Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 20.- BAJO SU PODER
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20.- BAJO SU PODER

ÁNGELO

Observo a Antoni pasearse por la cocina. Lleva una lata de gaseosa en una mano mientras sostiene un trozo de pan dulce en el otro.

—¿Puedo preguntar por qué ahora pasas tanto tiempo en mi casa? —inquiero—. Y no me digas que, por las niñas, porque no visitabas a Lucca jamás.

Mi hermano le da un sorbo a su lata de soda, permanece dándome la espalda por un par de minutos antes de girar.

—Porque tal vez quiero pasar tiempo con mi hermano —admite y sonrío.

—Ah, sí, claro —musito—. Sobre todo, eso. Hablo en serio, Antoni. ¿Qué te trae por aquí?

—¿Realmente me estás cuestionando por qué te visito? —inquiero—. A Lucca no lo cuestionabas.

—Porque el siempre venía —respondo con obviedad—. En cambio, tú nunca aparecías, hasta ahora.

Lo escucho suspirar, abandona el trozo de pan sobre la encimera y se deshace de la lata antes de volver a mirarme.

—Solo quiero pasar más tiempo con mi hermano, después de lo de Lucca…—se detiene por un par de instantes, desvía la mirada hacia el jardín y se mantiene en silencio— creo que quiero aprovechar el tiempo con mi familia.

Me apoyo contra la barra de la cocina, hay algo distinto en la manera en la que se mueve.

—Pasa algo más, ¿verdad? —inquiero—. ¿Qué es?

Sacude la cabeza.

—Pasa que somos hermanos y no tenemos una jodida idea de la vida del otro, me he enterado por Bella que estás saliendo con Daphne, por nuestra sobrina, Ángelo. Tiene seis años por Dios, y ella sabe más cosas de ti que yo.

—¿Bella te lo dijo? —inquiero con molestia—. Esa niña no sabe mantener la boca cerrada.

—Es una niña —me reprende—. Evidentemente va a decir todo lo que le cause emoción. Pero ese no es el tema aquí. ¿Es cierto? ¿Estás saliendo con Daphne?

Suelto un suspiro. ¿Qué caso tiene negar lo evidente?

—Sí —respondo —es decir, aún no es nada formal, pero estamos viendo a donde nos lleva.

—Vaya, eso es nuevo en ti. Que quieras algo formal es tan difícil de creer. —Una leve molestia se presenta en mi pecho cuando habla en ese tono. —Me alegra, hermanito. Realmente, es hora de que tomes las riendas de tu vida, y Daphne es una excelente chica, me agrada.

—Sí, bueno, me tiene sin cuidado que te agrade o no —respondo con indiferencia—. Y he tomado las riendas de mi vida desde el segundo en el que volví.

—Claro —dice, y esa media sonrisa suya me crispa—. Se nota muchísimo.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que sigues creyendo que decidir algo de un día para otro borra todo lo anterior —contesta con tranquilidad—. Te vas, regresas, cambias de planes… y esperas que eso sea suficiente.

Aprieto la mandíbula.

—No tienes idea de lo que hice para estar aquí.

—Porque nunca lo dices —responde—. Nunca explicas nada. Solo actúas como si los demás tuviéramos que entenderte por inercia.

Pese a que quiero gritarle, solo le doy la espalda y camino hacia la sala. No vale la pena discutir con él.

—Ángelo…

—No sé porque vienes tanto a mi casa y no voy a prohibirte que lo hagas, pero no creo que podamos pasar ese tiempo de calidad entre hermanos, que dices querer.

—Ángelo por favor, ¿realmente seguirás actuando como un maldito adolescente? —reprocha, el tono que emplea hace que me detenga justo a la mitad de la sala para encararlo.

—¿Te parece que actúo como un adolescente? —inquiero—. Solo soy realista, Antoni. Por mucho que nos cueste admitirlo no tenemos la relación más unida de hermanos.

—Porque nunca has querido, porque Lucca siempre fue tu hermano favorito, ¿o no?

La mención del nombre de nuestro hermano me enoja más de lo que debería.

—No digas estupideces —respondo sin alzar la voz, pero con el cuerpo tenso—. Esto no tiene nada que ver con Lucca.

—Siempre tiene que ver con él —replica de inmediato—. Todo gira alrededor de lo que Lucca pensaba, lo que Lucca quería, lo que Lucca necesitaba.

—Porque Lucca estaba —digo, mirándolo de frente—. Porque él se quedó cuando tú te fuiste.

—Nunca me dices nada, nunca recurres a mí. Para todo fue Lucca. No tenemos una relación unida de hermanos porque nunca quisiste, porque pasas meses sin llamarme y si no te visito, es imposible que tú lo hagas.

—Oh, ¿ahora vienes a mi propia casa a echarme eso en cara? Discúlpame por no recurrir a ti, pero ¿Cómo hacerlo con el poco apoyo que me das cuando lo paso mal? ¿O tengo que recordarte la manera en la que dijiste que merecía todo lo que Renata me hizo?

La culpa atraviesa su mirada.

—Ángelo, vamos. Eso fue hace años —dice—. No era el mejor dando consejos.

—No fue solo esa ocasión, Antoni. Es que nunca has estado para mí, así que no planees que actúe como hermano agradecido cuando solo te apareces en los momentos buenos.

—¡Es que nunca dices nada! —grita con molestia—. ¡Ni a mamá, ni a mí! Solo te encierras en tu maldita faceta de hombre autosuficiente. Y todos te compran esa imagen, menos las personas que realmente te conocemos.

—No me conoces —repito, más bajo ahora.

—Eso es lo que más rabia me da —responde—. Que sigas creyendo que nadie te conoce, cuando en realidad eres tú el que nunca se ha dejado ver. No soy un adivino para saber cuándo las cosas están mal. Tienes que decirnos, Ángelo.

—Lo hice, vaya que lo hice. Pero no quisiste escuchar, nadie quiso escuchar. Solo Lucca.

Me lanza una sonrisa amarga.

—Lamento entonces que tu hermano favorito esté muerto.

Es una fracción de tiempo en el que la ira me ciega, y solo termino lanzando mi puño hacia él. Mi hermano se tambalea hacia atrás por el golpe, llevando una mano hacia el costado de su rostro que he golpeado.

—¿Pero que creen que hacen ustedes dos? —la voz de mi nana se escucha —¿desde cuándo se comportan como unos salvajes?

Aprieto los puños.

—Largo de mi casa, Antoni —mascullo—. No quiero verte.

La sangre brota de un costado de sus labios, y se limpia con el dorso de su mano.

—Por mucho que te moleste, esa es la verdad. No solo tenías un hermano —me reprocha—. Me tienes a mí, ojalá pudieras darte cuenta de eso.

—Ojalá lo hubieses demostrado —la ira arde en mi pecho—. Siempre apareces cuando todo va bien, pero cuando las cosas se van a la mierda, eres el primero en darme la espalda. Así que perdón, hermano, pero no puedo confiar en ti.

Noto la decepción en su mirada.

—Lucca quería hacerte igual a él —dice de pronto —y me da tanta tristeza saber que tal vez lo consiguió.

La rabia me llena, doy un paso hacia él mientras señalo la puerta.

—Largo, Antoni.

—Cuando decidas dejar de parecerte al hombre que él quería que fueras —dice antes de irse—, quizá podamos hablar.

No dice nada más y solo nos esquiva para salir de la casa. Cuando se ha marchado y volteo, miro a Antonella en el segundo piso. La culpa me atraviesa por haber tenido una discusión en medio de la sala, suspiro con pesadez antes de apartarme, pero mi nana no lo permite.

—Mi niño…

—A veces lo odio tanto —susurro. Jackie sonríe con calma.

—Es parte de ser hermanos —dice con calma —y aunque tal vez no te guste lo que diré, creo que tienes que ponerte en su lugar.

Miro hacia la puerta de la casa.

—Recuerda que él también perdió a su hermano —dice dando una caricia a lo largo de mi brazo —ambos perdieron a un hermano.

—No es lo mismo…

—¿Por qué no? —No me atrevo a responderle.

Miro hacia el piso de arriba.

—Escucharon todo, ¿verdad?

—Tal vez solo la última parte —acaricia mi brazo, en un gesto que me resulta reconfortante.

—¿Crees que deba hablar con ella ahora?

—Si quieres hacerlo, sí —dice con comprensión.

—Hablé de su padre, yo creo que debería de hacerlo.

—Antonella ya es mayor —me recuerda —no la trates como a una niña. Te sorprendería lo astutos que los adolescentes pueden llegar a ser.

Sonrío apenas. Mi nana no dice nada más, solo me deja un apretón en la mano, y luego se marcha.

Cuando me quedo solo, decido que es mejor hablar con Antonella ahora. ¿Qué caso tiene posponerlo?

Ella parece estarme esperando cuando abro la puerta.

—No vengas a disculparte —dice apenas abro la puerta—. Dijiste la verdad.

Eleva la mirada apartándola del cuaderno frente a ella.

—¿No estás enojada? —se encoge de hombros.

—¿Por golpearlo cuando dijo eso de papá? No.

Sonrío levemente, tomando la silla del escritorio y colocándola frente a la cama.

—No suelo golpear personas —sentencio—. Solo perdí un poco el control cuando mencionó a tu padre.

Anto asiente, cierra los cuadernos y los aparta para conseguir poner toda la atención en mí.

—¿Él tenía razón? ¿Papá era tu hermano favorito?

Sonrío levemente.

—Sí —respondo sin dudar—. Lo era.

Ella asiente, la miro tomar una inhalación y cuando vuelve a mirarme, sé que la conversación que viene es una que he estado posponiendo por largo tiempo.

—Lo echo tanto de menos —dice en un hilo de voz—. Y a mamá también. Desearía que nunca se hubiesen ido de esa manera, tan rápido. Sin podernos despedir.

—Yo también —admito —todos los días.

—A veces siento que… —traga saliva— que si los olvido un poco, si dejo de pensar en ellos, aunque sea unas horas, es como matarlos otra vez.

El pecho se me encoge con furia cuando escucho las palabras, una parte de mí no sabe cómo manejar esto. Si apenas puedo manejar mi dolor, ¿cómo puedo ayudarla con el suyo?

—No funciona así —respondo finalmente—. El amor no se evapora porque sigas respirando. No les fallas por ser feliz.

Su mirada se cristaliza.

—¿Eres feliz, tío?

Su pregunta me saca de balance. ¿Qué si soy feliz?

—Hay días que son más fáciles que otros —respondo con suavidad —pero creo que estoy dirigiéndome hacia un sitio para ser feliz.

Hay ocasiones en las que soy más feliz, otras en donde intento no pensar en el dolor, pero creo que eso es parte del camino que tenemos que recorrer.

A veces la vida nos arrebata las cosas por razones que no conseguimos entender.

Una respiración entrecortada brota de ella.

—¿Por qué no querías que nos quedáramos contigo al inicio?