Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana 1 de mayo
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Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana

Los diarios de Emma M. Lion 2: Una señorita muy poco victoriana

Por Beth Brower

© inepub.com

1 de mayo

Las órdenes tajantes de tía Eugenia me estaban esperando con cierta impaciencia cuando me desperté esta mañana.

Emma:

Estas son tus tarjetas de visita, que usarás cuando yo lo juzgue conveniente. Ven a verme mañana a las once y hablaremos de las obligaciones sociales que es mi intención asignarte. Quedas avisada.

Algo que puede afirmarse respecto a lady Eugenia Spencer es que, pese a que te reorganiza la vida, nunca lo hace a puerta cerrada. Te invita a ser testigo de las maquinaciones aunque solo sea para obtener un conocimiento preciso de tu destrucción.

Mi padre utilizaba una expresión habitual en los círculos pugilísticos: «Debes estar siempre a punto para el combate, Emma, pase lo que pase.

Gran parte de la vida es estar preparada para lo que te venga».

Así pues, en el amanecer de mis rigurosas expectativas sociales, me apresté para el cuadrilátero dando un paseo matutino.

Subí la Diagonal, luego bajé por Traitors Road. Todo estaba muy tranquilo, pero, al aproximarme al final de Traitors, me encontré con otro paseante solitario. Observando las reglas tácitas de St. Crispian’s, esperé a que él me saludara primero.

—Señorita Lion.

Tenía el pelo alborotado por el viento, los ojos pálidos algo enrojecidos.

—Joven Hawkes. ¿Lleva mucho tiempo fuera? —pregunté.

—Toda la noche. Justo ahora me dirijo a mis habitaciones.

Al no disponer de una respuesta social establecida en cuanto a qué debería decirse cuando el vicario pasa toda la noche fuera de casa, me decidí por:

—Espero que haya arrasado en todas las mesas.

Empezó a asentir; luego se detuvo, se le crispó la boca y frunció el ceño.

—Estaba velando a un moribundo, señorita Lion, no en un club de juego.

No supe si se trataba de un simple dato o de censura moral, así que no respondí.

—A pesar de lo agradable que habría sido esto último —añadió entonces. Miró a su alrededor y, como no vio a nadie, se puso muy serio hasta para ser un hombre de Iglesia y prosiguió—: Señorita Lion, aprovecho esta oportunidad para decirle que conozco algunos detalles de sus circunstancias. Su primo…

—¿Archibald?

—Sí. No suele asistir al servicio dominical, pero, a saber por qué, cree que en la Iglesia anglicana se practica la confesión.

—Qué católico por su parte.

La sonrisa de Hawkes fue como el titilar de una vela.

—Sí. Y lo respeto. Incluso he instalado un confesionario en un despacho trasero para que lo utilice.

Admirablemente, contuve la risa.

—Le cuento esto —continuó— solo para que sepa que estoy al tanto de la complicada situación en la que la ha puesto en lo referente a su seguridad financiera. No dudo, señorita Lion, de su capacidad para rectificar lo que deba rectificar, pero si necesita algún tipo de ayuda…

La oferta me resultó inesperada.

—Yo… Nosotros… Lapis Lazuli Minor se ha alquilado y creo que eso contribuirá a…, bueno, mejorar la situación. Pero se lo agradezco. Quizá pueda ayudarme con una buena partida de whist y un trago contundente en The Cleopatra cuando surja la necesidad —bromeé.

—Solo tiene que decirme el día —respondió Hawkes, y esa leve sonrisa suya volvió a hacer acto de presencia—. Su primo está muy orgulloso de la cicatriz que le hizo. Me hace examinársela en cada visita, convencido de que ha ido a peor.

—Y yo que pensaba que en los confesionarios había una cortina —respondí con las mejillas sonrojadas a causa de la vergüenza.

—Sí, he mandado instalar una. Su primo confiesa primero sus pecados y luego los de usted, que forman una lista mucho más larga; tras ello, aparta la cortina para que vuelva a estudiarle la cicatriz de la frente.

—¿Confiesa mis qué?

—No tiene nada que temer, señorita Lion. —Hawkes arqueó una ceja—. Se ha convertido en una de mis feligresas favoritas. Sus pecados son sencillamente maravillosos. Bueno, que tenga un buen día.

Y continuó su paseo.

Recorrí el resto del trayecto hasta casa sumida en una peligrosa mezcla de asombro y venganza.

Si el primo Archibald no estuviera aún visitando a su hermana Matilde, añadiría el asesinato a mi negro registro.

A ver cómo iba a confesarse entonces. Pero, como en estos momentos no se halla en Londres, me limitaré a desarrollar pensamientos maldicientes.

Más tarde

Acabo de volver del té. Me llamarán al servicio de inmediato. Todo mi precioso y solitario abril ya no es más que un recuerdo al que aferrarme durante las noches de mayo de La Temporada londinense.

—Aquí tienes tu itinerario para los meses de mayo y junio, Emma.

Léelo bien. —Tía Eugenia me lo entregó con la severidad de un general despachando órdenes.

Estábamos una vez más en el Primer Salón.

Una buena señal de que seguía contando con su favor—.

Vas a asistir a varios actos livianos aquí, en Spencer House, empezando por un té con unos cuantos Amigos Selectos el jueves; una Cena Exclusiva el sábado, y el próximo día 12, una noche de cartas.

Una vez que te haya observado en estos tres escenarios, determinaré si estás preparada para el Baile de lady Salisbury, que es el viernes día 25.

A continuación, se inclinó hacia delante y entornó los ojos para ver si la campaña me intimidaba. No me inmuté.

—¿Puedo tomar un scone , tía?

—Puedes comer cuando yo te dé comida.

—Se ha equivocado de vocación en la vida. —Suspiré—. Debería haber sido sargento primero.

—No seas insolente. Bien, tu vestuario estará listo mañana. ¿Pido que lo envíen aquí o a Lapis Lazuli House?

—A Lapis Lazuli, por favor.

—Como prefieras. —Sacudió la mano en dirección a mí—. Espero no volver a ver esto nunca.

—¿Se refiere a la ropa o a mi persona?

—A ambas cosas. Quema la ropa y modifica el carácter. Sin demora.

A lo que no pude evitar responder:

—Ah, pero ahí tiene una muestra del progreso que tanto desea, tía. En el pasado, habrían quemado a las brujas y modificado la ropa.

Casi podría jurar que intentaba no sonreír cuando me dijo:

—Tómate el té, cómete el scone y vete de aquí.