Los hombres princesos
© inepub.com
Capítulo 1 El príncipe de la barra
Hay invitaciones que una acepta pensando: «Bueno, vamos a ver qué tal». Una se arregla, se pone bonita, sale de la casa con ganas de pasarla bien y, si la noche promete, hasta se permite imaginar que quizás conoció a alguien interesante.
Pues no. A veces una sale a conocer a un hombre y termina conociendo, en tiempo récord, su doble moral.Aquella noche me invitó a una barra.
Yo fui con la mejor disposición. No llevaba una lista de requisitos ni esperaba que me bajaran la luna.
Quería conversar, reírme un rato, escuchar música y pasarla bien.
¿Eso es mucho pedir? ¡Si yo hasta me entretengo viendo a la gente bailar!
El lugar tenía ese ambiente de las noches que comienzan tranquilas y luego nadie sabe cómo van a terminar.
Entre conversaciones y movimiento, llegó el momento de pedir algo en la barra.
Y ahí fue donde empezó la función.El caballero se puso a coquetear con otra mujer mientras pedía.
Así, sin mucha ceremonia. Como si yo fuera parte de la decoración: una cartera sobre una silla, una lámpara bonita o un adorno que había llevado para que le cuidara el sitio.Yo lo miré.
No porque estuviera muriéndome de celos, sino porque me dio curiosidad.
¿Será que este hombre piensa que yo no veo?
¿O será que cree que una tiene que hacerse la desentendida para parecer «una dama»?
Mira, yo puedo ser muchas cosas, pero estatua no soy.Y como aquella salida no venía con contrato de exclusividad, hice lo que me salió natural: seguí disfrutando la noche.
Conversé con otras personas, me reí y también coqueteé.
Nada de montar un espectáculo. Si él estaba tan cómodo haciendo su vida social, yo no iba a quedarme mirando el hielo derretirse en el vaso.Ahí fue cuando ocurrió el milagro: al príncipe le apareció el sentido de la indignación.
—¿Es en serio? —me preguntó, ofendido.¡MIRA PARA ALLÁ!
De momento, lo que hacía cinco minutos era perfectamente normal se había convertido en un asunto gravísimo.
Parece que en su reglamento imaginario había dos columnas: «Lo que puedo hacer yo» y «Lo que no puedes hacer tú».
Y la segunda era mucho más larga.Lo miré con una tranquilidad que a veces molesta más que una pelea.
—Bueno, tú lo haces, ¿por qué yo no? Porque fea no soy.No necesitaba dar una conferencia.
La respuesta cabía en una oración. Si tú quieres respeto, comienza por ofrecerlo.
Si quieres salir con alguien y conocerla, préstale atención.
Y si lo que quieres es coquetear con todo el mundo, perfecto, pero no esperes que la otra persona se convierta en guardia de seguridad de tu ego.
¡No me jodas!Lo más gracioso de ciertos hombres no es que coqueteen.
Es que se sorprenden cuando descubren que una mujer también tiene ojos, conversación y derecho a decidir cómo pasar su noche.
Quieren libertad para ellos y obediencia para una.
Y después preguntan por qué las mujeres ya no aguantan nada.Pues porque una crece, aprende y se cansa de los cuentos, papito.La salida terminó sin convertirse en aquella gran historia romántica que a veces una imagina antes de ponerse los zapatos.
Él me acompañó hasta mi carro. Yo estaba lista para irme a mi casa y archivar la noche en la carpeta de «cosas que pasan».
Pero la vida, que tiene un sentido del humor bastante atrevido, todavía guardaba una sorpresa.Allí, en el suelo, encontré alrededor de trescientos dólares en billetes de veinte.
Sí, dinero de verdad. Yo miré aquello con la misma cara que una pone cuando descubre que el universo decidió contar el chiste final.
—Contra, salió bien la salida —pensé.Y que conste: no estoy diciendo que el dinero resolviera nada ni que aquello fuera una recompensa celestial.
Simplemente fue el detalle más inesperado de una noche que ya parecía bastante extraña.
Hay historias que terminan con un beso. La mía terminó con una anécdota que todavía me hace reír.Después de aquello, el príncipe desapareció.
Ni una gran explicación, ni una despedida digna de novela.
Nada. Y yo seguí con mi vida, porque tampoco iba a organizar un comité de búsqueda por un hombre que se había ofendido porque yo hice lo mismo que él.Pasaron los meses.Un día entré a un gimnasio nuevo y, ¿a qué no adivinan quién estaba allí?
¡El mismísimo príncipe de la barra! Trabajando como entrenador.A veces Puerto Rico parece enorme, hasta que te encuentras con alguien que preferirías dejar en el capítulo anterior.Yo lo reconocí.
Y seguí en lo mío. Sin escenas, sin preguntas, sin discursos preparados.
No hacía falta. Hay encuentros que se resuelven con una mirada y otros que ni eso merecen.Mientras hacía mis cosas, pensé en lo curioso que es todo: una noche alguien pretende hacerte sentir mal por disfrutar, y meses después la vida te lo pone enfrente para comprobar que ya ni te importa.No sé qué habrá pensado él.
Tampoco me interesa inventarle pensamientos.
Lo que sí sé es lo que hice yo: continuar caminando.Con el tiempo aprendí algo: no todas las historias necesitan una segunda oportunidad, y no todos los hombres que reaparecen merecen una segunda conversación.Aquel príncipe me dejó una lección sencilla: la igualdad no es una ofensa, y los celos no son una prueba de amor.
Si vas a jugar a ser el más coqueto del lugar, no te enchismes cuando descubras que no eres el único que sabe sonreír.Y si la próxima vez me invitan a una barra, voy a ir igual de arreglada, igual de contenta y con las mismas ganas de pasarla bien.Eso sí: al salir, quizás mire el suelo.
¡PUÑETA, QUE NUNCA SE SABE CÓMO TERMINA UNA NOCHE DE BARRA!