46.- UN PASO A LA VEZ #2
—¿Y ahora pretendes que acepte tus disculpas? ¿Ahora que casi muero? —la tristeza se transforma en enojo—. ¿Dónde estuviste cuando todo el maldito mundo estaba en mi contra? ¿Cuándo perdí todo? ¿Cuándo llegué a casa buscando refugio y tú…mi madre…casi me cierra la puerta en la cara?
Muerdo el interior de mi mejilla con fuerza, con tanta que el sabor metálico se apodera de mi boca.
—Fuiste y aún eres una mala madre conmigo, y eso no se arreglará con unas disculpas.
No sé porque nunca has querido ser mi madre, pero ya me cansé de buscar las respuestas.
Entendí que el problema nunca fue mi falta de méritos, sino tu falta de capacidad.
No se puede dar lo que no se tiene, y tú simplemente no tienes ese tipo de amor para mí.
Beatrice guarda silencio durante varios segundos. No hay negación inmediata, no hay indignación, no hay esa respuesta tajante que esperaría de una madre que se siente acusada injustamente. Solo silencio. Un silencio largo, incómodo, que comienza a presionarme el pecho de una forma que no esperaba.
Finalmente suspira.
—Ángelo… —dice con cansancio, como si esas palabras pesaran más de lo que debería—. Cuando supe que estaba embarazada de ti, tu padre y yo ya teníamos una vida perfectamente organizada.
La observo sin decir nada, pero algo en mi interior comienza a tensarse.
—Tus hermanos ya estaban creciendo, los casinos crecían cada vez más…—hace una pausa, buscando las palabras con cuidado—. Todo estaba exactamente como lo habíamos planeado.
Su mirada se desvía un instante antes de volver a mí.
—Y entonces… apareciste tú.
No lo dice de forma cruel. No lo dice con desprecio. Pero tampoco hay calidez en sus palabras.
—Pero fue un descuido —dice al fin, con una franqueza que me sorprende—.
Tu padre se enfadó mucho cuando se enteró.
Con dos herederos le bastaba. Eso fue lo que dijo.
No necesitaba otro. Los casinos ya estaban destinados para Lucca, Antoni también tenía su lugar asegurado.
Tu padre siempre pensó en la familia como en una línea de sucesión, y para él…
ya estaba completa. Te quiero, Ángelo. Siempre te he querido.
Pero… llegaste en un momento en el que yo ya estaba cansada.
Sus dedos se entrelazan sobre su regazo.
—Había pasado años criando niños, sosteniendo una casa, cubriendo las ausencias de tu padre mientras él construía su imperio. Cuando supe que estaba embarazada otra vez… yo solo quería detenerme. Quería, por primera vez en muchos años, pensar un poco en mí.
Levanta la mirada hacia mí, y hay algo parecido a vergüenza en sus ojos.
—Esto me avergüenza decirlo, pero no quería empezar de nuevo. No quería educar a otro niño… y mucho menos a tres pequeños hombres que dependían completamente de mí.
—¿Y qué esperas que diga a eso? —mi voz es un susurro cargado de veneno—. ¿Qué te pida perdón por haber nacido? ¿Qué te agradezca que, a pesar de que "querías detenerte", decidiste tenerme solo para ignorarme durante las siguientes tres décadas?
—Tu padre era un hombre difícil, Ángelo —dice ella, intentando buscar una complicidad que no existe—. Sus exigencias, su temperamento... yo estaba agotada.
—Él era un hombre difícil, sí. Un hombre que solo entendía de poder y obediencia —respondo, y los recuerdos de sus gritos y sus silencios castigadores golpean mi mente—.
Pero tú eras la que debía protegernos de eso.
En lugar de eso, elegiste sacrificarnos.
Me elegiste a mí como el precio de tu comodidad.
Si querías detenerte, debiste hacerlo. Pero me tuviste.
Y desde el momento en que nací, era tu responsabilidad ser mi madre, no mi juez.
Tu deber era amarme, no hacerme sentir que mi presencia en este mundo era una molestia.
—Lo siento —susurra.
Una parte de mí quiere reaccionar, quiere enfadarse, quiere reclamarle todo lo que me faltó.
Pero en lugar de eso solo siento ese mismo vacío extraño expandirse dentro de mi pecho.
Me limpio las lágrimas con una de mis manos y aparto la vista, incapaz de seguir mirándola sin sentir cómo algo dentro de mí se quiebra un poco más.
—Debes irte.
Niega con la cabeza, como si no pudiera aceptar lo que acabo de decir, pero no la miro. Mantengo la vista fija en algún punto de la habitación, concentrándome en respirar, en no dejar que la voz me vuelva a temblar.
—En serio —añado con más firmeza—. Vete.
El silencio se instala entre nosotros durante unos segundos.
—No quise que te sintieras así —dice finalmente, en un intento torpe de reparar algo que ya está demasiado roto. Una risa breve y amarga se escapa de mi garganta.
—Pero así es exactamente como me hiciste sentir durante toda mi vida. Y ¿Sabes qué es lo peor? —murmuro, todavía sin mirarla—. No fue solo que no me quisieras como a ellos. Fue que nunca dijiste nada.
—Ángelo, yo…
—Nunca me defendiste —la interrumpo, y esta vez la rabia sí se cuela en mi voz—.
Ni una sola vez. Cada vez que Paolo me miraba como si yo fuera un error…
tú te quedabas callada. Cada vez que decía que Lucca era el orgullo de la familia, que Antoni era el hijo sensato…
y que yo era el problema… tú no decías nada.
Siento el pecho arder mientras hablo.
—¿Sabes cuántas veces intenté hacer algo bien para que él me mirara diferente? ¿Cuántas veces esperé que dijeras algo? ¿Qué le dijeras que se equivocaba conmigo? Y cuando finalmente me dio la dirección de los casinos… cuando me entregó ese maldito puesto…
Suelto una pequeña risa sin humor.
—Yo sabía que ese lugar no era para mí. Lo sabía —repito—.
Sabía que no era el heredero que él quería para eso.
Sabía que siempre había pensado que Lucca debía estar ahí…
o Antoni. Pero me quedé. Tomé decisiones que odiaba, cargué con un imperio que nunca sentí mío…
solo porque pensé que, tal vez, si lo hacía bien…
él por fin estaría orgulloso de mí. Pero ¿sabes algo?
—levanto la mirada hacia ella—. Gracias.
Su expresión se tensa, confundida.
—Porque si no hubiera pasado por todo eso…
si no hubiera tenido que demostrarle al mundo entero que valía algo…
probablemente no sería el hombre que soy ahora.
No habría aprendido a levantarme cada vez que me caía.
No habría aprendido a luchar por lo que quiero.
No habría aprendido a proteger a las personas que amo.
Mis dedos se cierran sobre las sábanas.
—No habría aprendido a ser mejor que todo eso. Así que sí… fue una mierda crecer sintiendo que no era suficiente. Pero gracias a eso ahora sé exactamente el tipo de hombre que quiero ser. Y también sé el tipo de padre que nunca voy a ser con mis hijos.
La observo en silencio durante unos segundos.
—Así que gracias, Beatrice. De verdad. Pero ahora tienes que irte.
Ella parece no haber esperado eso.
—Ángelo…
—Vete —repito, más firme. Da un paso hacia la cama.
—Solo quiero…
—No —la interrumpo.
Pero ella sigue avanzando, probablemente con la intención de tomar mi mano, de acercarse como nunca lo hizo antes. Y algo dentro de mí finalmente se rompe.
—¡He dicho que te vayas!
Mi voz estalla en la habitación, cruda, cargada de años de rabia contenida. El monitor a mi lado pita con fuerza cuando mi pulso se dispara.
—¡No te acerques a mí ahora! —gruño y mi respiración se vuelve irregular—. No vengas ahora a intentar arreglarlo cuando ya está hecho.
Beatrice se queda inmóvil.
—Ángelo…
—¡Vete! —repito, con la voz quebrándose a mitad de la palabra.
La puerta se abre, Daphne ingresa y le basta una mirada para saber que todo va mal…que yo estoy mal.
—Señora Lombardi, creo que debe irse —habla en tono firme hacia Beatrice, ella me mira una última vez y luego se aparta.
Tan pronto sale, Daphne me mira con comprensión.
—Ven aquí —ahora es ella quien da el primer paso para acomodarse a mi costado, son sus brazos los que me envuelven como una armadura—. Todo está bien, amore mío.
—No, no lo está —respondo con voz baja. Cierro los ojos, apegándome a ella, sintiéndome protegido, sintiendo que ella es el sitio en donde recupero mis fuerzas.
Sus manos se pierden entre los mechones de mi cabello, impartiendo suaves caricias que consiguen calmar toda la tormenta y el caos que hay en mi interior.
—Dijo lo que siempre he pensado —murmuro cerrando los ojos—. Daph…
—Nada de lo que diga podrá cambiar el increíble hombre que eres —dice apartándose unos escasos centímetros para conseguir mirarme—.
Nada de lo que ella diga, o haya hecho en el pasado, va a cambiarte.
Fueron sus errores, te afectaron, pero ahora eres alguien distinto, alguien mejor.
Ángelo, no debes dudar nunca más de que eres alguien magnifico, alguien increíble, completamente excepcional.
La miro por unos instantes, tiene el cabello de un lado, cayendo como una especie de cascada por uno de sus hombros, mantiene la cabeza levemente ladeada y se apoya con la mano en el colchón.
—Eres demasiado buena para merecerte, mia regina.
Sus comisuras tiemblan y revelan una sonrisa unos escasos segundos después.
—Somos el uno para el otro —dice colocando la mano sobre la mía—. Ahora no debes preocuparte nada más que en recuperarte, ¿de acuerdo?
Asiento, ella deja un apretón en mi mano y sonríe un poco más.
—Recuerda, sus errores no son los tuyos, su pasado no dicta tu futuro —extiende la mano e imparte una caricia suave a lo largo de mi rostro—. Siempre podemos cambiar la flecha del destino, y apuntar a algo mucho mejor.
—Tú y los desastres son mi “algo mejor” —musito con una sonrisa en los labios—. Tomo su mano, mirando el anillo que reluce en ella y sonrío un poco más—. Y nuestra futura familia lo será mucho más.
—Definitivamente lo será.
Ahora soy yo quien se refugia en sus brazos, quien recuesta la cabeza contra su pecho y me siento en el paraíso. Daphne Lennox se convirtió en mi perdición, caí ante ella por completo, pero ella es también al mismo tiempo esa fuerza que me impulsa para salir adelante.