, si tenía millas acumuladas, tampoco iba a decir que no.
Y cuando no podía verme, tampoco me escribía.
¿Por qué? Porque no le gustaba molestar.
¡Ave María, qué caballeroso! El hombre protegiéndome de un «hola, ¿cómo estás?
» como si mi celular fuera una bomba y cada mensaje necesitara un equipo antibombas.
Yo mirando el teléfono, y él seguramente pensando: «No le voy a escribir, no vaya a ser que la moleste».
Papi, lo que me molesta es que digas que quieres verme y después desaparezcas como oferta buena en el supermercado.
Ahí era donde yo me quedaba confundida: quieres verme, quieres compartir conmigo, quieres conocerme…
pero no sacas tiempo y tampoco mandas un mensaje.
¿Cómo se supone que vamos a conocernos? ¿Por telepatía?
¿Me vas a mandar una señal de humo desde el trabajo?
Porque si es así, avísame qué día, para mirar al cielo entre una diligencia y otra.
Se lo dije clarito: «Si sigues así, se te van a adelantar».
No era una amenaza; era un aviso de servicio público.
Mientras tú esperas el momento perfecto para escribirme, puede aparecer otro que sí tenga cinco minutos y no necesite pedirle permiso al gerente para saludar. ¡La fila no se queda vacía, mi rey!
Y después no vale venir con el «yo sí quería, pero no quería molestar».
¿Molestarme? ¡Si yo te estaba dando luz verde, hasta las señales de tránsito estaban a tu favor!
Querer verme estaba muy bien; sacar un ratito para hacerlo habría quedado todavía mejor.
Porque el príncipe que no quiere molestar termina logrando algo curioso: no molesta… pero tampoco aparece.