Los Gemelos Secretos del Mafioso Italiano (Dinastías de la Mafia Libro 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Los documentos de Lorenzo ocupaban la mitad de la mesa de la sala.

Elena había intentado ignorarlo por veinte minutos —el cuaderno abierto en la página equivocada, el bolígrafo quieto, los ojos volviendo una y otra vez a esa pila que él había organizado con una precisión que no encajaba con el espacio prestado del apartamento.

Había marcadores de colores. Una regla. Un cuaderno más pequeño donde anotaba algo a intervalos irregulares sin levantar la vista.

Ella pasó la página del cuaderno de recetas.

La siguiente era una versión antigua del pastel de avellanas que hacía cada diciembre —su letra de cinco años atrás, más inclinada, llena de tachones.

Había una nota al margen que había olvidado por completo: no dobles la harina, dobla el tiempo. Se quedó mirándola un momento.

Soltó un sonido —no llegó a ser una risa, pero casi.

Lorenzo levantó la vista.

Ella ya estaba mirando el cuaderno cuando se dio cuenta de que él había dejado de escribir. El silencio cambió de naturaleza —antes eran dos silencios paralelos, ahora era uno solo.

—Perdón —dijo ella.

—No hace falta.

Él siguió mirando. No al cuaderno, a ella.

Elena giró el cuaderno hacia él antes de decidir hacerlo de verdad. La nota al margen quedó visible.

—Escribí esto hace cinco años y pasé tres navidades haciéndolo mal —dijo ella—. La receta estaba bien. Yo era la que no leía el margen.

Lorenzo inclinó levemente la cabeza para ver mejor la página. No se levantó. Leyó desde donde estaba.

—¿Doblar el tiempo significa qué, exactamente?

—Hornear más despacio. La mayoría sube la temperatura cuando quiere resultados más rápido. Con la avellana es al revés: el calor alto quema el exterior antes de que el centro se cocine.

Él miró la nota una vez más, después a ella.

—Tiene sentido.

—Suena obvio cuando lo explicas —dijo Elena—. Cuando tienes prisa no parece nada.

Lorenzo dejó el bolígrafo sobre la mesa. No cerró su cuaderno, pero la postura cambió —la espalda un poco más alejada del respaldo, los codos apoyados hacia delante.

—¿Probaste todo antes de abrir la pastelería?

—Probé todo. —Ella cerró el cuaderno de recetas con el dedo marcando la página—. Pasé dos años solo probando. Mi madre pensaba que estaba postergando porque tenía miedo de abrir.

—¿No era eso?

—No. Era que no iba a abrir una pastelería con una receta que no funcionara. —Elena se detuvo—. Ella lo interpretó como inseguridad porque no podía imaginar otra razón para tardar tanto.

Lorenzo se quedó callado un momento.

—¿Cuál fue la última receta que aprobaste?

—El croissant. —Soltó el dedo de la página—. Tardé ocho meses en el croissant. Mi madre ya había dejado de intentar entender qué estaba haciendo.

—Ocho meses para una receta.

—Para esa receta. Hay versiones más rápidas. Yo no quería la versión rápida.

Él la miró con una expresión que ella no supo identificar de inmediato —no era aprobación exactamente, pero iba en esa dirección. Elena abrió el cuaderno otra vez, más por tener algo en las manos que por necesidad.

—¿Comes croissant? —preguntó ella, sin pensarlo mucho.

—Casi nunca.

—¿Por qué?

—Nunca encontré uno que valiera el esfuerzo de comerlo bien.

Elena lo miró.

—¿Cómo que comerlo bien?

—Un buen croissant exige atención. —Lo dijo como si fuera un hecho simple—. Si vas a comerlo de pie, sobre papel, caminando, no importa cuál croissant sea. Si vas a sentarte, es distinto.

Ella se quedó mirándolo un segundo más de lo que pretendía.

—Nunca has venido a la pastelería en la mañana.

—No.

—Los croissants de la mañana son distintos a los de la tarde —dijo ella—. En la mañana todavía tienen la estructura intacta. En la tarde ya se aflojaron un poco. Depende de lo que quieras.

—¿Qué recomiendas?

—La mañana. —Elena cerró el cuaderno de nuevo, esta vez sin marcar la página—. Si vas a comerlo bien, como dijiste, vale la pena la mañana.

Lorenzo no respondió de inmediato. Volvió a tomar el bolígrafo, pero no escribió nada —solo se quedó con él entre los dedos.

—¿Vas a reabrir la pastelería cuando todo esto termine? —preguntó él. Sin transición, sin preparación.

Elena no esperaba la pregunta en esa dirección.

—Sí.

—El apartamento va a seguir siendo necesario por un tiempo.

—Lo sé.

—No estoy diciendo que no abras.

—Sé lo que estás diciendo —dijo ella.

Él volvió a poner el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Entonces cuál es el problema?

—No hay problema. —Ella se levantó, fue a la cocina, volvió con dos vasos de agua. Puso uno frente a él sin preguntar—. Solo necesitaba confirmar que la respuesta seguía siendo sí.

Lorenzo miró el vaso. Después a ella.

—¿Y lo es?

—Lo es.

Él tomó el vaso. Bebió. Volvió a mirar los documentos, pero no de inmediato —se quedó dos segundos mirando la mesa de una forma que Elena no pudo descifrar.

—El cuaderno de recetas —dijo él, sin levantar la vista de los documentos—. ¿Lo trajiste de la pastelería o se quedaba en el apartamento?

—De la pastelería. —Ella volvió a sentarse—. Tengo copias digitales de todo, pero prefiero el original cuando estoy revisando.

—¿Por qué?

Elena abrió el cuaderno en la primera página —no la correcta, la primera.

—Porque las notas al margen no están en las copias digitales. —Lo giró para que él viera—. Este es de 2018. El anterior es de 2015. Tengo todos desde que empecé a probar recetas.

Lorenzo se inclinó levemente para ver. No pidió tomarlo.

—Todos a mano.

—Todos.

—¿No confías en lo digital?

—Confío. —Elena cerró el cuaderno en la primera página—. Pero cuando estoy desarrollando una receta nueva, necesito ver el proceso. Cada vez que tacho y reescribo encima es parte del registro. La versión digital solo tiene el resultado final.

Él se quedó callado un momento.

—Yo hago lo mismo con los contratos —dijo, por fin.

Elena lo miró.

—Versión impresa con notas al margen —continuó Lorenzo—. Mi asistente ya me sugirió tres veces que migre a un sistema digital con anotaciones integradas.

—¿Qué le dijiste?

—Que podía usar el sistema si quería.

Ella soltó el aire por los labios —no llegó a ser risa, pero casi. Lorenzo no sonrió, pero la línea del hombro cambió levemente.

Luca gritó algo desde el cuarto —no en tono de urgencia, en tono de sueño— y los dos se quedaron quietos escuchando hasta que volvió el silencio.

—Hace eso siempre —dijo Elena, en voz baja—. Grita en sueños y no se despierta.

—¿Marco también?

—Marco a veces habla. Bajito. Nunca se le entiende qué dice.

Lorenzo giró el bolígrafo entre los dedos una vez.

—¿Te quedabas despierta escuchando esto cuando eran más chicos?

—Todavía me pasa a veces.

Él no respondió. Tomó los documentos, alineó la pila, empezó a guardarlos en el sobre con una eficiencia que decía que estaba terminando por esa noche. Elena no se movió —se quedó con el cuaderno cerrado en el regazo, los ojos en la mesa.

—Ya me voy —dijo él.

—Lo sé.

Lorenzo se levantó. Tomó el abrigo del respaldo de la silla. Elena se quedó sentada.

En la puerta, se detuvo con la mano en la manija.

—Mañana en la mañana —dijo él—. Antes de que se despierten los niños.

Elena levantó la vista.

—El croissant —completó él—. Si la recomendación todavía vale.

Ella lo miró un segundo.

—Vale.

Él abrió la puerta y salió.

Elena se quedó con la mano sobre el cuaderno, sin abrirlo. Escuchó los pasos de él en el pasillo —cuatro, cinco, después nada. Se quedó esperando el sonido de la puerta de su apartamento al otro lado.

El sonido no llegó.

Contó hasta diez. Hasta quince. Se levantó, fue hasta la puerta, apoyó los dedos en el marco sin abrir.

Del otro lado, ningún sonido de puerta cerrándose. Ningún paso alejándose.

Quitó la mano del marco y se fue a dormir.

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