Los desastres vienen de a tres (Serie Lombardi 1) 9 FRIALDAD #2
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9 FRIALDAD #2

Me dedica una sonrisa antes de marcharse, yo me quedo unos segundos más procesando sus palabras. Preguntándome qué tuvo que suceder para que alguien que alguna vez fue capaz de confiar terminara construyendo tantas paredes a su alrededor.

Ángelo llegó en el tiempo que la señora Wilson indicó. Una hora después, el auto estacionaba frente a la casa y Ángelo Lombardi ingresa dando un escueto saludo.

Se encerró en su habitación apenas llegó, así que me concentro en mis propias cosas pendientes.

Cuando la hora de recoger a las niñas llega, el señor Bruno me lleva a recoger a cada una. El entusiasmo de Bella es contagioso, y sube al auto presumiendo que será la bailarina principal en el nuevo recital.

Antonella no parece tener el mismo entusiasmo, se coloca los audífonos apenas sube e ignora nuestra presencia hasta que volvemos a casa.

—¡Tío Ángelo! —apenas y consigo retener a Bella al pie de las escaleras.

—Tu tío está ocupado ahora —musito—. Tal vez puedas verlo después.

—Pero tengo que contarle del recital —forma un mohín —¿Puedes llamarlo?

La manera en la que me mira es demasiado para mi corazón, así que asiento.

—De acuerdo, vienes conmigo, yo entro primero y luego tú, ¿de acuerdo?

Bella asiente con entusiasmo. Subimos las escaleras hasta el estudio en donde Ángelo se encuentra. Le hago una seña a Bella para que aguarde, y toco un par de veces la madera.

Un frío “pase” se escucha del otro lado, así que abro la puerta e ingreso. Ángelo está detrás de su escritorio, porta unas gafas mientras se mantiene mirando los papeles frente a él.

¿Es posible que luzca más apuesto? Las gafas solo lo dotan de un aire más maduro, y lo vuelven más irresistible.

Sacudo la cabeza con discreción, concéntrate, Daphne, no viniste aquí para eso.

—Daphne —dice sin elevar la mirada—. ¿Ocurre algo?

—Sí —eleva la mirada en ese punto—. Bella quiere hablar contigo.

—¿Sobre qué?

—Me temo que quiere decírtelo ella misma, está…

—Estoy seguro de que puedes decirme lo que Bella quiere —dice con un tono de molestia—. Estoy ocupado, como puedes ver, así que date prisa.

Mi frente se arruga. Vuelve la atención a los documentos, y ahora la molestia se hace presente en mí.

—Es de muy mala educación no mirar a una persona cuando habla —su escritura se detiene, permanece con la mirada fija en el papel antes de mirarme—. ¿No tienes tiempo para tu sobrina?

Suspira, sus hombros se elevan mientras se quita las gafas.

—¿Qué es lo que quiere? —El pequeño cuerpo de Bella se cuela por la puerta.

—Tío Ángelo —dice con suavidad—. ¿Daphne te lo ha dicho? Me eligieron para ser la bailarina principal en la obra de la academia.

—Vaya, eso es genial. Felicidades —expresa con una sonrisa, pero es todo.

No hay más miradas, ni palabras. Mira de nuevo los documentos y sigue escribiendo. Bella parpadea, como si no entendiera del todo lo que acaba de pasar. Me mira. Luego vuelve a mirar a su tío.

—¿No estás feliz?

Ángelo se queda quieto. La pluma sigue en su mano, pero no se mueve. No responde. Es como si se hubiese congelado en su sitio. Se aclara la garganta.

—Bella, estoy ocupado ahora, pero…

—Tal vez… si me hubiera tocado ser un papel más importante, sí estarías contento.

Mi corazón se hace trizas. Ángelo se queda inmóvil, pero en sus ojos se refleja que lo que bella ha dicho le ha afectado.

—No pasa nada… igual, no iba a invitarte —murmura frunciendo el ceño—. A veces, cuando no invito a alguien… no me pongo tan triste si no viene.

Se da la vuelta y corre hacia la puerta al mismo tiempo que Ángelo se incorpora.

—Bella, espera —ella se detiene y mira a su tío recelosa —lo lamento, estaba distraído, pero claro que estoy feliz por ti. ¿Hay algo más importante que ser la bailarina principal? Eso es magnífico, princesa.

Bella lo observa en silencio por unos segundos que parecen eternos.

—¿De verdad?

—Claro que sí.

Ella baja la mirada, mordiéndose el labio. Luego se limpia la cara con la manga de su suéter.

—Bueno… entonces sí te voy a invitar —susurra, sin mirarlo.

—Soy un poco tonto a veces —se coloca en cuclillas frente a ella—. ¿Puedes perdonarme?

Bella no responde enseguida. Se balancea sobre sus pies, como dudando. Mira el suelo, sus pequeños dedos jugando con la costura del suéter. Después alza la mirada, con los ojos todavía húmedos, pero más tranquilos.

—Solo si prometes que vas a aplaudir bien fuerte —dice con un hilito de voz—. Pero solo a mí.

Ángelo sonríe.

—Voy a aplaudir tan fuerte que me van a sacar del teatro —le asegura—. Y no me voy a perder ni un solo paso.

Ella da un pequeño paso hacia él, como tanteando el terreno. Después, sin decir nada más, se lanza a sus brazos y le rodea el cuello con fuerza. Se quedan así por unos instantes, hasta que Bella se separa con un suspiro y, más tranquila, se dirige a la puerta.

Tomo una inhalación mirando como él se incorpora lentamente. No dice nada, pasa una de sus manos por su cabello y cuando gira hacia mí, camino hacia él sin pensarlo demasiado y le suelto un golpe seco en el brazo.

—¿Qué te pasa?

—¿Qué demonios te pasa a ti? —le espeto, incapaz de contenerme—. ¿Cómo se te ocurre tratarla tan fríamente? Es una niña, Ángelo. ¡Una niña!

—Tengo mis propios problemas, Daphne, así que me disculparás por no ser el tío que ellas esperan que sea.

—¿Y desde cuándo Bella tiene que pagar por lo que tú no puedes manejar? Es una niña, Ángelo. Una niña que solo quería que su tío estuviera feliz por ella.

—Carajo, basta —dice haciendo un ademán con las manos —lo siento, ¿sí? Me disculpé, no va a repetirse. Tranquilízate joder.

—¿Tranquilizarme? —repito, incrédula, dando un paso hacia él—. ¡Acabas de romperle el corazón a una niña que te adora y lo único que se te ocurre es decirme que me tranquilice?

Él cierra los ojos con fuerza, se pasa una mano por el cabello, y su voz baja apenas por debajo del enojo.

—No sé cómo ser más que esto, Daphne. Estoy haciendo lo que puedo.

—Entonces haz más. Porque ella no tiene la culpa. Y si no te das cuenta ahora, un día va a dejar de invitarte… va a dejar de tener seis años, Ángelo, si sigues tratándola así…un día la vas a perder y tus disculpas no serán suficientes.

Suspira. Coloca las manos en la cintura mientras baja la mirada.

—Lo sé. Y lo lamento. Fueron unos días complicados —algo en mi se afloja cuando dice aquello —no tenía cabeza, y fui un idiota.

Doy un paso más cerca y le golpeo el brazo de nuevo.

—Más te vale estar en ese auditorio el día del recital, Ángelo. Y más te vale que te duelan las manos de tanto aplaudir.

Me doy la vuelta para irme, pero me detengo, giro sobre mis talones y estrecho la mirada hacia él.

—Voy a patearte el trasero si se te ocurre faltar.

Ángelo sonríe.

—¿Eres así con todos tus jefes? —ella me devuelve el gesto.

—Solo con los que son unos idiotas.

No me molesto en comprobar su expresión, abro la puerta y me marcho, jurando que puedo escuchar su risa al cerrar la puerta detrás de mí.