Capítulo 4
Sandro y yo estuvimos hablando durante horas. Tenía un halo de misterio y una actitud diferente y más madura que cualquier chico que pareciera posible encontrar en la universidad.
Juliana pasó a mi lado, haciendo algunos gestos en tono de burla, pero la ignoré por completo. Quería que me divirtiera, caramba, ¿por qué no me dejaba tranquila?
Ya había dejado la Coca-Cola y lo acompañaba con tequila. Estaba en Brasil y, con veinte años, era mayor de sobra para beber, aunque no es que lo hiciera a menudo.
Sandro dejó el vasito de cristal sobre la barra de madera y se inclinó hacia mí, acariciándome la cara y dejando un rastro de escalofríos por donde recorrían las yemas de sus dedos hasta colocarme un mechón de pelo detrás de la oreja.
Se acercó todavía más y, antes de que pudiera pensarlo, ya lo tenía frente a mí, con uno de sus fuertes brazos rodeándome la cintura y su lengua dentro de mi boca. No pareció importarme lo más mínimo; le sujeté el rostro, notando la barba incipiente bajo los dedos, y le correspondí el beso.
Su boca era lo más delicioso que había probado en mi vida y dudaba de que estuviera pensando así por los chupitos de tequila, porque cuando él se apartaba para respirar, yo lo volvía a atraer hacia mí.
—¿Qué te parece si vienes conmigo a un sitio más tranquilo?
—¿Más tranquilo en qué sentido?
Esbozó una sonrisa pícara y acercó la boca a mi oreja, provocándome un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo y me hizo estremecer entre sus fuertes brazos.
—Uno privado y con una cama...
La parte pudorosa de mí incluso pensó en apartarlo y decirle que aquello era una locura, ni siquiera lo conocía bien, pero el latido que cada uno de sus besos despertaba entre mis muslos me decía que era una locura no aprovechar esa oportunidad.
—¿Dónde?
—Tú ven conmigo.
Asentí con un movimiento de cabeza y ni siquiera me molesté en despedirme de Juliana, que también tenía la lengua metida en la boca de otro chico.
Por lo que se veía en aquella casa, Pedro parecía tener dinero, pero no me imaginaba que Sandro me llevaría al garaje y abriría la puerta de un Camaro amarillo, un coche que hasta ese momento solo había visto por la tele.
Intenté no parecer impresionada, porque no quería dar la impresión de ser una interesada, así que no pregunté de quién era el coche. Me limité a disfrutar del momento. Juliana no se creería que me había subido a uno de esos.
Dejé de preocuparme por el coche cuando su mano firme me agarró el muslo y, con la otra, sacó el vehículo del garaje.
El avance de sus dedos pesados hacia mi entrepierna avivaba el deseo hasta hacerlo latir con más fuerza.
Fue bastante obvio adónde me llevaba cuando llegamos a un motel.
Aunque nunca había entrado en uno, ya había pasado por delante de varios.
Entró con el coche por la recepción y la empleada nos indicó una de las habitaciones.
Seguimos por la pequeña calle interior, Sandro aparcó el coche en el garaje señalado y la puerta se cerró justo detrás de nosotros.
Tenía el corazón a punto de salirse por la boca, en una mezcla de ansiedad, miedo y deseo, cuando caí en la cuenta de que estaba sola con él. Apenas lo conocía desde hacía unas horas y había aceptado ir al motel con él.
Si tenía que arrepentirme, parecía mejor hacerlo al día siguiente, una vez que ya hubiera pasado. Me incliné sobre la palanca de cambios, buscando su rostro con la mano y atrayéndolo hacia mí, para volver a besarlo.
El coche era precioso, pero no era precisamente el vehículo más espacioso en el que había estado.
—Vamos a la habitación —me dijo contra los labios al interrumpir el beso.
Asentí y él abrió la puerta, saliendo del vehículo primero, y subimos juntos la pequeña escalera que llevaba al piso de arriba, donde estaba la habitación.
Era un motel típico con una cama redonda y una bañera de hidromasaje; sin embargo, antes de que me acercara a ella, Sandro me rodeó la cintura y me atrajo hacia él, mordisqueándome el cuello y me provocó una nueva oleada de calor.
Era difícil resistirse a la presión de su cuerpo y a esos brazos enormes, aunque tampoco estaba intentando hacerlo. Sus dientes rozaron mi cuello y me estremecí, derritiéndome por completo.
El mexicano tenía un dominio increíble.
Ni siquiera esperó a que llegáramos a la cama antes de bajar las manos en busca de la cremallera de mis vaqueros.
En cuanto los pantalones cayeron hasta mis tobillos, me apañé para quitármelos y quitarme las sandalias antes de sentir el peso de sus manos firmes y grandes en mis nalgas al atraerme contra su amplio cuerpo y hacerme sentir el bulto que se había formado en sus pantalones.
Gemí en voz baja y me humedecí los labios en medio del deseo creciente mientras buscaba su boca y él me mordisqueaba el labio inferior.
—No soy de los que van con delicadezas —me advirtió, pero la excitación pareció apagarme la razón cuando me quitó la camiseta y me empujó contra el colchón.
Sandro apoyó una de sus rodillas entre mis piernas al inclinarse hacia mí. Mis ojos estaban completamente hipnotizados por los suyos cuando él avivó aún más el calor de mi cuerpo al subir con las manos por mi muslo y arrancarme las bragas.
¿Cómo? Me quedé boquiabierta, aturdida por el ligero escozor que el tejido dejó en mi piel.
Me dedicó una sonrisa aún más pícara cuando sus dedos me tocaron sin ningún reparo.
—Ya estás empapada, y ni siquiera he empezado.
Ni siquiera pude responder, atrapada entre la vergüenza y la excitación. Lo único que conseguí fue gemir al recibir una palmada entre los muslos.
—Ponte a cuatro patas.
—¿Qué? —Abrí mucho los ojos, desconcertada.
—Me has oído perfectamente, guapa. Haz lo que te digo.
¿Así? ¿De esa forma?
No es que esperara romanticismo de alguien a quien apenas conocía, pero me quedé desconcertada. Sin embargo, cualquier vergüenza fue sustituida por excitación cuando me giré, me puse a cuatro patas en la cama y él vino detrás, agarrándome del pelo y volviendo a morderme el cuello.
—Guapa...
Mi cuerpo se estremeció entero con esa voz grave y el marcado acento mexicano de aquel hombre.
Vale, tenía que compensar que había perdido la apuesta, pero era por una razón excelente.
Sus dientes rozaban mi nuca, su aliento me erizaba la piel, hasta que solté un gritito al sentir su mano estrellarse contra mi culo y dejarme la piel ardiendo. El ligero escozor me excitó todavía más. Nunca me había liado con un tío capaz de sujetarme así.
Su mano soltó mi pelo y se deslizó por mi espalda para desabrocharme el sujetador, la única prenda que aún me quedaba puesta; enseguida, sus manos cubrieron mis pechos. Las manos eran fuertes y pesadas, pero la sensación era deliciosa.
Sentía un latido loco, un deseo incontrolable de sentirlo dentro mientras Sandro se acomodaba detrás de mí.
Su mano me agarró el pelo de nuevo mientras la otra me sujetaba la cintura, dejándome a merced de aquel hombretón.
En medio de todo eso, no podía pensar más que en cuándo volvería a sentirlo dentro de mí.
Oí cómo se bajaba la cremallera de los pantalones y me quedé paralizada; la expectación me inmovilizó, con un latido furioso entre las piernas. Entonces aflojó apenas el agarre de mi pelo y la curiosidad me hizo girar la cabeza para mirarlo a los ojos.
El aire de depredador que oscurecía sus ojos marrones me encendió aún más hasta que lo sentí entrar en mí y la penetración me arrancó otro gemido incluso antes de que empezara a moverse.
Con fuerza, rápido, en embestidas firmes que empujaban mi cuerpo hacia delante. Cuanto más hambrienta, casi furiosa, se volvía su manera de tomarme, más crecía en mí la excitación, y yo solo quería que siguiera.
Más...
Ah, por favor, más...
Sentí que bajaba el ritmo y empujé las caderas hacia él, frotándome contra su cuerpo para no perder la sensación. Su mano se deslizó de mi cintura a mi trasero y sus dedos se hundieron en mi piel, endureciendo aún más el agarre.
Me había advertido que no era un hombre que se anduviera con delicadezas, pero en ese momento yo solo quería más: más rápido, más fuerte, en una búsqueda desesperada y desenfrenada del orgasmo.
Sandro gruñó en mi oído y sentí cómo se le tensaban los músculos; seguía dentro de mí cuando su semen me inundó, pero yo no me di por satisfecha y me froté contra él, pidiendo más.
Sin soltarme las nalgas, la mano que me agarraba el pelo bajó hasta la unión de mis muslos, buscando el punto exacto que me hacía perder la cabeza.
Mientras seguía penetrándome por detrás, aprovechando lo que le quedaba de erección, su dedo comenzó a estimularme; bastaron unos segundos para que gimiera enloquecida y alcanzara un éxtasis maravilloso que me hizo caer de bruces sobre la cama, jadeando.
Necesitaba unos segundos para recuperarme, pero cuando me agarró por la cintura y me giró hacia él comprendí que pensaba llevarme al agotamiento de la mejor manera posible.