Capítulo 2 La Barbie que no venía en mi maleta
Hay invitaciones que suenan a película. Un hombre que vivía fuera de Puerto Rico me invitó a viajar para compartir con él. Pagó el pasaje, pagó un hotel de cinco estrellas y pagó las comidas. Dormíamos en camas separadas. Yo pensé: «Esto sí es una invitación».
Hasta que comenzó la auditoría.Que si mis pantalones.
Que si el traje de baño. Que si mi peso.
Y entre crítica y crítica, me hablaba de su exesposa y de todas las mujeres a quienes les había comprado ropa, como quien presenta su colección de muñecas.
¡Yo había viajado a disfrutar, no a una evaluación de maniquí!
Llegó un momento en que me cansé de morderme la lengua, y mi lengua, como ustedes ya saben, no tiene botón de pausa.
—Ven acá, ¿tengo que ser flaca y tener el pelo largo para gustarte?
Yo me gusto como me veo. Si estás acostumbrado al hueso, mal por ti.
¡NO ME JODAS!Cuando insinuó el tema de las compras, como si fuera a vestirme a su gusto, fui clara:—Relax, si quiero algo me lo compro yo.
Para eso trabajo.Porque una cosa es aceptar una invitación y otra permitir que alguien crea que compró el derecho de cambiarte.
Yo no vine a ser la Barbie de nadie, y mucho menos la de un hombre que todavía le estaba comparando el guardarropa a su ex.Y aun así disfruté el viaje.
El destino no tenía la culpa de sus comentarios, y yo no iba a dejar que un hombre con un catálogo en la cabeza me arruinara el paisaje.
Caminé, comí, me reí y me puse lo que me dio la gana.Después dejamos de hablar.
Yo regresé con mi maleta, con mis fotos y con mi autoestima intacta.
Él, supongo, se quedó con su catálogo.Lo que aprendí: quien te invita a conocerte no debería llegar con una lista de cambios.
Si lo que quieres es una muñeca, compra una.
Yo soy mujer, y vengo sin instrucciones de uso.
¡PUÑETA, QUE EL HOTEL ERA DE CINCO ESTRELLAS, PERO SU CRITERIO NO LLEGABA NI A UNA!