Los lunes de Adrián
La Última Hora era un bar discreto, escondido entre una lavandería y una librería que nunca parecía abierta. Adrián iba los lunes porque los lunes nadie esperaba nada de él.
Samuel, el dueño, sabía qué servirle sin preguntar.
Aquella semana Adrián llevó a Valeria.
Samuel la vio entrar y dejó caer una cucharilla.
-¿Nos conocemos? -preguntó ella.
-No.
Demasiado rápido.
Valeria lo notó.
Samuel cambió de tema y Adrián fingió no darse cuenta. Horas después, cuando Valeria fue al baño, Samuel se inclinó hacia él.
-No la metas en esto.
Adrián sintió que el estómago se cerraba.
-¿En qué?
Samuel siguió limpiando la barra.
-Olvídalo.
-¿La conoces?
-No.
-Entonces ¿qué acabas de decir?
Samuel no respondió.
Al salir, Valeria notó la tensión.
-¿Qué pasó?
-Nada.
Fue una mentira pequeña. Adrián se convenció de que era protección.
En el camino, Valeria habló de su padre, Ernesto, muerto años atrás. Adrián escuchó. Ella contó que Ernesto tenía la costumbre de guardar llaves que ya no abrían nada.
-Decía que una llave era una promesa de que algo, en algún lugar, podía abrirse.
Adrián sonrió.
-Tu padre era dramático.
-Mucho.
El teléfono de Adrián sonó.
Carolina.
-Esteban no llegó.
La encontraron dos horas después sentado dentro del automóvil, mirando el sobre.
No quiso explicar dónde había estado.
Carolina lo enfrentó delante de Adrián.
-¿Hay otra mujer?
Esteban soltó una risa vacía.
-Ojalá fuera tan simple.
Fue lo único que dijo.
Al regresar a casa, Adrián encontró a Valeria esperando un taxi. Ella temblaba de frío. Le puso su sudadera sobre los hombros.
-Te la devuelvo.
-Seguro.
No lo hizo.
Meses después dormiría abrazada a esa misma sudadera, llorando por él.