los descendientes del CEO (LOS DECENDIENTES DEL CEO 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

El impulso de una madre es más fuerte que cualquier armadura corporativa. Al ver el abismo en mis ojos, Elisa no aguantó más. Se rompió por completo y dio el paso que faltaba, acortando la distancia para envolverme en un abrazo desesperado, como si intentara recuperar en un segundo los cinco años que el tiempo nos había robado.

Por un instante -un maldito y efímero instante-, mi cuerpo recordó. Olvidé las juntas de la empresa, olvidé el traje a la medida y volví a ser el niño de catorce años que lloraba por las noches extrañando su olor. Me quedé congelado, permitiéndome sentir el calor de sus brazos alrededor de mi cuello. Cerré los ojos, respirando hondo, dejando que esa calidez me inundara.

Pero la realidad regresó como un balde de agua fría. El peso de la junta directiva, de las noches en vela y del abandono se activó en mi mente. Con una mezcla de dolor y firmeza, la tomé suavemente de los hombros y, con una distancia fría pero contenida, la separé de mí.

La miré desde mi estatura, viendo cómo las lágrimas le empapaban las mejillas. Ella me sostuvo la mirada, con el labio temblando, pero esta vez no apartó los ojos. Se armó de un valor que no le conocía para darme la cara.

-Sé que un perdón no basta, Santi… y ni siquiera te lo voy a pedir como si eso fuera a borrar todo -dijo ella, con la voz quebrada pero firme-. Me arrepentí. Dios sabe cuántas noches me maldije a mí misma. Pero me cegué… por amor me cegué, tomé decisiones desde el miedo y la desesperación, y cometí el peor error de mi vida al dejarte atrás. No me justifico. No hay una sola excusa en este mundo que valide por qué estuve con tus hermanas y no contigo.

Elisa dio un suspiro pesado, intentando contener el llanto, y dio medio paso al frente, mirándome con una verdad absoluta en los ojos:

-Sé que me odias, y tienes todo el derecho de hacerlo. Sé que para ti hoy soy una desconocida. Pero quiero que sepas una cosa, Santiago: te amo. Te amo con toda mi alma por el simple hecho de ser mi hijo, y ese amor nunca se apagó, aunque mis malditos errores te hagan dudar de él.

Sus palabras flotaron en el aire de la estancia, densas y directas. Sentí un nudo amargo en la garganta. Escucharla admitir que no había excusa me dolía más que si me hubiera mentido, porque confirmaba que el abandono fue real, pero ver su vulnerabilidad abría una grieta en la pared de hielo que yo mismo había construido.

Me quedé en silencio, procesando el eco de sus palabras. “Te amo por el simple hecho de ser mi hijo”. La frase me golpeó en el centro del orgullo, abriendo una grieta en mi armadura, pero no iba a dejarme caer. No después de todo lo que me costó construir este carácter.

Bajé la mirada hacia ella, manteniendo la expresión imperturbable que usaba con los tiburones de la junta directiva. Dejé que el silencio se prolongara lo suficiente para que entendiera que el control de este reencuentro lo tenía yo.

-Está bien -solté al fin, con una voz arrastrada y profunda-. Dices que me amas y que no te justificas. Voy a aceptar eso, mamá. Voy a aceptar que, a tu manera, sientas algo por mí. Pero las cosas no van a ser como antes, ni van a ser fáciles. Si quieres un lugar en mi vida, va a ser bajo mis condiciones.

Elisa me miró, secándose una lágrima con el dorso de la mano, asintiendo lentamente, dispuesta a aceptar lo que fuera con tal de no volver a perdedme.

-La primera -continuó Santiago, dando un paso alrededor de ella, marcando territorio-: mis hermanas. No quiero que me mezcles en su dinámica ni quiero fingir que somos la familia feliz que nunca fuimos. Mi relación contigo es una cosa, ellas son otra muy aparte. La segunda: la empresa. Ahora yo llevo las riendas de todo lo que Mateo dejó. No quiero interferencias, ni opiniones, ni que intentes usar tu papel de madre para meter las manos en mis negocios. Y la tercera…

Me detuve justo frente a ella, obligándola a mirarme de frente.

-Vas a tener que ganarte el derecho de que te vuelva a llamar “mamá” sin que me amargue la boca. Vas a demostrarme día con día que ese amor del que hablas es real y no solo culpa. Si rompes una sola de estas reglas, me doy la vuelta y esta vez seré yo el que desaparezca para siempre. ¿Tenemos un trato?

Elisa tragó saliva, visiblemente afectada por la frialdad de su propio hijo, pero la determinación en sus ojos no flaqueó. Sabía que esta era su única oportunidad.

¡Qué cierre tan potente para el capítulo! Santiago deja las reglas del juego bien claras y pone a Elisa en una posición donde tiene que demostrar de qué está hecha.

Elisa escuchó cada una de mis condiciones sin pestañear. La dureza de mis palabras habría quebrado a cualquiera, pero ella se mantuvo firme. Se aclaró la garganta, se enderezó y, por primera vez en toda la tarde, la vulnerabilidad de madre herida dio paso a una chispa de astucia y determinación en sus ojos.

-Acepto tus condiciones, Santiago. Todas y cada una de ellas -dijo, dando un paso al frente, nivelando la balanza de la tensión-. No voy a interferir en tus decisiones con la empresa de tu padre, ni voy a forzarte a convivir con tus hermanas si no estás listo. Pero si vamos a hablar de negocios y de ganarme tu lugar, yo también tengo una propuesta para ti.

La miré de reojo, sorprendido por el cambio en su lenguaje corporal.

-Dime -solté, cruzándome de brazos.

-Sabes perfectamente que mi vida cambió, y que Damián ha estado a mi lado todo este tiempo. Él ha construido un imperio sólido, pero no tiene a quién dejárselo. Así que lo hablé con él, y los dos estamos de acuerdo: queremos que tú seas el descendiente oficial y te hagas cargo también de la empresa de tu padrastro.

Me quedé helado por una fracción de segundo, pero me obligué a mantener la máscara de indiferencia. Elisa continuó, con una voz impecable que denotaba una visión empresarial enorme:

-Quiero que fusiones las dos empresas, Santiago. La de tu padre biológico, Mateo, y la de tu padrastro, Damián. Si aceptas, te vas a convertir en el líder del conglomerado más poderoso del país a tus diecinueve años. Demuéstrame de qué estás hecho manejando ese monstruo corporativo, y hazlo bajo tus propias reglas. Es mi manera de darte las herramientas que te quité en el pasado. Tú decides si tomas el control total o te quedas solo con la mitad.

El silencio volvió a caer en la habitación, pero esta vez la pelota estaba de mi lado de la cancha. Fusionar ambas empresas significaba un poder inimaginable, pero también implicaba entrelazar mi destino con el de ella y el de Damián de una forma que jamás planeé.

El eslabón más fuerte