32.- ULTIMA BATALLA #2
Jacob me observa aterrado, de una forma que consigue desgarrarme.
—Jacob…
La palabra queda en el aire en el segundo en el que siento el cristal estallar contra la parte trasera de mi cuello. El dolor me ciega, la visión se vuelve borrosa y la mente se me nubla.
—¡Ángelo! —reconozco su voz en el instante en el que la escucho.
Mi mente parece desconectarse, mis sentidos se anulan y solo soy capaz de sentir mi cuerpo caer sobre la losa.
—Daph…—su rostro es apenas visible, poco a poco mi visión se oscurece a tal grado de ser completamente nula.
El dolor en mi cabeza aumenta, tanto que me escucho gemir ante la sensación dolorosa.
Y luego, casi tan rápido como todo lo que acaba de suceder…todo se apaga.
DAPHNE.
Franco dijo que algo como esto podía pasar. Y tan pronto como lo llamé al llegar al hospital, me dijo lo que tenía que hacer.
La lista de instrucciones se grabó en mi mente, quedaron impresas en mi memoria, y mientras observo a Ángelo inconsciente sobre la cama de hospital, decido que las llevaré a cabo, exactamente al pie de la letra.
—Realmente no sabes la clase de hombre con la que estás —una molestia se instala en mi pecho tan pronto reconozco la voz de Renata.
—¿Qué haces aquí? —inquiero—. Según sé, la habitación de tu esposo está muy lejos de aquí.
Ella ignora mis palabras y se adentra al cuarto, mira a Ángelo por unos cortos segundos antes de volver la atención hacia mí.
—Solo vine a decirte que no te extrañes si algún oficial de policía viene —dice—. Porque planeamos presentar cargos por agresión.
Es posible que Renata quiera presentar cargos.
Esa fue una de las primeras instrucciones de Franco. Así que elevo el mentón y digo exactamente lo que él dijo en la llamada.
—Sí, lo supuse —murmuro acercándome a ella—. Era un movimiento totalmente predecible.
Ella se encoge de hombros.
—Ángelo se colocó el mismo la soga al cuello —dice con frialdad—. Él fue a mi casa, y agredió a mi esposo, yo actué en su defensa. Mi hijo podrá confirmarlo.
—¿Planeas hacer que un niño de cinco años declare contra su padre?
—No es su hijo.
—¿Tienes idea de lo que hiciste? —mi pecho se contrae con furia—.
¿Sabes lo que le has hecho? ¿A Ángelo? ¿A tu hijo?
—su mirada vacila cuando menciono a Jacob—.
Presenció cómo le estrellaste un florero al hombre que consideró su padre, ¿tienes idea de lo que eso le hace a un niño?
Él ama a Ángelo, lo ama realmente y no sé qué le dijiste para quitarle eso.
—No es tu asunto.
—Se convierte en mi asunto cuando le estrellas un florero en la cabeza a mi novio —espeto con firmeza—.
Franco ahora está trabajando en una demanda de daño moral y perjuicio, además de comenzar con un juicio de impugnación de paternidad.
Y ya que has decidido decirle a Jacob la verdad, Ángelo podrá solicitar una indemnización por los perjuicios que le han causado en estos cinco años. Y vaya que tendrá forma de probarlos.
Renata contrae el rostro.
—Russell y tú recibirán la notificación del juez pronto. Y ¿sabes algo? Decir la verdad le ayudará más a Ángelo de lo que crees, porque con eso, todo tu teatro se cae, todas las mentiras que dijiste sobre él desaparecen y me pregunto, ¿un juez decidirá que eres la mejor opción para Jacob?
—No te atreverías.
—Si creías por un solo instante que Ángelo estaba solo, te has equivocado. Tal vez él sea demasiado bueno para hacer algo en tu contra, pero la señora Lombardi está dispuesta a proceder por los daños causados a los demás miembros de su familia, como daños secundarios.
Un silencio se instala en la sala.
—Si presentas esos cargos, se incrementará la lista de daños así que mi recomendación, es que no lo hagas.
Ella tensa la mandíbula, aprieta los puños y es la reacción exacta que Franco describió.
—Daph…—el susurro débil de Ángelo me llena los oídos. Volteo por un corto tiempo antes de volver a mirar a Renata.
—Fuera de aquí —empujo su cuerpo fuera de la habitación, y antes de cerrar la puerta vuelvo a hablar—. Ángelo te lo advirtió, Renata, ojalá lo hubieses escuchado.
Cierro la puerta, tomando una larga inhalación antes de voltear y caminar hacia la cama.
—Cariño —susurro, Ángelo parpadea, parece un poco perdido hasta que me enfoca—. ¿Cómo te sientes?
—Me duele la cabeza —se queja—. ¿Qué paso? ¿Por qué…?
Algo parece activarse en su mente, la enfermera entra en ese instante y al mirarlo despierto, dice que llamará al doctor.
Le hacen los exámenes correspondientes, me mantengo apartada aun cuando lo único que deseo hacer es correr hacia él y envolverlo en un abrazo.
—Deberá estar un par de horas en observación —dice el médico girándose hacia mí—. Solo para monitorear si hay alguna secuela del golpe, aunque hasta ahora, todo parece en orden.
—Gracias —le sonrío y el me devuelve el gesto, cuando nos quedamos solos, camino hasta la cama de Ángelo y me coloco tan cerca de él como es posible.
La mirada torturada que me dedica me deja saber que recuerda todo, y probablemente hubiese sido mejor que no lo hiciera.
—Ella se lo dijo todo —dice en un suspiro—. Me llamó por mi nombre, él nunca me ha llamado de ese modo, y dijo que soy un mentiroso.
—No lo eres.
—Claro que lo soy, le mentí todo este tiempo, Daph —susurra—. Le mentí desde el segundo el que lo tomé en brazos, no he dejado de hacerlo.
—Le mentiste porque creías que era lo mejor para él, porque buscabas su bienestar y te sacrificaste en el proceso. Podías haberte simplemente desatendido de él, podías haber ignorado su existencia, pero no lo hiciste, fuiste su padre.
—Un padre ausente, un padre al que veía una vez al año —dice con amargura—. Tal vez fue por eso por lo que le resultó fácil dejar de considerarme como tal.
Hace una mueca cuando mueve el cuello. Extiendo la mano, trazando una caricia a lo largo de su rostro y llegando hasta su cabello. La suavidad del mismo me hace sonreír y los mechones de cabello se cruzan entre mis dedos.
—Es un niño —susurro—. Apenas tiene cinco, a esa edad crees todo lo que mamá dice, aunque no sea cierto.
Si ella dice que hay un monstro en el armario, le crees, si dice que un ratón vendrá por el diente que acabas de botar, le crees.
Pero eso no significa que en serio haya un ratón que se mete por debajo de la almohada, ¿o sí?
—Supongo que no —admite.
—Lo que trato de decir es que…
—Oh, qué bueno que llego y has despertado —Franco ingresa a la habitación con prisa. Joder, ¿Cómo es que ha llegado tan rápido?
—¿Qué haces tú aquí? —inquiere Ángelo.
—Daphne me llamó —dice y me mira.
Oh, no. Se suponía que él no tenía que saberlo.
—Me dijo lo que planeabas hacer, que querías venir a San Francisco así que, como tu abogado, decidí venir. Estaba apenas aterrizando cuando me contó lo que ocurrió en casa de Renata, así que fui a la corte y…
—Espera, espera —Ángelo lo detiene en ese punto y luego mira—. Daph… ¿Qué hiciste?
El corazón se me acelera, porque sé lo mucho que le molesta que intervenga en asuntos privados, y tal vez debí decirle a Franco que no dijera nada.
—Tu novia hizo lo correcto —pronuncia su amigo—. Me llamó, porque…hablo desde el punto de vista de tu abogado…tengo que saber estas cosas, tengo que saber cuándo planeas extorsionar a alguien.
Ángelo gruñe molesto.
—Lo tenía bajo control.
—¿A ti te parece? —cuestiona Franco divertido—. Te estrelló un florero en la cabeza, que, por cierto, anotaré eso en la lista de daños y perjuicios, tenemos una reunión con el juez en tres días para la impugnación de la paternidad, él ha dicho que…
—¿Qué? —un susurro confuso brota de Ángelo—. ¿De qué mierda hablas, Franco?
—De acuerdo, demasiada información —intervengo con una risa nerviosa—. Franco, ¿puedes darnos un momento?
Él asiente, mirando a su amigo y luego a mí.
—Haré un par de llamadas —dice—. Luego vendré y discutiremos los detalles.
Tan pronto se marcha, cierro los ojos con fuerza, sabiendo que estoy cerca de una bomba que está a punto de explotar.
—¿Qué hiciste, Daphne?
Tomo una inhalación, reuniendo el valor suficiente para girarme hacia él otra vez.
—Cuando dijiste que ibas a venir a San Francisco, le llamé a Franco. Le dije que traías algo en mente y el supuso que usarías el plan que le dijiste en su última conversación. Me dijo que tomaría un vuelo un par de horas después que nosotros y que, con suerte, llegaría poco después que nosotros.
Retuerzo las manos sobre mi regazo.
—Fue todo lo que hablamos en ese momento, pero supongo que él comenzó a idear algo, porque cuando ocurrió el incidente en casa de Renata, él sabía exactamente qué hacer.
—¿Y eso es…?
—Impugnación de la paternidad —el rostro de Ángelo se contrae—. Franco dijo que tu querrías hacerlo, dijo que haría los documentos y que al aterrizar haría los trámites necesarios. Y lo hizo, por lo que veo. Es más sencillo que extorsionar a alguien.
Cierra los ojos y observo su pecho subir y luego bajar cuando suelta el aire.
—No servirá de nada, Renata seguro presentará cargos por…
—No lo hará, porque le dejé saber lo que haríamos. Franco dijo…
—¿Hablaste con ella? ¿Le dijiste todo esto?
—Franco dijo…
—Daph…—la preocupación se instala en su voz—. ¿Tienes idea de lo que hiciste?
Parpadeo, intentando comprender a que se refiere.
—Ahora esa mujer hará lo que sea para perjudicarte, Daphne…—parece demasiado preocupado con la idea—. Renata no es alguien que reciba amenazas y se quede de brazos cruzados, amenazaste con joderle sus planes, ¿crees que no hará algo al respecto?
—No me interesa —aseguro—. Te estrelló un maldito florero y…
—¡Voy a resolverlo!
—¡No lo harás! —grito perdiendo la paciencia—. ¡Porque era seguro que ahora mismo estuvieses esposado a la cama! ¡Con una orden de arresto tal vez!
La desesperación explota en mi pecho, arde de una forma tan fuerte que no puedo controlarla.
—Así que te defendí, lo hice. Defendí tu nombre y le dejé saber que no estás solo. Que esta vez vas a defenderte, vamos a defenderte. ¿Crees que una orden como esa te beneficiaría? ¡Hubieses perdido la custodia de las niñas de inmediato!