Capítulo 57
—¡Ay, hijo mío! —Vi a mi madre aparecer en el horizonte acompañada de Miguel y correr hacia mí para darme un abrazo, envolviéndome en sus brazos y me hizo sentir aún más incómodo hasta que la empujé.
—¡Suéltame!
—Lo siento...
—¿Qué hacéis aquí? —Los miré con expresión seria.
—Vinimos aquí en cuanto nos enteramos de lo que había pasado —dijo Miguel.
—No es seguro.
—He puesto a más hombres ahí fuera para asegurarme de que los de Ramón se mantengan alejados.
—Tengo que matar a ese desgraciado...
—¡Quédate aquí! —Miguel me agarró por los hombros y me hizo retroceder.
—Tengo que...
—Lo que tienes que hacer ahora es cuidar de Agda y de tus hijos. Ya es hora de que yo mismo me encargue de ese desgraciado.
—Miguel...
—Concéntrate en tu familia. Yo me encargaré de esto.
Acabé asintiendo. Por mucho que me consumiera un fuerte e intenso deseo de venganza, mi preocupación era mayor.
—¡Estás herido! —Mi madre me sujetó la cabeza y me la giró de un lado a otro para verlo mejor.
—Estoy bien...
—Sandro, esto necesita puntos.
—Ya he hablado con él —murmuró la enfermera que estaba allí en recepción.
—Arregla esto, por favor —pidió mi madre.
—No te metas —murmuré.
—También tienes que cuidarte a ti mismo. —Cruzó los brazos con expresión seria.
—Escucha lo que dice nuestra madre —me aconsejó Miguel.
—Solo quiero saber cómo están... —confesé.
—Mientras esperas, puedes ocuparte de eso —Miguel señaló mi herida y yo acabé asintiendo con la cabeza.
—Vale, voy a echarle un vistazo.
—¡Genial! —Miguel me dedicó una media sonrisa antes de volverse hacia mi madre—. Cuida de él, que yo me encargaré de proteger a nuestra familia.
Mi madre asintió y Miguel hizo un gesto con la mano, despidiéndose.
—Debería ir con él... —murmuré.
—Debes quedarte aquí, con ella...
—Pero nadie dice nada y no me han dejado entrar —confesé mi malestar.
—Esperaremos aquí. —Mi madre se acomodó en la silla de plástico mientras yo dejaba que la enfermera me guiara hasta una de las salas de urgencias para que me pusieran puntos en la herida.
***
Pareció una eternidad hasta que apareció alguien para darnos noticias después de que se llevaran a Agda.
Estaba inquieto, dando patadas en el suelo y masticando con la boca vacía. Lo único que me impedía ir a por los médicos y empezar a disparar era que mi madre me lo impedía.
Tener que esperar sin hacer nada fue lo peor y me consumía con cada minuto que pasaba, dejándome aún más desesperado y con el corazón a punto de salirse del pecho. No era nada fácil y solo quería que acabara.
¡Necesito noticias!
Me levanté de un salto, paseándome de un lado a otro hasta que mi madre me llamó la atención.
—¡Sandro!
La miré con gesto de fastidio.
—Eso no va a ayudar en nada.
—Solo necesito... —Dejé de hablar cuando vi a la misma doctora de pelo rizado venir hacia mí.
Me detuve frente a ella incluso antes de que mencionara que tenía intención de hablar conmigo.
—¿Cómo están? —alzé la voz, exigiendo que me respondiera.
—Los gemelos estaban en sufrimiento fetal y tuvimos que hacer una cesárea de emergencia. Los han trasladado a la UCI neonatal.
—¿Pero se pondrán bien? —Mi corazón dejó de latir por un instante mientras esperaba la respuesta de la doctora.
—Están en observación, aún es pronto para saberlo, pero todo el equipo de pediatría está haciendo todo lo posible.
—Si necesitan dinero, cualquier cosa... —empecé a decir, pero me interrumpieron.
—Se lo haremos saber.
—¿Y Agda? —Volví a contener la respiración—. ¿Cómo está?
—También en observación. Ha sufrido algunas contusiones y hemorragias, pero ninguna lesión grave; sin embargo, le han practicado una cesárea de urgencia y tendrá que recuperarse.
—¿Cuándo podré verla?
—En dos horas, cuando la trasladen de la sala de recuperación a la habitación.
—¿Dos horas más?
Sentí la mano de mi madre en mi hombro, obligándome a girarme hacia ella y mirarla a los ojos.
—Tranquilo.
—Pero...
—Enseguida podrás verla.
Resoplé, pero no dije nada.