Capítulo 29
Lorenzo todavía estaba en la mesa cuando escuchó el ruido.
No era Luca esta vez —Luca, cuando bajaba, hacía suficiente ruido para despertar a toda la casa. Era el ruido más pequeño de alguien que había bajado intentando no ser escuchado, y que se había detenido en el último escalón al ver la luz todavía encendida.
Elena se quedó parada en la escalera.
Él no se dio vuelta de inmediato.
—No pudiste dormir —dijo él. No era pregunta.
—Agua. —Entró a la cocina, abrió la llave, se quedó con el vaso en la mano—. ¿Todavía estás con los documentos?
—No.
Ella miró la mesa. La laptop seguía cerrada igual que cuando ella había subido. Los dos teléfonos estaban en el mismo lugar.
—¿Cuánto tiempo llevas sentado ahí sin hacer nada?
—No sé.
Elena puso el vaso sobre la barra y fue a sentarse en la silla que había ocupado antes. La botella estaba vacía. Su copa seguía donde la había dejado.
—¿Siempre haces esto?
—¿Qué?
—Te quedas despierto después de que todos duermen.
Lorenzo se quedó en silencio un momento.
—Siempre fui el último en dormirme. —Hizo una pausa—. En casa, cuando era chico, era mi manera de tener la casa en silencio.
Elena apoyó los codos en la mesa.
—¿La casa no era silenciosa?
—No mucho.
Era más de lo que él solía contar sobre el pasado. Ella no presionó. Se quedó con los codos en la mesa y dejó que el silencio se quedara ahí sin intentar llenarlo.
Lorenzo tomó la copa vacía de Elena, la giró entre los dedos una vez, la volvió a dejar.
—Tu padre era pastelero —dijo él.
—Lo era. —Elena levantó la vista—. ¿Cómo sabes eso?
—Lo mencionaste una vez. En el parque, cuando los niños todavía eran chicos —cuando me contaste de los primeros años. Dijiste que el olor a vainilla venía del delantal de tu padre.
Ella se quedó mirándolo.
—Lo dije de pasada.
—Yo escuchaba.
La lámpara del rincón daba una luz baja y levemente amarilla sobre la mesa. Afuera, el jardín estaba en silencio —los insectos se habían callado en algún momento después de la medianoche, y lo que quedaba era el silencio de las colinas, distinto al silencio de Milán. Más completo.
—¿Por qué te fuiste de tu casa? —dijo Elena.
Lorenzo se quedó callado.
—No fue una elección con muchas opciones.
—Pero te fuiste.
—Me fui.
—¿Con cuántos años?
—Diecisiete.
Ella se quedó mirándolo. Diecisiete años y una casa que no era silenciosa y el hábito de ser el último en dormirse —ella estaba armando algo que él no le había entregado como historia, pero que había ido entregando en pedazos sin darse cuenta.
—¿Y después? —dijo ella.
—Después construí otra cosa.
—El imperio.
—Sí.
—Solo.
—No del todo. Pero en las decisiones que importaban, sí.
Elena se quedó en silencio un momento. Después:
—Yo me fui de Milán a los veintinueve años. No a los diecisiete. Y tenía suficiente dinero para los primeros meses y una idea de pastelería que podía o no funcionar. —Hizo una pausa—. Y aun así fue lo más difícil que he hecho en mi vida.
Lorenzo la miró.
—Te fuiste de mí —dijo él. Sin reproche. Como un hecho que estaba poniendo sobre la mesa en voz alta por primera vez.
—Me fui de la versión de mi vida que existía si me quedaba. —Ella no apartó la mirada—. Tú eras parte de eso, pero no eras la única parte.
—Lo sé.
—Lo sabes ahora. En esa época hubieras pensado que era sobre ti.
Él se quedó en silencio. No lo negó.
—Lo habría pensado —dijo.
Era la segunda vez en la misma noche que confirmaba algo sobre sí mismo sin intentar controlar lo que confirmaba. Elena lo notó sin comentarlo.
La conversación había empezado con agua y con no poder dormir. Había llegado a diecisiete años y una casa ruidosa y una huida que no era huida pero que él no había llamado de otra forma. Ninguno de los dos había planeado llegar hasta aquí.
—Tenías miedo de que yo me quedara —dijo él. No era reproche. Era él tratando de entender.
—Tenía miedo de que te quedaras y de que yo me dejara llevar. —Elena puso las manos sobre la mesa—. Son cosas distintas.
Lorenzo se quedó mirándola un momento real.
—Explícame.
—Si te quedabas, yo iba a querer que te quedaras. Y yo no sabía qué hacer con querer algo de ese tamaño de una persona que maneja lo que tú manejas.
—¿Y ahora?
—Ahora todavía no lo sé. —Ella no desvió la mirada—. Pero los niños existen y tú existes y estoy sentada en esta mesa a las once y media de la noche en vez de estar dormida, así que algo cambió.
Lorenzo se quedó en silencio.
Del piso de arriba, nada. Luca dormía profundo cuando dormía. Marco dormía profundo cuando tenía la certeza de que todo estaba tranquilo —y lo estaba.
—Cuando descubriste que estabas embarazada —dijo Lorenzo despacio—, ¿qué fue lo primero que pensaste?
Elena se quedó callada un momento.
—Pensé en tu apellido.
—En mi apellido.
—En lo que significaba poner tu apellido en un certificado de nacimiento. En lo que abría. En lo que cerraba. —Miró sus propias manos—. No fue sobre ti como persona. Fue sobre el tamaño de lo que venía junto con eso.
—Y decidiste que era demasiado grande.
—Decidí que yo no sabía cómo manejarlo. Y que prefería no intentarlo a intentarlo mal.
Lorenzo se quedó mirándola. Había algo en su cara que ella no lograba leer del todo —no enojo, no el procesamiento frío de quien estaba catalogando información. Era otra cosa.
—Lo hubieras intentado —dijo él—. Si yo fuera otra persona.
—Si fueras otra persona, la pregunta no existiría.
Él se quedó en silencio con eso.
La luz de la lámpara era lo único encendido en la casa. La mesa entre los dos tenía las dos copas vacías y la botella vacía y los dos teléfonos de Lorenzo y el vaso de agua de Elena que se había olvidado de beber.
Ella hizo el gesto de levantarse.
La silla rechinó contra el piso. Ella apoyó las manos en la mesa para empujarse.
La mano de Lorenzo cubrió la de ella.
No la muñeca —esta vez la mano. La palma sobre sus dedos, sin apretar, sin sostener. Solo el contacto.
Elena se detuvo.
Se quedaron así un momento real —ella con las manos en la mesa, él con la mano sobre la de ella, la casa en silencio alrededor de los dos.
Después ella se fue de todos modos.
Se levantó. La mano de Lorenzo se deslizó de la suya sin resistencia. Él la dejó ir.
—Buenas noches —dijo ella.
Subió.
Lorenzo se quedó con la mano sobre la mesa, en el lugar donde había estado la de ella. No la retiró de inmediato.
— — —
El jardín a las cinco de la mañana tenía un color que Lorenzo no había visto en Milán en los últimos años —el gris antes del azul, cuando la noche todavía no había decidido terminar pero el día ya había empezado a negociar.
Se había quedado en la mesa hasta las dos. Después había subido, se había acostado, había mirado el techo durante una hora. A las cuatro se había rendido y había bajado.
Estaba en la terraza de atrás con el primer café cuando escuchó el ruido en el jardín.
Luca.
En pijama, descalzo sobre el pasto húmedo, pateando la pelota con la concentración de quien había creado un partido entero en su propia cabeza.
No había visto a Lorenzo. Estaba metido en algún lugar dentro del partido —comentarista, delantero y público al mismo tiempo, todo en voz lo bastante baja como para no despertar la casa.
Lorenzo se quedó parado en la terraza con el café en la mano.
Luca pateó, falló el arco imaginario, soltó una mala palabra en voz baja que sin duda había aprendido de alguien que no era Elena, y fue a buscar la pelota en el cantero.
Fue ahí cuando vio a Lorenzo.
Se detuvo.
—¿Tú tampoco dormiste? —dijo Luca.
—Dormí un poco.
—Yo también. —Luca tomó la pelota—. El silencio de las colinas es distinto.
—Es.
—Pero no es malo. —Examinó la pelota para ver si había golpeado alguna piedra—. Es solo distinto.
Lorenzo bajó los dos escalones de la terraza y caminó hacia el jardín. El pasto estaba mojado —el rocío de las colinas era más pesado que el de la ciudad. Los zapatos se le mojaron en los primeros pasos.
—Muéstrame —dijo él.
Luca levantó la vista.
—¿Qué?
—El arco. Dónde está el arco.
Luca señaló dos arbustos del lado opuesto del jardín, separados por un espacio que parecía haber sido medido con precisión de cinco años.
Lorenzo caminó hasta el medio del jardín. Luca puso la pelota en el suelo entre los dos.
—¿Sabes jugar? —dijo Luca.
—Jugaba cuando era joven.
—¿Qué posición?
—Mediocampo.
Luca lo consideró con seriedad.
—Yo soy delantero —dijo, como si fuera información relevante para la negociación.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Observo.
Luca se quedó mirándolo un segundo con esos ojos que eran sus propios ojos en una cara de cinco años. Después pateó la pelota sin avisar.
Lorenzo la interceptó con el empeine —el reflejo llegó antes que la decisión— y la devolvió.
Luca se rió. Un sonido limpio, sin cálculo, la risa de quien no esperaba que funcionara pero había apostado que sí.
Se quedaron en el jardín hasta que Elena apareció en la terraza con el café en la mano y los dos ojos entornados de quien había bajado esperando estar sola.
Luca le hizo señas desde el pasto mojado. Lorenzo dos metros atrás, los zapatos empapados, sin saco.
Elena se quedó mirando a los dos un momento.
Después fue a buscar más café.
— — —
Cuando volvió con la segunda taza, Luca ya había convencido a Lorenzo de intentar un tiro al arco. Lorenzo pateó con menos fuerza de la que Luca esperaba —a propósito— y la pelota se fue al lado equivocado del arbusto.
—Perdiste —anunció Luca, con la satisfacción de árbitro y rival al mismo tiempo.
—Perdí —concedió Lorenzo.
Elena se quedó en la terraza con las dos tazas, una en cada mano, mirándolos.
Había un detalle que ella seguía intentando encajar —la mano de él sobre la de ella menos de cuatro horas atrás, y ahora estaba con los zapatos empapados en el jardín con Luca a las cinco y media de la mañana como si ninguna de las dos cosas hubiera pasado en la misma noche.
Lorenzo levantó la vista de la pelota y la vio en la terraza.
Ella bajó los escalones y fue hacia él con la taza extendida.
Él la tomó sin decir nada.
Se quedaron de pie en el jardín mojado mientras Luca reiniciaba el partido imaginario con la pelota y los dos arbustos, los comentarios en voz baja empezando de nuevo.
—No dormiste —dijo ella, bajo, para no interrumpir a Luca.
—No mucho.
—¿Por la conversación?
Lorenzo la miró. Tomó un sorbo de café.
—Por varias cosas.
Elena se quedó con su propia taza en las manos. Más adelante, Luca metió un gol y lo celebró solo con los brazos abiertos.
—Lorenzo.
—Dime.
—La mano. —No apartó los ojos de Luca—. No la retiré de inmediato.
Lorenzo se quedó en silencio.
—Lo sé —dijo él.
Ninguno de los dos dijo nada más.
Luca vino corriendo hacia ellos con la pelota bajo el brazo y la expresión de quien tenía un plan.
—Ahora los dos contra mí —anunció.
Lorenzo se puso de pie para responder.
El celular sobre la mesa vibró antes de que diera el primer paso.
Miró la pantalla. No era Cavalli con la confirmación de rutina — era una llamada, y el nombre que apareció lo dejó quieto un segundo, el jardín y el pedido de Luca y el café de Elena todos suspendidos al mismo tiempo.
— Un minuto — le dijo a Luca.
Atendió dándose vuelta de espaldas a los dos.