Capítulo 18
El croissant de la mañana había durado exactamente el tiempo que tardó Lorenzo en recibir la primera llamada.
Estaba sentado en la barra de la cocina con el plato enfrente —Elena había llegado antes de que los niños se despertaran, como habían acordado, y había puesto el croissant en el plato junto con una taza de café sin decir nada más que "buenos días"— cuando el celular vibró.
Él miró la pantalla. Contestó de pie, le dio la espalda, dijo cuatro frases y colgó.
Tomó el abrigo.
—Lorenzo.
Él se detuvo con la mano en la puerta.
—El croissant —dijo ella.
Se quedó quieto un segundo. Volvió, tomó el croissant, se lo comió en dos bocados de pie sobre el fregadero. La miró.
—Gracias.
Salió.
Elena se quedó con la taza en la mano mirando el plato vacío.
— — —
No apareció a la hora del almuerzo. No envió ningún mensaje.
Elena recogió a los niños de la escuela, hizo la cena, ayudó a Marco con la tarea de matemáticas mientras Luca reorganizaba los lápices de colores según un criterio propio e imposible de descifrar.
A las siete y media, escuchó la puerta del pasillo.
El sonido de los pasos era distinto.
Ella ya conocía el ritmo de él en los últimos días —controlado, igual, la misma cadencia de la mañana a la noche. Estos pasos eran más cortos. Más rápidos. Se detenían antes de lo que deberían.
Lorenzo tocó una vez y abrió con la llave que ella había aceptado darle para emergencias.
Luca levantó la vista de los lápices.
Marco cerró el cuaderno.
Lorenzo se quedó parado en la entrada por un segundo —no el segundo de quien evalúa la habitación, sino el de quien ajusta algo por dentro antes de entrar. Después entró. Colgó el abrigo en el gancho. Se sentó en la silla que se había vuelto la suya por costumbre, no por elección declarada.
—Hola —dijo Luca.
—Hola —dijo Lorenzo.
Luca lo miró. Miró los lápices. Se quedó callado, algo lo bastante raro como para que Elena lo notara.
Marco miró a Lorenzo, después a su madre, después volvió al cuaderno cerrado sobre la mesa sin abrirlo de nuevo.
Lorenzo apoyó los codos en las rodillas. Se quedó mirando la mesa.
Elena terminó de lavar la taza que estaba lavando. Se secó las manos. No dijo nada.
—¿Puedo ver? —Lorenzo señaló los lápices de Luca.
Luca le acercó la caja sin decir palabra. Lorenzo tomó un lápiz —rojo, probó la punta con el pulgar— y lo devolvió a su lugar exacto. Tomó otro. Luca lo observaba con la atención de quien evalúa si se está respetando el criterio.
—Ese va aquí —dijo Luca, tomando el lápiz naranja de la mano de Lorenzo y poniéndolo tres posiciones más adelante.
Lorenzo lo dejó hacer.
Marco tomó el vaso de agua de la mesa, se levantó, fue a la cocina, llenó otro vaso en el grifo, volvió y lo puso al lado de Lorenzo sin decir nada. Se sentó de nuevo. Abrió el cuaderno.
Lorenzo miró el vaso. Después a Marco, que ya tenía los ojos en el cuaderno.
Bebió.
Elena se quedó parada en la entrada de la cocina viendo todo eso. Después fue a sentarse al sofá con el cuaderno de recetas —no el de 2018, el de 2021, el que usaba para desarrollar recetas nuevas— y se quedó con él abierto en la página equivocada mientras esperaba que los niños se fueran a dormir.
— — —
A las nueve, los dos ya estaban en la cama.
Elena le había leído dos capítulos a Luca, que había pedido el mismo libro por cuarta noche seguida, y se había quedado parada en la puerta del cuarto de Marco hasta que él apagó la luz solo, como prefería.
Cuando volvió a la sala, Lorenzo seguía en el mismo lugar.
El vaso de Marco estaba vacío.
Ella se sentó en el sofá, no en el sillón. La distancia entre los dos era el ancho de un asiento.
—¿Qué pasó?
Lorenzo se quedó callado un momento. Los codos seguían en las rodillas, los ojos en la mesa.
—Ricci saboteó una operación logística en Turín. —Lo dijo con la voz plana de quien informa, no de quien explica—. Un cargamento desviado. No fue accidente: alguien de adentro pasó la ruta con anticipación.
—Alguien de tu equipo.
—Alguien que estaba en mi equipo hasta las tres de la tarde.
Elena no preguntó qué había pasado a las tres de la tarde.
—¿Descubriste quién era?
—Sí.
—¿Y Ricci?
—Ricci perdió el canal. Va a abrir otro. —Lorenzo se recostó en la silla. Se quedó mirando el techo un segundo—. Pero por ahora está operando sin información interna.
—¿Por cuánto tiempo?
—El suficiente para que yo cierre lo que hay que cerrar.
Elena lo miró. La línea de la mandíbula era distinta a la de la mañana —no tensa exactamente, pero cargada, como un músculo que trabajó demasiado y todavía no recibió la señal para parar.
—¿Cuánto tiempo pasaste rastreando esto?
—Desde las seis de la mañana.
Eran casi las diez de la noche.
Ella le puso la mano en el brazo.
Un segundo —la palma entera sobre la tela del saco, el calor traspasando igual. Después la retiró.
Lorenzo dejó de hablar por ese segundo entero.
No siguió de inmediato. Se quedó con los ojos hacia la ventana, no hacia ella, en un silencio distinto a los anteriores. Había algo en él que ella no supo cómo clasificar —no era alivio, no era gratitud, era otra cosa que no tenía nombre.
—El croissant estaba bueno —dijo él, por fin.
Elena lo miró.
—Te lo comiste en dos segundos de pie sobre el fregadero.
—Aun así. —Se levantó, tomó el abrigo—. Mañana llego a la hora.
Ella se quedó sentada mirándolo levantarse.
—Lorenzo.
Él se detuvo.
—El informante —dijo ella—. ¿Sabías que había alguien o sospechabas?
Lorenzo la miró un segundo.
—Sospechaba hace tres semanas.
Elena se quedó callada.
—¿Por qué no lo resolviste antes?
—Porque necesitaba certeza antes de actuar. —La voz seguía plana—. Sospechar no es prueba.
—Y hoy tuviste prueba.
—Hoy tuve prueba.
Se puso el abrigo. Fue hacia la puerta. La mano en la manija —y se quedó quieto, de espaldas a ella, por un segundo lo bastante largo como para que ella lo notara.
—Marco —dijo, sin voltear—. ¿Hace eso siempre?
—¿Qué?
—Traer agua sin que se lo pidan.
Elena miró el vaso vacío sobre la mesa.
—Sí —dijo ella—. Siempre que cree que alguien lo necesita.
Lorenzo se quedó quieto un segundo más.
Abrió la puerta y salió.
Elena se quedó mirando el vaso de Marco sobre la mesa. Después tomó el celular que estaba al otro lado del sofá —una notificación de correo, nada urgente— y se quedó con él en la mano sin abrir nada.
En la pantalla de bloqueo, la hora: 22:07.
Debajo de la hora, una notificación que había llegado a las 17:34, mientras ella estaba recogiendo a los niños, que había visto y dejado para después y había olvidado por completo.
El remitente era un nombre que no reconocía. El asunto: Pastelería Russo — Propuesta de adquisición.