18 de junio
Hay que decir que el duque tiene un mayordomo muy educado.
Puesto que espero que la mayor parte de los mayordomos sean gélidos por naturaleza o ancianos seniles —un prejuicio injusto que me siento bastante cómoda manteniendo—, me pareció que este estaba en sus cabales, a pesar de su edad.
El hombre miró a mi alrededor en busca de mi acompañante, a lo que estuve a punto de responder que mi visita se debía a asuntos de St. Crispian’s y, por tanto, no era necesaria la presencia de una acompañante.
Pero, dado que quizá el duque no deseara que se supiese que su diario personal había estado circulando por la ciudad, me contuve.
—El duque está atendiendo a una visita en el salón de recibir. Terminará en breve. ¿Desea la joven señorita esperar en la Sala del Conejo?
—Perdone, ¿la Sala del Conejo?
—Es una sala de negocios que está justo aquí, al lado del vestíbulo.
Y abrió una puerta.
Era una habitación que no se parecía a ninguna en la que hubiera estado.
Entré por la puerta del vestíbulo y vi una segunda puerta al fondo, así como una mesa con capacidad para seis personas en el centro de la estancia.
Las paredes eran de color verde oscuro, al igual que las cortinas de las altísimas ventanas. Había dos cuadros en la pared.
Uno, entre las ventanas que me quedaban a la espalda, de un conejo.
El otro, en la pared opuesta, de un sabueso.
No miento.
Debajo de las ventanas se extendía un banco largo y acolchado. Útil, pero no excesivamente acogedor.
No me senté. En lugar de eso, miré por una de las ventanas, con el diario aferrado entre las manos. Renunciar a él, aunque era lo correcto, hacía que me sintiera como si estuviese regalando mi libro favorito para siempre. Se me encogió el pecho al pensarlo.
Esperaba que el duque apareciera por la puerta por la que me habían hecho pasar, pero, cuando llegó la hora de mi destino, fue la puerta del fondo de la sala la que se abrió. Me volví a toda prisa, escondiéndome el diario a la espalda.
Allí estaba el duque de Islington. Su rostro impasible no mostró reacción alguna al verme plantada en su Sala del Conejo.
Y, entonces, me pregunté: ¿habrían despachado allí a alguien alguna vez, lo habrían eliminado tras contrariar a uno de los duques de Islington?
La probabilidad de tal suceso me pareció altísima en ese momento.
Esto conlleva la pregunta: después de cometer el cruel acto, ¿el duque fue capaz de dormir tranquilo?
Supongo que sí. El duque de St. Crispian’s parecía bien descansado. No como yo.
No fui creada para la vida criminal.
El duque estaba tan impecable como cuando lo vi en la biblioteca de Salisbury: el pelo peinado hacia atrás, una apariencia inmaculada en todos los aspectos. Mi Gran Esperanza era que no se acordara de haberme conocido.
—Buenos días —dijo.
—Para algunos, estoy segura de que lo son —respondí.
Caminó hasta la silla que había en su extremo de la mesa y colocó las manos en el respaldo. El retrato del sabueso quedaba sobre su hombro, el del conejo quedaba sobre el mío.
Empecé a caer en la cuenta de que quizá lo hubiera hecho a propósito.
—¿Estoy en lo cierto al suponer que no ha venido a visitarme para continuar nuestro debate sobre Plinio? —preguntó.
Ah.
Esperanzas frustradas. Se acordaba.
—Nada de Plinio, me temo. He venido por otro asunto.
El duque dio tres golpecitos con el dedo en el respaldo de la silla y arqueó una ceja, la forma aristocrática de decir: «Vaya al grano».
Y al grano fui.
—Tengo algo que es suyo. Apareció en una alacena de mi casa y mi criada me lo entregó para que averiguara a quién pertenecía.
—Un comienzo bastante normal para St. Crispian’s—.
El problema es…, era, mejor dicho, que no había ningún tipo de marca distintiva, como lo habría sido un nombre.
Y me vi en la necesidad de investigar una pequeña parte del contenido para descifrar quién era el propietario.
Me saqué el diario de detrás de la espalda.
Se le afiló la mirada, apretó los labios.
—Al parecer, se trata de su diario —observé; con qué frecuencia mi necesidad de decirlo todo en voz alta se convierte en mi ruina.
—Sin duda lo es —fue la abrupta respuesta—. Puesto que tiene mi monograma personal estampado en la cubierta.
La marca en la cubierta. ¡Era un monograma!
Entonces lo vi. La de y la i entrelazadas.
Jamás sabré cómo pudo ser que no lo entendiera antes.
Aunque tampoco es que resultara obvio que se referían al duque de Islington, ni siquiera en el caso de que hubiera descifrado las letras.
Podrían haber sido los elevados pensamientos de Duncan Ivers, que vive en Traitors Road, por ejemplo.
—Permita que le pregunte qué quiere decir con que investigó una pequeña parte del contenido —inquirió entonces.
Ahí estaba, el momento ineludible de mi deshonrosa confesión.
—Lo he leído de principio a fin.
El duque cerró los ojos un momento; volvió a abrirlos con un autocontrol admirable.
—La privacidad personal es muy importante para mí —expliqué con premura—, sobre todo desde La Gran Quema de 1882.
Aquí gané un punto por ser de lo más desconcertante. O debería haberlo ganado. Su expresión pasó del disgusto controlado a la furia gélida.
—Su propia privacidad significa mucho para usted, querrá decir; porque, sin duda, la mía le da igual.
Así que iba a ser una batalla. Levanté la barbilla.
—Si hubiera sabido que era su privacidad la que estaba invadiendo, mi tarea habría sido más sencilla, pero el truco de feria de ver el futuro todavía supera, por desventura, mis capacidades.
Tal vez, si me hubiera educado en Eton y luego en Cambridge, habría adquirido la habilidad que usted supone tan extendida.
Aquí le devuelvo su diario. —Y lo dejé sobre la mesa—.
Me avergüenzo de mi comportamiento e hice cuanto pude por descubrir un nombre.
Pero ya era demasiado tarde. No podía separarme de él.
Era tremendamente hermoso. Me disculpo y mi intención es encerrarme en una cripta y esconderme durante un mes por mis pecados, pero debe creer que, con que se hubiera tomado la molestia de escribir «El duque de Islington» en la parte interior de la cubierta, habría evitado una gran cantidad de confusión y de lecturas ilícitas.
—O sea, ¿que escribir mi nombre en la parte interior de la cubierta no habría despertado ningún tipo de curiosidad indebida por ver lo que había escrito allí? Tiene una opinión muy elevada del honor humano, considerando su confesión de hace un momento.
—¿Hubiera preferido que lo quemara? ¿En la anonimia?
—¡Sí!
Y lo dijo casi con violencia.
—Tonterías —repliqué, y todos mis antepasados muertos gimieron al unísono ante tal comportamiento—. Sabe muy bien que es un diario precioso y, si no hubiera descubierto su nombre, lo habría leído tres veces con mucho gusto.
Se estremeció de una forma muy sutil, clavó la mirada en mí. Solo su buena educación lo mantuvo agarrado a la silla que tenía delante y no a mi cuello. Debió de contar con una institutriz formidable, a juzgar por su excelente adiestramiento.
—Debería guardar sus antiguos diarios en un lugar más seguro que St. Crispian’s y colocar una pluma sobre el que esté escribiendo en este momento. Puede que sea un truco de viejas, pero observará que mi diario nunca ha aparecido en su casa.
Entonces el duque saltó.
—Y, si alguna vez lo hace, ¿soy libre de hurgar en sus pensamientos personales a mi antojo? ¿Tal vez con una copa de oporto junto al fuego? Me encantan los dramas.
¿Los dramas?
Aquello equivalía a retarme a un duelo.
—Si mi diario llega a caer alguna vez en sus manos —le repliqué—, puede estar seguro de que encontrará alusiones poco halagüeñas a su persona.
—Espero con impaciencia la difamación de mi carácter bajo su pluma.
A lo que contesté:
—Hágalo. Porque todas las demás entradas son una difamación bastante contundente del mío.
Y, por increíble que parezca, la fría fachada se le resquebrajó. Estuvo a punto de sonreír, lo juro.
—¿Puedo preguntar si mi invitada tiene una tarjeta?
Ay, Dios.
No pude hacer nada, salvo, con las mejillas sonrojadas a causa de la vergüenza, sacar una tarjeta del ridículo. Caminó a lo largo de la mesa y tomó la tarjeta que le tendía. El león fue el primero en saludarlo.
—Por qué será que no me sorprende —murmuró antes de darle la vuelta—. Emma M. Lion, Lapis Lazuli House. —Guardó silencio unos instantes y luego dijo—: Ah.
Ahí estaba otra vez. «Ah». No era un ah de «Esta es una tarjeta de calidad». Tampoco un ah de «Ahora ya sé quién es». No. Era un ah de «Tendría que haberlo sabido».
Nunca hay que confiar en un hombre capaz de decir tantas cosas con una sola sílaba.
—Señorita Emma M. Lion, gracias por devolverme lo que me pertenece, aunque un poco usado. Permítame que la acompañe a la salida.
Y abrió la puerta que daba al vestíbulo. El mayordomo apareció como por arte de magia y me encontré fuera de la casa antes de que me diera tiempo a decir nada más.
No fue hasta mucho más tarde, aquel mismo día, cuando me di cuenta de que aquella sala estaba construida para intimidar.
Yo era el conejo.
El duque era el sabueso.
La Sala del Conejo, claro. Qué indignidad. Era peor que el Tercer Salón de tía Eugenia. Tengo la intención de pasarme una semana entera furiosa en cuanto pueda dejar de estar totalmente fascinada por su existencia.