Los días que nunca coincidimos Diecisiete segundos
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Los días que nunca coincidimos

Los días que nunca coincidimos

Por Dr. Claudio Guzman

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Diecisiete segundos

El receptor del sobre era Esteban, aunque Adrián tardaría en comprenderlo. Aquella noche solo vio una silueta nerviosa, una mano que escondía el paquete bajo el abrigo y al desconocido que, antes de marcharse, levantó la vista hacia él.

Al día siguiente regresó al mismo punto. No esperaba encontrar nada, y quizá por eso chocó con una mujer que salía apresurada del café del vestíbulo. El vaso se inclinó. Café sobre su camisa, documentos al suelo.

-Perfecto -dijo ella-. Justo lo que necesitaba.

-¿Yo? Tú venías mirando el teléfono.

-Y tú caminabas como si el edificio fuera tuyo.

Adrián se agachó a recoger las hojas. Ella hizo lo mismo. Sus manos coincidieron sobre una carpeta y ambos se apartaron con una torpeza que, por alguna razón, les dio risa.

-Valeria -dijo ella finalmente.

-Adrián.

No hubo música. No hubo relámpago. No hubo una señal del universo. Solo una camisa manchada, una mujer irritada y dos desconocidos que no sabían que llevaban años entrando por puertas cercanas sin verse.

Valeria se marchó. Adrián la siguió con la mirada hasta que desapareció entre la gente.

Esa noche, mientras cambiaba de camisa, recordó al hombre del sobre. Recordó también la mirada de Valeria. Le pareció absurdo que ambas cosas ocuparan el mismo espacio en su cabeza.

A las 8:17, su teléfono vibró.

Número desconocido.

No contestó.

El mensaje llegó segundos después:

NO DEBISTE MIRAR.

Adrián leyó dos veces. Después se acercó a la ventana.

Abajo, entre la lluvia, un automóvil oscuro arrancó lentamente.