9 FRIALDAD
ÁNGELO
Tomo una inhalación antes de bajar del auto. Franco camina a mi costado con paso firme. Hace una hora y media que había terminado el juicio de custodia, y claramente, el resultado no fue el que esperaba.
—Esos idiotas están haciendo algo —masculla Franco—. Estamos en su territorio, los cobardes saben que aceptar un juicio en Italia les daría menos probabilidades de ganar.
No respondo. Ambos caminamos en silencio hacia la entrada del juzgado familiar. Al terminar el juicio volvimos al hotel porque realmente no tenía ánimos de que algún reportero de revistas para chismes me captara esperando en los juzgados.
—¿Crees que te recuerde?
—Claro que lo hará —respondo.
Un par de hombres me saludan en los pasillos, me limito a darles un par de asentimientos antes de detenerme frente a la sala, en donde esperan por mí.
Las puertas se abren, y mi entera fortaleza flaquea cuando lo miro.
—¡Papá! —La cabellera rubia se deja ver, una sonrisa entusiasta se apodera de los labios de Jacob.
—Hola, campeón —me inclino para recibirlo en brazos. Se abraza a mi cuerpo y lo elevo, olvidándome de todo por ese par de instantes en los cuales lo tengo apegado a mi pecho—. ¿Cómo has estado?
—Te he extrañado —dice formando un mohín—. Mamá dice que nunca puedes atender el teléfono.
La molestia vuelve, tenso la mandíbula intentando controlar el enojo que se filtra en mi sistema. Sin embargo, me las arreglo para sonreír.
—No debes creer todo lo que tu madre dice —expreso—. En realidad, ahora podremos hablar más. ¿No te lo ha dicho tu madre?
—¡Iré a Italia! —grita con emoción.
—Así es. Cuando el curso escolar acabe nosotros tendremos unas vacaciones como hace tiempo no tenemos.
Él está por responder, hasta que la presencia de la mujer que me arruinó aparece.
—Vaya, el gran Ángelo Lombardi —dejo a Jacob en el piso, y sonrío con falsedad—. Ha pasado tiempo.
Renata Davies sonríe hacia mí. Viene del brazo de Russell, su esposo.
Soy consciente de la manera en la que su mirada me recorre por completo, y me siento un poco mejor cuando repara en los accesorios lujosos que porto. Si dijera que no los traje conmigo para impresionar, sería un mentiroso.
Quería dejarle en claro que ya no soy el pobre diablo que abandonó San Francisco.
—Parece que te ha ido bien —dice.
—¿No es por eso por lo que solicitaste un aumento de pensión? —inquiero entrecerrando los ojos—. Que claramente se te concedió.
Acaricio el cabello de Jacob, quien permanece en silencio mirando a su madre.
—Tengo una buena noticia para ti —me coloco a su altura—. No podrás venir conmigo hoy a Italia, pero podremos dar un paseo juntos.
—Ángelo…
—Por si no recuerdas, las visitas supervisadas se acabaron —le recuerdo a la mujer que nos mira con molestia—. Así que, durante las tres horas que siguen, puedo llevarme a mi hijo a donde me plazca.
Eso es lo único bueno que conseguí. Que no hubiese un maldito guardia supervisando las visitas con Jacob, y poder llevarlo a Italia conmigo para las vacaciones de verano.
Sabía que mi madre no estaría de acuerdo con eso, de hecho, probablemente sí descubriera que estoy viendo a Jacob fuera de las salas del juzgado, se vuelva loca.
Pero estoy harto de pasar mi escaso tiempo con él dentro de cuatro paredes.
—Lo tendrás de vuelta a las dos —musito.
—Llévalo a nuestra casa, sabes perfectamente cómo llegar.
Los miro con molestia, claro que sabía cómo llegar. Porque esa fue mi casa también.
—Bien—. tiendo la mano hacia Jacob, una sonrisa aparece en sus labios mientras me mira con entusiasmo. —¿Nos vamos?
—¡Si! —grita y se aferra a la mano que le ofrezco.
Y ahí, en ese momento, la fortaleza cae. Y soy de nuevo el hombre que he sido siempre, y que no le dejaba ver a nadie más que no fuese mi hijo.
Tres horas no son suficientes cuando hace años que no ves a alguien. Lo había intentado, había hecho de todo para estar con él, pero Renata siempre encontraba el modo de impedirlo.
Un curso de verano, o uno de invierno. Vacaciones con su abuela en Oregón, o una enfermedad que se le acaba de presentar. Mil motivos para impedirme verlo por otro medio que no fuese una pantalla de celular.
El auto se detiene justo enfrente de la bonita construcción. La molestia vuelve a mi sistema, pero me obligo a aparentar que no la siento.
—Fuiste puntual —Renata nos recibe en la entrada. Toma la mano de nuestro hijo y le dice algo en el oído.
Jacob gira, avanza los escasos pasos que nos separan y me envuelve en un abrazo.
—Adiós papá —dice—. ¿Tomarás mis llamadas?
—Para ti siempre —prometo.
Dejo un beso en una de sus mejillas, y lo miro correr dentro. Tan pronto desaparece, me armo de nuevo con la coraza que me ha acompañado desde el momento en donde Renata Davies me traicionó.
—Lamento lo de Lucca.
—Lo detestabas y él te detestaba también. Así que no nos molestemos en fingir —expreso.
Renata ladea la cabeza, mirándome con escudriño.
—Eres diferente. —Sonrío con frialdad.
—¿Apenas lo notas? —inquiero—. Como podrás ver, no soy el mismo muerto de hambre que abandonaste. Creo que eso es algo que debería agradecerte, de no ser por ti, no hubiese vuelto a Italia. Y no sería lo que soy ahora.
Miro la hora en el reloj, el vuelo salía en tres horas.
—Tengo que irme, mi vuelo sale pronto.
—No lo llevarás a Italia —me detengo justo cuando estoy bajando los escalones—. Y deberás saber que estarás tan ocupado que Jacob no podrá llamarte.
—No intentes jugar ese juego conmigo otra vez —advierto.
Sonríe, acomoda su cabello en un gesto desinteresado que solo me dan ganas de arrancarle la cabeza, por muy malo que eso pudiera sonar.
—Es el precio de ser hijo de un hombre tan exitoso, tú lo sabes mejor que nadie.
Miro sobre mi hombro, asegurándome que no haya nadie mirando y cuando sé que es así, vuelvo con rapidez sobre mis pasos.
Empujo su cuerpo con rudeza, justo en el espacio que hay entre el pasillo de entrada y la puerta principal, la acorralo en una de las esquinas, espacio en donde ninguna cámara de vigilancia llega a enfocar.
Y en donde las demás, solo dejan la idea de algo erróneo.
—No soy el mismo idiota sentimental que conociste —mascullo a milímetros de su rostro—.
No intentes pasarte de lista conmigo de nuevo, Renata.
O le diré al mundo la verdad. No me interesa a quien tenga que destruir en el proceso.
Si sigo este sucio juego, es solo por Jacob.
Pero si te mantienes en la postura de impedirme el contacto con él, pasará eso que tanto temes.
—No te atreverías.
—Adiós a los miles de dólares que recibes mensualmente. Y adiós al apellido Lombardi que Jacob lleva. Puedo hacerlo, tengo los medios y la intención, así que deja de intentar pasar el límite, porque esta vez no voy a dejarte ganar.
Me aparto, ella parece aliviada cuando lo hago.
—Sé perfectamente que solo eres una fachada —asegura—. Que ese imponente hombre que aparentas ser, no eres tú. Porque el Ángelo real, solo es un maldito cobarde. Tienes que recurrir a algo que no eres para sentirte poderoso, Ángelo.
Permanezco estático a un par de pasos de su cuerpo.
—Sé quién eres en realidad. Y sé lo que has estado haciendo todo este tiempo.
Solo me lo dejaste saber cuándo Jacob nació, me bastó ese momento para comprobarlo.
Para saber que sigues siendo tan débil cuando de las personas que quieres se trata.
Que sigues siendo tan estúpido cuando te tocan la fibra sensible.
—Cierra la boca —amenazo.
—Pobre Ángelo, teniendo que recurrir a algo que no es, solo para protegerse —hace una fingida mueca de lástima, y es más de lo que puedo tolerar.
Me acerco con rapidez, con tanta que no tiene tiempo de apartarse.
—Te dije que cerraras la maldita boca —escupo las palabras con una rabia contenida que apenas reconozco como mía.
Renata da un paso atrás, como si no esperara que me moviera. Como si, por un segundo, olvidara que soy perfectamente capaz de romper todo lo que me rodea cuando me llevan al límite.
Pero no lo hago. Solo me planto frente a ella. A un palmo de su rostro.
Mi respiración es irregular. La suya también.
Y lo veo. Veo el miedo en sus ojos.
No porque crea que voy a hacerle daño… sino porque acaba de ver una parte de mí que no pensó que existía. Porque intentó provocarme esperando una respuesta superficial y, en cambio, sacó a la superficie algo real. Algo crudo.
—No vuelvas a hablar como si supieras algo de mí —le digo, más bajo, más grave—.
No tienes idea de lo que he hecho. De lo que he perdido.
Y de lo que soy capaz de perder otra vez, si me empujan lo suficiente.
No me provoques, Renata. Antes me contuve porque Jacob era un bebé, ahora…
ahora no voy a detenerme si sigues jodiendo.
Retrocedo sin dejar de mirarla.
—No intentes pasar el límite, Renata. Es la última vez que te lo advierto.
Y con eso, le doy la espalda para marcharme de este maldito lugar.
DAPHNE.
De acuerdo, saber que Ángelo Lombardi tiene un hijo, solo me dejó con más dudas de las que siquiera imaginé.
En internet había poca información, algunas fotos y artículos antiguos que mencionaban una posible paternidad, pero es todo.
La sospecha de que tal vez la información fue borrada me llena la mente porque con el dinero y poder que la familia Lombardi poseía, con una sola llamada podrían eliminar lo que quisieran.
—El señor Lombardi llegará en una hora —informa la señora Wilson.
Asiento lentamente. Cuando hace la intención de marcharse, me decido a preguntar.
—¿Él siempre fue así? —la señora Wilson se detiene —quiero decir, tan…frío. Imponente.
—Siempre fue imponente, pero no siempre fue tan frío y distante. Me temo que fue alguien en quien tuvo que convertirse al volver a Italia.
—¿Volver?
—No soy quien, para hablar de la vida privada de Ángelo, pero no ha tenido una vida fácil. Mucho mejor de lo que él mismo cree. Pero ha sufrido demasiado y aprendió a protegerse de la única manera que conocía: no necesitando a nadie.
—¿Usted lo aprecia mucho no es cierto?
La señora Wilson sonríe.
—Es como un hijo para mí. Lo será siempre.