32.- ULTIMA BATALLA #3
—Daph…—sacude la cabeza y parece como si estuviese a punto de rendirse —No tienes una jodida idea de lo que esto significa.
No necesito que te involucres en asuntos que no te corresponden —dice bajando la voz e incorporándose levemente de la cama—.
Son mis problemas, así que quiero que te mantengas lejos.
—¿Hablas en serio? —inquiero en un hilo de voz. Él no responde de inmediato, cierra los ojos y suelta un suspiro.
—Esta es mi lucha, no quiero que termines involucrada —responde conectando la mirada con la mía—. No quiero que salgas perjudicada en todo esto.
—Eso no significa que tengas que alejarme —susurro entendiendo el rumbo que la conversación comienza a tomar. Su mirada vacila, y vuelvo a acercarme—. No tienes que enfrentar esto solo. Estoy contigo, somos un equipo.
—No…
—Sí —la firmeza envuelve mis palabras—. Lo somos, cariño.
Sus ojos se humedecen, cada músculo de su cuerpo está tenso, y soy capaz de ver la forma en la que intenta contenerse.
—No tienes que enfrentar esto solo —repito una vez más.
—No lo entiendes —su voz brota en un sonido torturado—.
Una vez que el juicio para impugnar la paternidad comience, no habrá vuelta atrás.
Renata va a defenderse y usará cualquier cosa que tenga a su alcance para dañarme.
Arruinó mi reputación, ¿qué te hace pensar que no arruinará la tuya?
¿Qué no te envolverá en un maldito torbellino?
Permanezco en silencio.
—Daph, sé que no lo entiendes, pero justo ahora no soy un buen hombre para ti.
Mi visión se nubla. La ira me llena porque, ¿Cómo es posible que él no se considere un buen hombre?
—No toleraría que ella use algo, hasta la cosa más insignificante sobre ti, y la vuelva una mentira gigantesca. Ya suficiente tienes soportando los titulares, como para añadirle que comiencen a relacionarte con alguien con mi reputación pasada.
—No me importa, porque son mentiras, Ángelo. Porque…
—A nadie le importa si son mentiras o no, Daphne. Ellos quieren vender, ellos quieren noticias que llamen la atención, ellos…—cierra los ojos y baja la cabeza— no quiero que pases ese tormento, te quiero demasiado como para hacerte vivir ese infierno.
—Pues no parece que me quieras tanto ahora —mascullo con amargura.
—Es porque te quiero tanto que debo alejarte de mí. Porque no soy bueno, porque no tengo un amor puro para ofrecer. Mereces un hombre libre de acusaciones, a alguien que te de paz, a alguien que no tenga guerras por enfrentar.
Estoy llorando ahora, tanto que me aparto. Impotente ante la idea de que él sea capaz de hacerme esto.
—No tienes que elegir batallas, porque no dejaré que pierdas el tiempo con eso, no voy a permitirlo, así que Daph…—su voz se quiebra en ese instante.
El corazón se me encoge a tal punto que me ahogo, porque sé lo que dirá. Mi pulso se dispara y la visión se me nubla.
—Tienes que irte. ¿Vale?
—No…Ángelo…
—Debes irte —dice recuperándose—. Ahora.
—¡No te rindas con esto! —grito con desesperación—. ¡No seas un maldito cobarde!
—¡Es lo que soy! —dice y la voz se le rompe —Mírame, Daphne. Carajo, ¿Cómo puedes insistir en seguir a mi lado?
Lo miro. Y lo que veo no es al hombre imponente, no es al mismo que se enfrentó a todos por su familia. No es al hombre que dijo que estaba cansado de sobrevivir. Veo a alguien roto. Un hombre que se está desmoronando por dentro y que cree que merece cada pedazo de ese derrumbe.
—Porque te amo.
Él suelta una risa sin alegría.
—No deberías.
Mi pecho se contrae. No es rabia lo que siento. Es algo peor. Es verlo convencido de que es un monstruo.
—Ángelo…
—No me defiendas —me interrumpe—. No soy bueno, Daphne.
Niega, con los ojos rojos.
—Creí que podía ser padre. Que podía ser digno. Que podía ser alguien que no hiciera daño. Y mira… —su voz se quiebra—. Jacob me mira como si fuera un extraño. Las niñas pueden perderme por una investigación. Todo lo que toco se rompe.
Quiero abrazarlo, pero él retrocede.
—No hables así de ti —susurro.
—¿Cómo quieres que hable? —me mira con una tristeza tan honda que me deja sin aire—. Soy un hombre que no pudo proteger a su familia.
Dios. Quiero tomarle la cara y obligarlo a mirarme. Quiero gritarle que es bueno, que es fuerte, que es el hombre que se levantó por todos. Pero él ya no me escucha.
—Te amo, mia regina —dice con un hilo de voz—. Pero ahora mismo no puedo darte el amor que mereces.
Sollozo. Literalmente siento cómo algo se me parte dentro.
—¿Te estás rindiendo conmigo? —pregunto, aterrada.
—Te estoy librando de mí.
Lo dice como si fuera un acto de amor. Como si alejarme fuera la única cosa buena que cree poder hacer
—Daphne, vete ahora —suplica.
—No.
—Debes irte —repite, y su voz suena como un cristal rompiéndose—. Antes de que me vuelva egoísta. Antes de que te ruegue que te quedes conmigo en esta vida que no mereces.
—Sé egoísta, Ángelo —le digo, con la voz hecha pedazos—. Por favor… sé egoísta. Pídemelo.
Sus ojos se abren apenas, brillan de dolor. No responde. El ardor en mi pecho se intensifica.
—Dímelo… —insisto en medio de un sollozo.
Nada. Ni una palabra.
Él baja la mirada. Sus pestañas se humedecen. La boca le tiembla como si estuviera a punto de hablar… pero no lo hace.
Y ese silencio me mata.
Porque sé que quiere decirlo. Lo veo en cómo me mira, en cómo sus manos se cierran con fuerza a los lados, en cómo el pecho le sube y baja como si estuviera ahogándose.
Pero no lo dice. Tras largos segundos, él toma una inhalación y se aclara la garganta.
—Te haré llegar un último cheque—. Es todo lo que obtengo de él.
De un segundo a otro, vuelve a convertirse en ese hombre frío, vuelve a colocarse cada una de las piezas de su armadura.
Tomo la poca fuerza que me queda para caminar hasta donde mi bolso se encuentra, las lágrimas nublan mi visión, pero me niego a llorar de nuevo, al menos no frente a él.
—Fue un placer conocerlo, señor Lombardi —el dolor se apodera de su mirada, parece tener la intención de decir algo más pero no lo compruebo.
Solo salgo de ahí, con el corazón hecho trizas. Sintiéndome imponente, frustrada, triste. Sintiéndome tan furiosa con Ángelo por no atreverse a luchar por nosotros, por apartarme con tanta facilidad, como si no me quisiese tanto.
Hay batallas que sabemos que pueden arrebatarnos la vida, y aun así decidimos lucharlas.
Ángelo Lombardi fue mi peor y última batalla, porque nos arrebató algo que jamás en la vida, podremos volver a recuperar.