Capítulo 58
Me dolía todo el cuerpo y me costaba mucho abrir los ojos. Me latía tanto la cabeza que era como si sintiera una presión insoportable en las sienes.
Lo único que recordaba era que iba de camino a un día romántico en pareja con Sandro cuando el coche empezó a dar vueltas de campana y todo se quedó a oscuras.
—Sandro... —Lo llamé mientras me esforzaba aún más por abrir los ojos.
Me encontré con un techo blanco, muy diferente del coche en el que debería estar. Me moví algo y noté que estaba tumbada en un colchón blando, con una vía en el brazo.
Todavía estaba completamente aturdida y no logré comprender de inmediato dónde estaba, pero mi primer instinto fue ponerme la mano en el vientre.
Seguía estando abultada, pero parecía flácida y no dura como antes. Sentí un terrible opresión en el pecho que me sumió en la desesperación.
—¡Mis bebés... ¡Dónde están mis bebés! —grité.
Intenté girarme y salir de esa camilla para averiguar qué estaba pasando, pero antes de hacerlo, las manos de una mujer me lo impidieron.
—Oye, no puedes bajarte. —Me sujetó, empujándome hacia atrás.
—¡Tengo que hacerlo!
—Todavía tienes que recuperarte, te han hecho una cesárea de urgencia.
Cesárea...
La palabra resonaba en mi mente y parecía explicar el hecho de que mis bebés no estuvieran en mi vientre.
—¡¿Quién me ha arrancado a mis bebés?! —exigí, esperando lo peor. —Aún no estaban preparados...
—Lo siento...
—¿Lo sientes? —sollocé. —Ellos... ellos no...
—Lo único que sé es que están en la UCI.
—¿Vivos? —Mi corazón había dejado de latir desde que dejé de sentirles en mi vientre, pero al hacer esa pregunta, también dejé de respirar.
La mujer se limitó a asentir con un movimiento de cabeza.
—Pero luego vendrá un médico a tu habitación para explicarte mejor la situación.
Puede que ella estuviera intentando tranquilizarme, pero yo no me sentía nada tranquila. Lo único que quería eran a mis bebés y...
—¿Dónde está Sandro? —La única imagen que tenía de él era en el coche volcando y eso no hacía más que aumentar mi desesperación. —Él...
—No lo sé, señora —respondió mientras retiraba la bolsa de suero del soporte y la apoyaba en la cama antes de empezar a empujarme.
—¿Adónde me lleva?
—A la habitación.
—¿Dónde estoy? —Miré mejor a mi alrededor, apretando los párpados para ver con más detalle, ya que mi visión aún parecía muy borrosa.
—En la sala de recuperación.
No dije nada más. Una parte de mí quería salir corriendo y averiguar dónde estaban mis bebés, pero aún sentía como si todo mi cuerpo se hubiera hecho mil pedazos. Mi sentido común me decía claramente que no iba a poder llegar muy lejos en esa situación.
No tenía fuerzas ni para mantenerme en pie.
La mujer empujó mi camilla hasta el ascensor y luego me acomodó junto a una cama de hospital en una habitación acogedora.
Me ayudó a pasar de la camilla a la cama y me enseñó el botón que podía pulsar si necesitaba ayuda. Luego me quedé sola en aquella habitación, con un enorme nudo en el pecho y sin saber qué había pasado.
Tardó unos minutos, o una eternidad entera, en que la puerta se abriera de nuevo y Sandro entrara por ella.
En los pocos segundos que tardó en cruzar la puerta y llegar hasta la cama, vi un vendaje en su frente; parecía pequeño y, aparte de algunos rasguños y moratones, no vi ningún otro indicio de que estuviera gravemente herido.
—¡Sandro! —Intenté inclinarme hacia él, pero me sujetó por los hombros y me empujó hacia atrás.
—Quédate ahí, necesitas recuperarte.
—Y tú... —tartamudeé.
—Estoy bien.
—¿Estás seguro?
—Soy más duro que cualquier caída, amor. —Me guiñó un ojo y me quedé completamente paralizada, porque no esperaba que me llamara así.
—¿Cómo te sientes? —preguntó su madre, cuya presencia no había notado hasta ese momento.
—Agotada —confesé.
—Ha sufrido un accidente, ha pasado por una operación, es normal. Le llevará un tiempo recuperarse.
Sandro me tomó la mano entre las suyas y me dio un beso en el dorso, antes de mirarme y sonreír.
—Solo quiero que te recuperes.
—Gracias. —Suspiré unos instantes antes de volver a preocuparme de nuevo—. Nuestros bebés...
—Me han dicho que cuando te sientas mejor podremos verlos.
—Quiero verlos ahora.
—Está bien. —Sandro se inclinó y me dio un beso en la frente.
Salió de la habitación y volvió al cabo de unos instantes con una mujer que empujaba una silla de ruedas. Me ayudaron a sentarme en ella y luego nos dirigimos al ascensor, subiendo a la planta donde estaban mis gemelos.
Pasamos junto a varias incubadoras hasta que nos detuvimos ante dos en las que, según nos dijeron, estaban nuestros bebés. Eran tan pequeñitos y frágiles que me costaba creer que hubieran salido de mi enorme barriga.
Puse la mano sobre el cristal, mirando dentro y sintiendo que se me encogía aún más el corazón. No esperaba pasar por aquello. Había deseado tanto que nacieran fuertes y sanos.
Una pediatra se presentó diciendo que era la encargada de cuidarlos y solo había una cosa que quería saber.
—¿Mis bebés se pondrán bien?
—Estas primeras veinticuatro horas son las más críticas, pero tengo buenas razones para creer que sí.
—¿Creer? —Sandro también estaba tenso.
—Tengan fe.
Era lo único que más deseaba tener.