Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

La llamada de Cavalli llegó a las seis de la mañana.

Elena estaba en la cocina cuando escuchó el teléfono de Lorenzo en el pasillo —él se había quedado dormido en el sofá después de que la conversación sobre logística pasara de la medianoche y los dos simplemente dejaran de discutir la hora.

Ella se había ido a dormir. Él se había quedado con los documentos.

Ahora escuchaba su voz en el pasillo, baja y directa. Dos frases. Silencio. Una frase. Colgó.

Entró a la cocina.

—Doce horas —dijo él.

Elena puso la taza sobre la barra.

—¿Para qué?

—Para irnos de aquí. Ricci tuvo un movimiento esta noche. Cavalli lo interceptó antes de que se acercara, pero el margen fue más chico de lo que quiero manejar.

Ella se quedó mirándolo un segundo. Lorenzo tenía la camisa del día anterior, sin saco, el pelo levemente fuera de lugar —la versión más cercana al descuido que ella le había visto hasta ahora.

Aun así, mientras hablaba, era el mismo hombre de la reunión que ella había escuchado desde la otra sala semanas atrás.

—Los niños todavía duermen —dijo ella.

—Lo sé. Tenemos tiempo para café.

Elena se dio vuelta hacia la cafetera. No respondió. Pero puso agua para dos.

— — —

A las siete, Luca bajó corriendo y se detuvo en medio de la cocina al ver a Lorenzo en la mesa.

—¿Dormiste aquí?

—En el sofá.

Luca procesó eso sin ver ningún problema.

—El sofá es duro —dijo, con autoridad de experto—. Yo dormí ahí una vez cuando Marco tenía fiebre.

—Estaba bastante bien.

—Mentira. —Abrió el refrigerador—. Mamá, ¿hay jugo?

Elena señaló la repisa de abajo. Luca tomó la caja, encontró el vaso, se sentó.

Marco bajó cinco minutos después. Entró, vio a Lorenzo, vio la taza, vio la camisa del día anterior. No dijo nada. Tomó el vaso, se sentó, abrió el libro que había traído bajo el brazo.

Fue Elena quien habló, de espaldas a los dos, revolviendo el café.

—Vamos a pasar unos días fuera de Milán. Hoy. Vamos a hacer las maletas después del desayuno.

Luca se detuvo con el vaso en el aire.

—¿Por el hombre malo?

Lorenzo se dio vuelta hacia él.

—¿Qué hombre malo?

—El que tú y mamá siempre nombran en voz baja. —Luca bebió el jugo—. Yo escucho cuando ustedes creen que no escucho.

—Luca —dijo Elena.

—¿Qué? Es verdad.

Marco pasó una página más despacio que su ritmo normal de lectura.

Lorenzo puso la taza sobre la mesa.

—Hay una persona que está complicando algunas cosas —dijo, directo—. Vamos a un lugar más tranquilo mientras yo lo resuelvo. Tiene jardín.

Luca lo consideró.

—¿Tiene perro en el jardín?

—No.

—Podría tener.

—Luca —dijo Elena.

—Está bien. —Terminó el jugo—. Voy a hacer mi maleta. ¿Puedo llevar la pelota grande?

—Puedes.

Salió corriendo. Marco cerró el libro, se levantó, fue al cuarto sin apuro. En la puerta de la cocina, se detuvo.

—Mi mochila ya está lista —dijo, sin dirigirse a ninguno en particular.

Y subió.

— — —

Las doce horas siguientes no dejaron espacio para otra cosa.

Lorenzo coordinaba por teléfono mientras cargaba cajas.

Elena separaba lo esencial de lo que podía quedarse —una distinción que hacía rápido, sin dudar, porque ya había hecho ese inventario otras veces en la cabeza.

Los niños circulaban entre las habitaciones con distintos grados de utilidad: Luca traía cosas que nadie le había pedido traer, con el entusiasmo genuino de quien ayudaba de verdad.

Marco hacía una lista en su cuaderno chico sin que nadie le hubiera pedido ninguna lista.

En algún momento, Lorenzo salía del cuarto de los niños con una caja cuando Elena entró por el pasillo con otra.

Los dos se detuvieron, ajustaron el ángulo, pasaron.

Ninguno comentó. Era la décima vez que se cruzaban en ese pasillo en las últimas tres horas, y el espacio entre ellos se había vuelto progresivamente más chico en cada cruce —no a propósito, sino porque la tarea no dejaba lugar para la distancia cuidadosa que ambos venían practicando.

A las dos de la tarde, el auto de Cavalli estaba cargado.

Elena cerró la puerta del apartamento. Se quedó con la llave en la mano un segundo, mirando la madera oscura de la puerta.

Lorenzo fue hacia ella.

—¿Se te olvidó algo?

—No. —Guardó la llave—. Solo estaba mirando.

Él no preguntó qué.

Bajaron.

— — —

La propiedad quedaba a noventa minutos de Milán, en una carretera que subía entre viñedos y pinos. Luca se quedó con la nariz pegada al vidrio casi todo el trayecto. Marco leyó hasta la mitad, después cerró el libro y se quedó mirando por la ventana también, sin explicar el cambio.

La casa era de piedra clara, ventanas altas, jardín en la parte de atrás que Luca vio incluso antes de que el auto se detuviera.

—Es grande —dijo, como evaluación técnica.

—Es —confirmó Lorenzo.

—¿Puedo ir?

—Después de ver tu cuarto.

Luca bajó del auto antes de que terminara la frase.

Elena bajó despacio. Miró la fachada, después a Lorenzo a su lado.

—Tú elegiste este lugar.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace tres semanas.

Ella asintió. No era enojo. Era el recálculo —la revisión de cuánto él se había movido antes de cualquier conversación. Había empezado a reconocer ese patrón en él: Lorenzo no avisaba porque todavía no había terminado de decidir, y solo avisaba cuando la decisión ya estaba completa.

Era un patrón que ella todavía no había decidido qué hacer con él.

Entraron.

— — —

Los cuartos de los niños quedaban en el pasillo de la derecha. Luca entró al suyo, tiró la pelota en la cama, declaró aprobación. Marco fue hasta la ventana del suyo, miró el jardín, y empezó a organizar los libros en el estante vacío como si siempre hubieran estado ahí.

Lorenzo y Elena se quedaron en el pasillo entre los dos cuartos.

—El cuarto principal queda en el pasillo de la izquierda —dijo él.

—Lo vi.

—Hay otro más chico al lado. Si lo prefieres.

—Lorenzo.

Él se detuvo.

—Gracias —dijo ella. Sin más.

Él se quedó en silencio un momento.

—Voy a ver con Cavalli el tema del perímetro.

Y se fue.

Elena se quedó en el pasillo. Del cuarto de la derecha venía el ruido de Luca reorganizando los muebles sin permiso. Del cuarto de la izquierda, silencio —Marco ya se había instalado y no necesitaba nada más.

Ella fue a desempacar su propia maleta.

— — —

Esa noche, los niños se durmieron temprano —el aire de las colinas, el jardín, la corrida que Luca había organizado antes de la cena con reglas que solo él entendía del todo. Marco había visto todo desde la terraza con el libro en el regazo y después se había ido a dormir sin quejarse de nada.

Elena bajó después de revisar los dos cuartos.

La sala estaba con la luz baja. Lorenzo estaba en la mesa, la laptop cerrada frente a él, los dos teléfonos al lado. Cuando ella entró, no abrió ninguno.

Fue a la cocina, volvió con una botella que había encontrado en la repisa y dos copas. Puso una frente a él. Se sentó del lado opuesto de la mesa.

Lorenzo miró la copa. La miró a ella.

Ninguno de los dos dijo nada.

Afuera, el jardín tenía ese sonido de insectos que Luca sin duda iba a querer identificar a la mañana siguiente. Adentro, la casa hacía los ruidos de asentamiento de todo lugar viejo —madera, paredes, el aire entrando por las rendijas de las ventanas altas.

Lorenzo tomó la copa.

Elena no se fue.

Él tampoco.

— — —

El vino estaba a la mitad cuando Luca apareció en lo alto de la escalera.

—Mamá.

Elena levantó la vista.

—A tu cuarto, Luca.

—Escuché un ruido.

—Es la casa. Es vieja.

—¿Las casas viejas hacen ruido?

—Hacen.

Luca consideró eso desde lo alto de la escalera, en pijama, con el pelo parado por la almohada.

—Está bien. —Hizo el gesto de volver. Se detuvo—. ¿Lorenzo también está despierto?

—Estoy —dijo Lorenzo.

—Entonces está bien. —Y desapareció por el pasillo de arriba.

Elena se quedó mirando la escalera un momento después de que los pasos de Luca se desvanecieran. Había algo en la forma en que él lo había dicho —entonces está bien— como si la presencia de Lorenzo a las once de la noche en una casa desconocida fuera información suficiente para dormir tranquilo.

Tomó la copa.

Lorenzo la estaba mirando.

—¿Qué pasa? —dijo él.

—Nada. —Bebió—. Él hace eso. Verifica que todos estén en su lugar antes de dormir de verdad. Siempre lo ha hecho.

—¿Marco también?

—Marco verifica de otra forma. —Puso la copa en la mesa—. Marco se queda despierto escuchando hasta tener la certeza de que todo está tranquilo. Ahí sí duerme.

Lorenzo se quedó en silencio un momento.

—¿Cómo sabes esas cosas?

—Cinco años —dijo ella. Sin reproche. Como un hecho.

El silencio que vino después era distinto a los silencios anteriores de la noche —no el silencio de dos adultos evitando lo que no se decía, sino el silencio de una información que había aterrizado y que ambos estaban dejando reposar.

Lorenzo puso la copa en la mesa.

Elena no se fue.

Del piso de arriba, ningún ruido. Luca se había dormido. Marco probablemente también.

La botella ya estaba casi vacía cuando la luz de la cocina se apagó sola por temporizador. La sala quedó más oscura, solo la lámpara del rincón seguía encendida. Ninguno de los dos se levantó a encender otra cosa.

Elena terminó la copa. Se quedó con ella en la mano un momento, mirando el jardín oscuro por la ventana. No había suficiente luna para ver los pinos del fondo, solo su forma contra el cielo.

—Mañana Luca va a querer explorar todo antes del desayuno —dijo ella.

—Lo sé.

—¿Vas a estar aquí mañana en la mañana?

Lorenzo no respondió de inmediato. Era una pregunta simple —logística, presencia, el día siguiente. Pero había otra capa en ella que ambos reconocieron al mismo tiempo.

—Voy a estar —dijo él.

Elena puso la copa en la mesa. Se levantó.

—Buenas noches, Lorenzo.

Él no respondió de inmediato. Cuando respondió, ella ya estaba en la escalera.

—Buenas noches.

Elena subió sin mirar atrás. En el pasillo de arriba, se detuvo frente al cuarto de Luca, abrió la puerta con cuidado. Estaba de costado, la pelota todavía abrazada, las sábanas a medio cuerpo como siempre. Cerró la puerta.

Abrió la de Marco. De espaldas, brazos rectos, respiración pareja. Ya había verificado que todo estaba tranquilo y se había dormido.

Cerró la puerta de Marco y se quedó en el pasillo oscuro un segundo.

En la sala de abajo, la silla de Lorenzo no había hecho ruido contra el piso.

Él todavía no había subido.

Desde arriba, escuchó el celular de él vibrar una vez sobre la mesa. La confirmación del perímetro de las dos de la mañana.