5 de junio
Según la sabiduría popular, es mejor no alborotar el avispero.
Cuando era pequeña, pensaba que eso significaba literalmente que había que dejar a las avispas tranquilas para que no te picaran. Y, aunque estoy de acuerdo en que, si hay que elegir, las avispas tranquilas son las mejores, en realidad se refiere a dejar las cosas tal como están.
Oh, desventura, esta noche he alborotado el avispero.
En lugar de dejarlo tranquilo, he recurrido a la violencia; el libro, una vez más, mi arma preferida.
Esta noche me han llamado a filas para asistir a una cena obra de mi tía Eugenia.
Allí había una nueva tanda de hombres, ya que era una Gran Reunión, y yo tenía que cumplir penitencia por decirle a mi tía que no estaba disponible para asistir a una partida de cartas con Arabella y con ella el día 7 debido a un Compromiso Previo.
Cuando se lo comuniqué, se percató de que había utilizado mayúscula tanto en la ce como en la pe.
Lo respetó y frunció muchísimo el ceño antes de decir:
—No tienes derecho a concertar una cena sin mi intromisión.
No creo que «intromisión» fuera la palabra que quería emplear, pero, como era adecuada, lo dejé pasar.
—Solo debe decirme qué quiere que haga esta noche, tía, y le demostraré que su confianza en mí no es injustificada.
—¿Quién ha dicho que Yo tenga confianza en Ti?
Arabella, que había estado ausente, entró en la habitación en ese momento. Se echó a reír.
—Mamá, eres tremendamente graciosa. Ven, Emma, necesito que me aconsejes sobre qué ponerme esta noche.
Cumplí todas y cada una de las órdenes de tía Eugenia, incluso la de entretener a un anciano con las manos largas que no había sido Invitado, sino al que había Llevado una comensal.
—La señora Carleton ha traído a su tío sin mi permiso, y ya sabes lo que eso significa —me susurró tía Eugenia desde detrás de una sonrisa.
Estoy segura de que puse cara de no entender nada.
—¿Qué significa?
—En su próxima visita, será recibida en el Segundo Salón. Invitar a alguien a Mi cena. ¡Menuda ocurrencia! Ocúpate de ese hombre, Emma. Lo quiero lejos de Arabella cueste lo que cueste.
Fue una batalla. Hacer que dirigiera todas sus atenciones hacia mí me resultó insoportable.
Hay cosas que estoy dispuesta a hacer por tía Eugenia y hay cosas que no.
Así que, cuando intentó tomarse ciertas libertades, salí victoriosa estampándole un libro sobre los dedos errantes.
Me llamó descarada y se pasó la última hora sentado en un rincón con gesto mohíno.
Cuando por fin volví a casa, Agnes me trajo agua caliente con limón y una galleta.
—Creo que he vuelto a ver a El Romano, señorita Lion. Estaba al otro lado de la calle mirando la casa.
—¿De verdad? Ojalá hubiera estado aquí. ¿Sigue ahí?
Una ojeada por la ventana me confirmó que no.
Es de lo más fastidioso. Cualquiera pensaría que me está evitando.