Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) ESCENA AÑADIDA
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ESCENA AÑADIDA

ÁNGELO.

No sé por qué vine hoy.

No hay una fecha especial. No es su cumpleaños, ni el aniversario de su muerte. No pasó nada particularmente malo que me hiciera necesitar hablar con él.

Simplemente desperté esta mañana con ganas de venir.

Dejo las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo mientras avanzo por el cementerio. El lugar está casi vacío, apenas algunas personas caminan entre las tumbas y el viento mueve las hojas secas que se acumulan sobre el camino.

Sé exactamente dónde encontrarlo.

Cuando llego frente a su tumba, me detengo.

Durante unos segundos no hago nada. Solo observo su nombre grabado en la piedra.

—Hola, hermano.

Mi voz suena más baja de lo que esperaba.

Me siento frente a la tumba y apoyo los antebrazos sobre mis piernas. Durante un momento no sé qué decir. Antes podía hablar con Lucca durante horas sobre cualquier cosa. Negocios, mujeres, familia, estupideces que no tenían ninguna importancia.

Ahora tengo que hablarle a una piedra.

—Las niñas están bien.

Tomo una inhalación mientras ordeno todas las ideas en mi mente, porque no he estado aquí desde el funeral.

—Me he casado, y ahora tengo cuatro niños más —sonrío —tres niños y una niña. Y Jacob.

Suelto una pequeña risa.

—Sé que probablemente estarías haciendo cuentas para entender cómo demonios terminé con cinco niños más bajo mi responsabilidad.

Niego con la cabeza, todavía sonriendo.

—No te voy a mentir, algunas veces tampoco entiendo cómo llegué hasta aquí.

Tomo una inhalación más.

—Pero vine aquí por otra razón. Vine para cerrar algo que llevo demasiado tiempo cargando conmigo, algo que necesito dejar atrás de una vez por todas.

Miro su nombre grabado en la piedra y siento cómo la garganta se me cierra.

—No sé si alguna vez voy a dejar de preguntarme cómo pude no darme cuenta. Cómo pude conocerte durante tantos años y no ver lo que eras capaz de hacer cuando nadie más estaba mirando.

Aprieto la mandíbula.

—Durante mucho tiempo pensé que era mi culpa. Que debí haber estado más cerca de ti, que debí haber notado algo, que quizá si hubiese estado ahí habría podido proteger a Jenna.

Niego lentamente.

—Pero ya no quiero cargar con eso.

Paso los dedos sobre la piedra, aunque esta vez no hay ternura en el gesto. Solo despedida.

—Lo que hiciste fue tuyo, Lucca. No mío. Tú tomaste esas decisiones. Tú elegiste hacerle daño. Y yo no puedo cambiarlo, por mucho que hubiera querido hacerlo.

Respiro profundamente.

—Te quise. Muchísimo. Y probablemente siempre habrá una parte de mí que lo haga. Pero ya no quiero seguir intentando reconciliar al hermano que amaba con el hombre que descubrí que eras.

Desvío la mirada hacia la tumba que está al lado.

—Y vine también para decirte que nunca se lo diré a tus hijas. Nunca sabrán lo que le hiciste a su madre por mí. No porque quiera proteger tu memoria, sino porque no voy a quitarles al padre que ellas recuerdan. No voy a obligarlas a cargar con algo que no les corresponde.

Trago saliva.

—Ellas ya perdieron demasiado.

Vuelvo a mirar tu nombre.

—Esto me lo voy a llevar conmigo hasta la tumba, Lucca. Nadie tiene que saberlo. Ni ellas, ni nadie más. Jenna merece descansar y tus hijas merecen recordar a su padre como ellas lo conocieron.

Hago una pausa.

—Pero yo sí voy a recordar la verdad.

Mis dedos se apartan de la piedra.

—Y quizá eso sea suficiente.

Me quedo unos segundos más frente a su tumba.

—No voy a justificarte. No voy a olvidar lo que hiciste. Pero tampoco voy a dejar que tu peor parte termine destruyendo a las personas que más amaste. Así que esto es todo.

Lanz una última mirada a su nombre.

—Adiós, hermano.

Luego desvío mi atención y doy un paso hacia la de Jenna.

—Hola, Jenna.

La palabra sale más baja de lo que esperaba.

—No sé si alguna vez te dije esto, pero lo siento.

Bajo la mirada hacia mis manos.

—Siento no haberme dado cuenta. Siento no haber estado ahí.

Siento que tuvieras que pasar por todo eso mientras yo estaba demasiado ocupado creyendo que conocía a mi hermano.

Merecías más, Jenn. Merecías ser libre. Merecías ser feliz.

Merecías despertar cada mañana sin miedo, poder salir por esa puerta cuando quisieras y vivir la vida que tú hubieras elegido.

Y lamento que nadie te ayudara a tenerla.

Me limpio las lágrimas antes de que puedan caer.

—No pude salvarte, Jenn. Pero te prometo que tus hijas están bien. Son felices. Están rodeadas de amor. Ojalá hubieras podido conocer esta vida. Ojalá hubieras podido ser libre para vivirla.

Ahora si dejo la rosa que traigo en la mano.

—Daré mi vida para que tus niñas sean felices, para que nunca pasen por algo como lo que te tocó vivir. Confiaste en mí, nunca voy a fallarles Jenn, te lo juro.

Me quedo unos segundos más en silencio, dejando que el viento se lleve las palabras que ya no puedo decir.

—Puedes descansar tranquila —murmuro—. Yo me encargo de ellas.