Capítulo 4
La casa Klein
La casa Klein no tenía la calidez abierta de la mansión Goldmann, ni tampoco la exactitud desnuda del banco.
Su orden era de otra naturaleza: más contenido, más reservado, casi temeroso de cualquier alteración.
Situada en una calle distinguida pero menos visible, su fachada conservaba todavía la dignidad de un apellido antiguo, aunque en ella comenzaban a percibirse ciertas señales que no hablaban de ruina, sino de una belleza sostenida a costa del esfuerzo.
La piedra grisácea, más opaca que luminosa, no devolvía la claridad del día con generosidad, sino que parecía absorberla, como si incluso la luz, al tocar aquella casa, se viera obligada a moderarse.
Las ventanas permanecían cerradas. No por olvido, sino por costumbre.
Las cortinas, pesadas y discretas, tapizaban la entrada del sol hasta convertirlo en una presencia blanda, sin aristas, como si en el interior no hubiera lugar para nada demasiado vivo.
El aire se mantenía inmóvil, templado, y los sonidos llegaban amortiguados, reducidos a lo necesario.
No era una casa silenciosa, pero sí una casa donde todo parecía haber aprendido a no imponerse.
Nikolaus Klein entró poco después del mediodía.
No lo hizo con la firmeza de quien regresa a un espacio que le pertenece sin fisuras, sino con la cautela casi inconsciente de quien sabe que el exterior ha dejado algo adherido a su cuerpo y no desea introducirlo del todo en el interior.
El mayordomo lo recibió con la sobriedad habitual y tomó su abrigo sin hacer preguntas.
Nikolaus no dijo nada. Su expresión no había variado de forma evidente desde que saliera del banco, pero en ella había ahora una tensión más cerrada, menos expuesta, como si todo el trayecto de vuelta no hubiera servido para disipar lo ocurrido, sino para fijarlo.
Atravesó el vestíbulo y avanzó hacia el salón principal con paso lento.
La casa conservaba esa misma sensación de estabilidad vigilada que siempre lo esperaba al regresar: el olor tenue de la madera encerada, la ausencia de corrientes, el roce casi inaudible de la actividad del servicio en zonas más apartadas.
Todo seguía en su sitio. Y, sin embargo, él no.
Maria estaba donde él había esperado encontrarla.
Sentada junto al ventanal, ligeramente apartada del centro de la estancia, con un bastidor de bordado sobre el regazo y una taza de té colocada sobre la mesa auxiliar,
parecía formar parte de la composición del salón con una naturalidad tan delicada que por un instante resultaba difícil distinguir si la casa había sido ordenada para protegerla a ella o si ella había terminado por adaptarse a la lógica misma de la casa.
La luz, filtrada por las cortinas, suavizaba el contorno de su figura y convertía su quietud en algo todavía más sereno.
Bordaba sin prisa, con una concentración tranquila que no tenía nada de infantil y muy poco de despreocupada.
Cada gesto parecía haber sido aprendido dentro de un mundo donde la contención era una forma de supervivencia.
Al escuchar los pasos de su padre, alzó la cabeza.
—Padre.
Había en su voz una suavidad constante, no débil, sino cuidadosamente administrada.
Nikolaus la observó durante un instante antes de responder.
Sus ojos se detuvieron, como siempre, en aquellos detalles que revisaba sin querer hacerlo: el color de sus mejillas, la regularidad de su respiración, la posición de sus hombros, la temperatura del té aún sin terminar.
En los últimos tres años, mirar a su hija había dejado de ser un gesto espontáneo para convertirse en una comprobación silenciosa.
—Maria.
Ella dejó la aguja sobre la tela y tomó la taza con ambas manos, acercándola a los labios sin precipitación.
Nikolaus avanzó hasta quedar a su lado. A esa distancia, la semejanza con su madre se hacía más evidente y más cruel.
No de manera exacta, no en rasgos idénticos, sino en ciertas líneas del rostro, en la claridad de la piel, en la forma casi excesivamente limpia de la frente, en esa belleza contenida que parecía pedir al mundo que no se acercara demasiado.
—¿Cómo te encuentras hoy? —preguntó.
Maria lo miró con atención. No era la mirada ingenua de una muchacha que desconoce lo que sucede a su alrededor, sino la de alguien que ha aprendido a medir las respuestas que se esperan de ella y a ofrecerlas sin ruido.
—Bien. He descansado esta mañana y la señorita Weber me ha leído un rato antes del té.
Nikolaus asintió, aunque siguió observándola un instante más de lo necesario, como si quisiera verificar no solo lo que ella decía, sino también lo que no decía.
Se sentó frente a ella, no del todo relajado, pero sí con una disposición más humana que la que había mostrado durante horas.
Aquella era la única estancia donde todavía podía permitirse ciertos silencios sin que se convirtieran en estrategia.
—El aire está más frío hoy —dijo, mirando un momento hacia el ventanal cerrado.
Maria sonrió apenas, no con ironía, sino con una ternura resignada que parecía demasiado madura para su edad.
—Las ventanas siguen cerradas.
Él bajó la vista, casi avergonzado por un segundo.
—Lo sé.
Hubo entonces entre ambos una pausa distinta, más blanda que las que llenaban sus conversaciones habituales.
Maria dejó la taza sobre el plato y apoyó las manos sobre la labor, sin retomar todavía el bordado.
Nikolaus la contempló con una mezcla compleja de afecto, culpa y una forma de miedo tan antigua que ya no necesitaba manifestarse para estar presente.
Había dedicado tres años a reducir su mundo, a filtrarlo, a domesticarlo, a construir alrededor de ella una realidad sin sobresaltos, sin corrientes, sin exposiciones innecesarias, sin visitas inoportunas, sin paseos demasiado largos, sin bailes, sin temporadas, sin riesgos.
Durante ese tiempo había llamado protección a decisiones que, en ciertos momentos, se parecían demasiado al encierro.
Y aun así, ni siquiera eso le había devuelto la paz.
Alargó la mano y retiró con suavidad un mechón de cabello que había caído junto a la sien de su hija.
El gesto fue tan breve que casi pareció involuntario, pero Maria lo recibió sin sorpresa.
Después, él apoyó apenas la mano sobre la de ella.
No era un hombre especialmente dado a la ternura visible; tal vez por eso, cuando aparecía, resultaba aún más elocuente.
—Tu madre habría dicho que estás más guapa cada día —murmuró.
Maria no respondió de inmediato. La mención de su madre no era frecuente. No porque estuviera olvidada, sino porque su ausencia seguía ocupando demasiado espacio.
—Eso decía siempre —respondió al fin, y en su voz no hubo queja ni tristeza explícita, solo una delicadeza tan medida que hacía más doloroso lo que callaba.
Nikolaus asintió y apartó la mirada. La cercanía, incluso en su forma más leve, tenía algo insoportable cuando arrastraba consigo la memoria de lo perdido.
Fue entonces cuando unos pasos más rápidos de lo habitual alteraron la estabilidad de la escena. El mayordomo apareció en la puerta con una expresión lo bastante neutra como para no parecer alarmado, pero no lo bastante natural como para pasar inadvertido.
—Señor, ha llegado esto para usted. Dicen que es urgente.
Nikolaus estiró la mano. Reconoció el sello antes incluso de romperlo.
Durante una fracción de segundo, algo en su rostro se inmovilizó más de la cuenta.
Maria lo observó, quieta, sin preguntar.
Él abrió el sobre y extrajo el documento.
Leyó las primeras líneas sin cambiar de postura, pero a medida que avanzaba por el texto la quietud de su expresión dejó de ser serenidad y empezó a parecer contención.
No hubo sobresalto. No era esa clase de hombre. Pero su boca se tensó
imperceptiblemente y la claridad cansada de sus ojos se volvió más opaca.
Maria dejó de mirar la labor y lo miró a él. —¿Ha ocurrido algo?
Nikolaus dobló el documento con una precisión excesiva, como si el cuidado puesto en ese gesto tuviera la función de impedir que el contenido se desbordara.
—No ahora —respondió, y enseguida suavizó el tono—. Debo revisar esto en el despacho.
Se puso en pie. Durante un segundo, pareció querer decir algo más, quizá tranquilizarla, quizá posponer con palabras una inquietud que todavía no podía tomar forma delante de ella, pero no lo hizo. Se limitó a apoyarle la mano en el hombro con una suavidad casi dolorosa y después abandonó el salón.
El despacho de los Klein no tenía la exactitud impecable del de Karl Goldmann.
Era una estancia noble, sobria, ordenada, pero vivida; había en ella libros abiertos, papeles agrupados con aparente método, una pluma mal colocada junto a un tintero, una carta antigua guardada entre páginas que nadie había vuelto a leer desde hacía años.
Seguía siendo el despacho de un conde, pero ya no el de un hombre que pudiera sostener su posición sin fisuras.
Nikolaus cerró la puerta tras de sí y volvió a desplegar el documento.
Lo leyó entero de nuevo, más despacio esta vez, como si al hacerlo pudiera encontrar una inflexión distinta, una frase menos irreversible, una fórmula que rebajara el alcance de lo propuesto.
No la encontró. Karl, por supuesto, no había redactado una petición.
Había redactado una estructura. Una salida exacta para la deuda.
Una solución limpia para el apellido Goldmann.
Una condena elegante para la casa Klein.
Apoyó ambas manos sobre el escritorio y mantuvo la cabeza inclinada unos segundos, en silencio.
No había en él indignación inmediata, porque la indignación necesita todavía algo de fuerza, y lo que él sentía en aquel momento se parecía más a una tristeza cansada, a una forma de derrota que no empezaba hoy, sino que simplemente alcanzaba en aquel instante una nueva claridad.
Pensó en su esposa. No en la mujer enferma de los últimos meses, ni en la madre agotada que había dejado tras de sí una casa llena de ausencia, sino en la joven que había entrado allí años atrás con una luz serena, creyendo todavía que un apellido antiguo garantizaba una forma de continuidad.
Si pudiera verlo ahora, pensó, no entendería en qué momento todo había empezado a inclinarse.
Después pensó en Maria.