Capítulo 5
Yo seguía encima de ella, fijándome en sus pechos redondos del tamaño de naranjas, que subían y bajaban al ritmo de una respiración entrecortada y excitante, a punto de entrar en ella por tercera o cuarta vez, cuando mi móvil empezó a sonar entre la ropa tirada, donde habían acabado mis pantalones cortos.
No tenía ninguna intención de contestar.
Había venido a Brasil para divertirme, y el sexo hasta el agotamiento formaba parte del plan.
Pero al segundo tono, contesté maldiciendo.
—¡Joder!
—¿Es importante? —preguntó la universitaria con los ojos en blanco, aún bajo el calor de mi cuerpo.
—Voy a matar a quien sea.
Ella soltó una carcajada, convencida de que solo era mi forma de hablar, una broma, pero no me conocía de verdad, ni iba a conocerme, porque aquello no iba a repetirse.
Salí de la cama y busqué el móvil entre la ropa tirada hasta sacarlo del bolsillo de mis pantalones cortos.
Era el pesado de Joaquim. Me dieron ganas de no contestarle, pero sabía que, a menos que bloqueara su número, las llamadas seguirían hasta que estuviera tan estresado que no pudiera volver a lo que estaba haciendo.
—Que te den, ya te he dicho que puedo valerme muy bien por mí mismo —maldije en español.
—Tenemos que volver a casa.
—Solo tú eres capaz de cortarme el rollo. Sabes de sobra que no pienso volver hasta la semana que viene.
—El Cártel de Tijuana ha secuestrado a Paola. —Fue directo al grano, y sus palabras me golpearon el pecho como un disparo de escopeta.
—¡¿Qué?!
—Miguel me llamó porque quería saber dónde estabas. Tenemos que volver a casa, Sandro.
—Haz que preparen el avión y recoge mis cosas de la habitación de invitados. Vuelvo enseguida a casa de mi tía.
—De acuerdo.
Colgué el teléfono y empecé a vestirme, llamando la atención de la mujer tumbada en la cama.
—Oye, ¿qué pasa?
—Tengo que irme.
—¿Ya?
No me detuve a explicarle lo que estaba pasando; simplemente saqué unos cuantos reales de la cartera y los dejé sobre la mesita redonda de la habitación del motel, antes de terminar de arreglarme la ropa.
—Tienes dinero para pagar la habitación y pedir un taxi de vuelta a casa.
—Pero...
No me importaba lo que ella tuviera que decir; si lo que Joaquim había dicho era cierto, tenía que estar en casa cuanto antes.