45.- LA VIDA QUE MERECEMOS #2
—Y Daphne es la mujer con la que mi hermano se va a casar —añade Antoni con firmeza —La mujer con la que planea pasar el resto de su vida.
El silencio que sigue es incómodo.
—No tienes derecho a hablarme así —dice Beatrice finalmente.
—Tal vez no —responde Antoni con frialdad—. Pero mi hermano ahora necesita estar rodeado de personas que realmente se preocupan por él. Y eso incluye a su futura esposa… y a su hermano.
Un aire extraño de orgullo me invade cuando lo escucho referirse a mí como la futura esposa de Ángelo. Con todo lo que había pasado en las últimas horas, casi había olvidado el peso del anillo en mi mano, la promesa que representa.
—Vamos, Daphne —dice Antoni finalmente, tomando mi brazo con suavidad, guiándome por el pasillo antes de que su madre pueda responder.
Caminamos en silencio durante unos segundos.
—¿Qué fue eso? —pregunto cuando estamos lo bastante lejos para que nadie más pueda escucharnos.
Antoni deja escapar un suspiro pesado.
—Detesto cuando se comporta así —dice con frustración—. Tan dura, tan fría con Ángelo. Nunca está cuando él la necesita, y ahora pretende aparecer como una madre preocupada, que se joda. Sé que debería respetarla… es mi madre después de todo. Pero Beatrice siempre ha sido muy dura con él.
Sacude la cabeza.
—Ángelo es el menor —añade—. Se supone que debería haber sido el consentido, el que todos cuidaran… pero nunca fue así. Con Lucca y conmigo era distinta. Más paciente. Más… madre.
Su mandíbula se tensa.
—Con Ángelo no. Siempre fue el que tenía que demostrar más —continúa—. El que tenía que esforzarse el doble para recibir la mitad. Y aun así…
Hace una pausa antes de terminar.
—Aun así, es el mejor de los tres.
No encuentro que responder, es cierto que la señora Lombardi había cometido demasiadas injusticias con sus hijos, pero no pensé que así fuese siempre. No creí que la mujer que he conocido en los últimos casi ocho meses fuese la mujer que Ángelo tuvo como madre toda su vida.
Nos detenemos frente a la puerta.
—Ve tu —dice con suavidad. Lo miro agradecida, asiento y tomo el picaporte de la puerta.
—No tardaré.
—Tranquila, toma todo el tiempo que necesites —me sonríe en un gesto reconfortante y me hace un ademán para que ingrese a la habitación.
Lo hago, mi cuerpo se estremece ante el frío que emana del cuarto, ingreso con lentitud, sintiendo mi ritmo cardiaco acelerarse a cada paso.
Mi respiración se corta cuando lo miro sobre la cama, una sensación de fragilidad se apodera de mi cuerpo mientras mi vista se nubla por completo. Una punzada me atraviesa, tan fuerte que solo puedo cerrar los ojos, antes de poder mirarlo otra vez.
Luce frágil, vulnerable, desprotegido. No parece el hombre de armadura indestructible que conocí, no parece ese hombre imponente y autosuficiente.
Un sentimiento de ira cruda me llena el pecho hacia las personas que lo dejaron así, que le hicieron esto.
—Amore mío —mi voz brota en un susurro tembloroso.
El sonido de las máquinas es todo lo que se escucha, tomo el borde de la silla que se encuentra a un costado de la cama, y la acerco hasta que topa con el colchón. Una de mis manos toma la suya, no hay calidez, solo una sensación helada que me provoca escalofríos.
—Estoy aquí —me aclaro la garganta—. Estoy aquí.
Mis ojos lo recorren, viendo cada moretón en su cuerpo, los raspones en sus brazos, las heridas del rostro. Tiene una venda rodeándole la pierna izquierda, y una férula en el brazo derecho.
El doctor no mencionó fracturas aparte de las costillas, o tal vez no presté la atención suficiente. Extiendo la mano hasta pasarla por su cabello, entrelazando los dedos con los mechones suaves y la visión vuelve a ser borrosa.
—Tienes que ponerte bien —suplico—. Tienes que despertar, porque te necesitamos, los desastres te necesitan, Jacob te necesita…yo te necesito con vida.
Mi voz se rompe.
—Así que por lo que más quieras, abre los ojos, amore, por favor —suplico—. No los dejes ganar, no dejes que…que te aparten de nosotros, porque tu familia te necesita.
Ahogo un sollozo, cerrando los ojos con fuerza mientras intento no romperme más de lo que ya lo estoy.
—Estaré aquí cuando despiertes —prometo—. A tu lado siempre, mi sexi italiano.
La voz se me rompe, pero me las arreglo para retener el sollozo.
Él me necesita fuerte, tengo que ser fuerte por él, por nuestras niñas, por Jacob, por nosotros.
Ángelo es siempre el encargado de mostrar fortaleza, el que nos protege, el que nos cuida. El que pone su propia vida en riesgo, para garantizar nuestra seguridad, lo ha dicho siempre, somos una familia.
Así que ahora, es nuestro turno de cuidar de él, de protegerlo, de garantizar que esté seguro a partir de este momento.
—Vamos a cuidar de ti —susurro acariciando su rostro—. Cuidaremos de ti, amore mío. No te preocupes por nada, ¿sí?
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano y me inclino hasta dejar un suave beso sobre su frente.
—Solo te pido que abras los ojos.
Las horas pasan, y esas horas se convierten en días. Sumergiéndonos en una interminable espera de verlo despertar.
—¿Sabes? Al inicio pensé que estar con él era lo peor que nos pudo haber pasado —Antonella observa a su tío—.
Me enojé con papá por habernos dejado con él, me enojé con mamá por estar de acuerdo, estaba realmente molesta por la forma en la que se habían ido dejándonos con un hombre que no quería cuidar de nosotras.
Toma una inhalación, enderezando la espalda y volviendo los ojos hacia mí.
—Pero ahora lo entiendo, él es bueno, es realmente bueno —susurra—. Y no quiero que muera, Daphne.
—Hey, no —inclino el cuerpo hacia adelante, quedando un poco más cerca de ella—. Solo es cuestión de tiempo para que despierte. Escuchaste a los médicos. Va a ponerse bien.
—Han pasado tres días.
—Necesita tiempo para recuperarse —susurro—. Pero lo hará.
Un corto silencio se instala entre nosotras.
Ella mira de nuevo a su tío y yo sigo su mirada, es difícil verlo así, despojado de su fortaleza y autosuficiencia, pero en estas casi setenta y dos horas, me he convencido de que va a despertar.
Me lo he repetido tantas veces como es posible hasta que las palabras se grabaron en mi mente.
—Ellos ya no volverán a hacernos daño, ¿verdad?
Niego. —Los han atrapado, y lo mínimo que pueden enfrentar son veinte años de cárcel, pero se le sumarán los cargos de intento de homicidio y extorsión.
Un suspiro tembloroso brota de sus labios.
—Su caso es más complicado, porque son estadounidenses que secuestraron a un residente italiano, no están en su país. Aun cuando la embajada quiera intervenir, no conseguirán mucho.
—Merecen mucho más —la amargura tiñe el tono de su voz.
—Lo sé.
La alarma de su celular suena, ella mira la hora y suspira.
—Debes volver a casa —musito antes de que ella hable—. Yo iré esta noche.
Asiente, se incorpora del asiento mirando a su tío una última vez antes de salir en completo silencio. Cuando se ha marchado, apoyo la espalda en el respaldo de la silla, y tomo una profunda inhalación.
Los últimos tres días han sido demasiado intensos, Renata había dicho todo cuanto sabía de Russell, lo que hizo que él fuera detenido cuando estaba a punto de subir a un avión para volver a San Francisco.
Ahora ambos estaban detenidos, en espera de un juicio. Necesitaban testigos, pruebas, y lo más importante, a Ángelo.
Si Ángelo testifica, entonces es muchísimo más probable que la condena aumentara y no hubiese posibilidad de fianza o libertad condicional.
Juego con el anillo que está en mi mano, deslizando la joya y sintiendo el material acariciarme la piel.
Al parecer, nuestro momento de felicidad no había durado tanto.
Llamé a mi madre, ella ahora estaba también en la casa de Ángelo, Jodi no podía quedarse tanto tiempo en la casa, y con todo lo que ocurría, las niñas necesitaban a alguien más que solo a la niñera.