Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) EXTRA 1 #2
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EXTRA 1 #2

Echa la cabeza hacia atrás, sus hombros se sacuden ligeramente mientras retiene la risa para no despertar a nuestros hijos. Sin embargo, el leve sonido consigue escaparse de ella.

—No lo creo —responde.

—¿Quieres apostar?

—¿Una apuesta de dos años? —inquiere arqueando una de sus cejas.

—Soy un hombre de casinos —elevo mis cejas un par de veces lo que la hace reír de nuevo.

Su mirada viaja por nuestros hijos, deteniéndose en cada uno de nuestros niños y luego la fija en mí.

—Entonces creo que tenemos una apuesta, señor Lombardi.

Dos años después…

Daphne.

Los gritos no cesan, de hecho, nuestra casa en realidad parece una pista de atletismo.

—¡Carina vuelve aquí! —retengo la maldición cuando nuestra hija cruza tan cerca de mí que casi me hace tirar el florero que llevo en las manos.

—¡Papá está jugando al toque! —grita Mateo.

—¡Yo no estoy jugando al toque! —exclama mi esposo—. ¡Carina!

—¡Yo también quiero jugar! —grita Tadeo corriendo detrás de su padre.

—¡Mia regina! —retengo la risa cuando la voz desesperada de Ángelo me llama—. Esta niña va a dejarnos en la ruina.

Baja las escaleras con rapidez, tiene el cabello desordenado y está agitado por la carrera de varios minutos que ha estado detrás de nuestra hija. Sostiene un papel arrugado en las manos que deduzco es uno de sus informes en los que ha estado trabajando y que Cari seguro robó.

—¡Papá! —Ángelo maldice por lo bajo cuando Carina se cuelga de uno de sus pies.

Carina Lombardi, a sus dos años de edad, casi tres, tenía el mismo temperamento que Ángelo. Le gustaba el orden, odiaba que sus colores estuviesen desordenados, le gustaba dar órdenes a todo mundo, incluido a sus hermanos y primas. Era una mini mujer de negocios, la llamaba Antoni.

—Deja a tu padre, Carina.

—Stellina mia, hazle caso a tu madre —pide Ángelo inclinándose hacia nuestra hija.

—¿Vas a llevarme al parque?

—No me harás chantaje con el parque —advierte mi esposo señalándola.

—Entonces no te suelto —dice y se aferra a él.

Ángelo se incorpora, coloca las manos en la cintura y me mira. Se acomoda las gafas y suspira. Da un paso con el pie libre, y luego arrastra el otro haciendo que Carina ría.

—Tío necesito…—Antonella se detiene cuando mira a su tío con Carina aferrada a su pie—. Oh, una berrinchuda.

—¡No soy berrinchuda! —se defiende nuestra hija.

Antonella me mira con una ceja arqueada, y sé lo que piensa.

La mayor de los desastres estaba por cumplir los veintiún años. Me ponía tan nostálgica pensar en eso, pensar que la adolescente de dieciséis que conocí comenzaba a crecer.

—Claro que eres una berrinchuda —dice ella con una sonrisa—. ¿Verdad tío? ¿A quién te recuerda?

Ángelo resopla.

—Parece que le heredaste el carácter a Bella —dice Ángelo intentando deshacerse del agarre de nuestra hija.

—¿Quién sacó mi carácter? —Bella ingresa mirándonos con extrañeza.

Nuestro segundo desastre con once años de edad ha cambiado los berrinches por la elegancia, Jodi decía que estaba convirtiéndose en una niña mimada, pero agradable.

Se convirtió en una fanática de la moda y ser la consentida de su tío no ayudó demasiado, tenía más ropa que Antonella y yo juntas.

—¿Vas a soltarme? —inquiere Ángelo hacia la niña que aún se mantiene con las piernas y brazos cruzados por la pierna de su padre.

—No.

Bella ríe, Antonella también y le lanzan una mirada divertida a su tío antes de darnos la espalda y subir las escaleras.

—Stellina mia —murmura Ángelo empleando un tono dulce—. ¿Podrías soltarme? Necesito trabajar.

—¿Vas a llevarme al parque? —mi esposo resopla—. Y quiero un chocolate también.

—No son peticiones exageradas —intervengo.

—No me ayudes, Daph —pide con suplica.

—Te llevaré al parque por la tarde.

—No, ahora.

—Por la tarde y se acaba —sentencia.

—Por la tarde, pero me compras chocolate.

En este punto es imposible retener mi risa, ver a un adulto y un niño negociar es la cosa más graciosa del mundo.

—De acuerdo—. Nuestra hija suelta el pie de su padre y Ángelo se aparta.

—Gracias —responde mirando a la pequeña—. Eres un pequeño desastre andante.

—¿Nosotros también iremos al parque? —Matt y Tadeo regresan, mirando a su padre con reproche.

Los trillizos estaban por cumplir tres años, pero a su corta edad cada uno había desarrollado una personalidad distinta. Matt era serio, el más serio de los tres. Reía pocas veces por las bromas de sus tíos y solo con Franco parecía congeniar.

Tadeo por otro lado, era el risueño. El niño encantador que repartía sonrisas a todo el mundo, Ángelo decía que teníamos la misma sonrisa, que poseíamos el mismo ánimo y vibra.

Cuando cocinaba, Tadeo subía a uno de los bancos y siempre miraba, no tenía preferencias por ninguno de mis hijos, todos eran mi adoración, pero Taddeo era quien pasaba más tiempo a mi lado, Carina lo hacía con Ángelo, a pesar de que cada dos horas escuchabas discusiones y negociaciones entre el hombre y la niña de tres.

Mateo es algo así como convenenciero, sabe elegir sus bandos, decía Ángelo.

Pero lo cierto es que los tres eran nuestro mundo entero. La casa nunca estaba en silencio, mucho menos cuando nuestros dos niños iban con su hermano mayor a jugar los videojuegos, a Jacob le encantaba que sus hermanos pasaran tiempo en su habitación.

Eran unidos, y eso es algo que Ángelo y yo habíamos querido fomentar, todos eran importantes para nosotros, Anto, Bella, Lía, Jacob y los trillizos, los queríamos tanto que no deseábamos que ninguno se sintiera desplazado.

—Bien, todos iremos al parque por la tarde —promete el hombre a unos pasos—. Incluyendo a sus hermanos y sus primas.

—¡Sí! —los trillizos gritan con énfasis y las comisuras de los labios de Ángelo se tensan, aprieta los labios intentando retener la sonrisa, pero no lo consigue demasiado bien.

—Ahora iré a trabajar antes de que alguno de ustedes decida chantajearme con otra cosa —dice mirando una última vez a nuestros hijos.

Cuando cruza por mi lado, se detiene algunos segundos y se inclina para besar mi frente.

Dejo el florero que he estado sosteniendo todo este tiempo y parecía haber olvidado, cuando Sally baja para estar con los trillizos, ya que Antonella y Bella no necesitaban precisamente una niñera, Sally podía mantenerse cuidando de los trillizos.

Aún trabajaba con nosotros a pesar de que su relación con Antoni se había formalizado hace mucho.

Sigo a mi esposo hacia el estudio, tomo una inhalación mientras toco levemente la puerta e ingreso.

—Mia regina —dice con una sonrisa ladeada.

—Mi sexi italiano —saludo como si no nos hubiésemos visto hace algunos minutos—. No quiero robarte mucho tiempo…

—Tengo todo el tiempo del mundo para ti —dice rodeando el escritorio—. ¿Qué pasa?

—¿Recuerdas nuestra apuesta? —inquiero.

Arruga la frente, como si intentara recordar.

—¿Cuál?

—La de si los trillizos serían unos desastres o no.

Una carcajada brota de él mientras asiente.

—Santo cielo, ¿Cómo la recuerdas? —inquiere—. Pero sí, ya me he acordado. Creo que gané, ¿no lo crees?

Sonrío, apartándome un poco y asintiendo.