12 de marzo
La crónica de una batalla debe ser desapasionada, sobria. Es lo que aspiro a lograr hoy: ese tono rígido y fundamentado en hechos propio del corresponsal de guerra, porque no quiero que la emoción lo enturbie.
Estos son los hechos sin adornar: se me prometió una pensión.
A pagárseme de la renta asociada a esta casa, mía por derecho.
Aún no he percibido dicha pensión. El primo Archibald parece reacio a tratar este asunto.
Traducido: he llamado a la puerta de su despacho cada vez que lo veía volver a casa y le he preguntado al respecto y él se ha negado a contestar.
Asimismo, se me adeuda el salario correspondiente a tres años de trabajo como señorita de compañía de Matilde.
Pregunté por dicho salario cuando me propusieron la posición.
Yo acababa de salir del internado y se me sugirió aplazar el cobro de mi estipendio, el cual se ingresaría en el banco hasta constituir una Bonita Suma.
Esas fueron las palabras exactas del primo Archibald. «Bonita Suma».
—Mi hermana y yo te guardaremos el salario de manera que cuando te instales definitivamente en Londres dispongas de una Bonita Suma para establecerte.
—Así como la renta asociada a la casa —añadí yo.
—Sí, sí. Tal y como estipulamos, recibirás la renta prometida. Ello, unido a la Bonita Suma, te convertirá en una joven de lo más afortunada.
¿Afortunada teniendo que acompañar a la prima Matilde durante tres años? No encuentro de recibo usar esa palabra.
No obstante, entusiasmos aparte, la propuesta del primo Archibald me pareció sensata.
Tres años de salario supondrían un grado de seguridad añadido con el que afrontar mi independencia.
Pero, cada vez que intento mantener una conversación con él, se niega a abrirme la puerta.
O a darse por enterado de mi existencia.
En lo referido a finanzas de las que una no es poseedora pero sí acreedora, por lo general no creo en los paños calientes.
Mi lema es: actuar por mi propio bien o para no terminar aplastada por las incertidumbres del futuro.
Reconozco que adoptar este lema precisamente ahora resulta un tanto temerario.
El primo Archibald continúa esquivándome; mi estipendio de tres años es una promesa nebulosa y no he recibido noticia alguna de mi pensión.
Conociendo como conozco a Archibald Flat, tenía pocas esperanzas de que me recibiera con el salario que me adeuda, mi asignación y un beso paternal en la mejilla. (Gracias a Dios por esto último). Sin embargo, confío en que la pensión fiduciaria esté al caer.
Y sin duda supondría un consuelo disponer de la Bonita Suma en mi cuenta bancaria.
Por fin oigo revuelo en el piso de abajo. El primo Archibald debe de estar de vuelta. Quizá logre interceptarlo antes de que se encierre con llave en su cuarto.