Los cuentos más atroces El maestro Pfriem
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El maestro Pfriem

—¡Estúpida! —le gritó mientras se sacudía—, ¿no veías que venía yo detrás de ti?

De oficio era zapatero, y cuando trabajaba tiraba del hilo con tal fuerza que le encajaba el puño a todo el que no se apartara lo bastante.

Ningún aprendiz aguantaba más de un mes con él, pues siempre le hallaba algún defecto hasta al mejor de los trabajos.

Ya eran las puntadas, que no salían parejas; ya que un zapato era demasiado largo, o un tacón más alto que el otro, o el cuero mal cortado.

—Espera —le decía a su aprendiz—, ya te enseñaré yo cómo se ablandan los pellejos —y traía una correa y le daba un par de correazos en la espalda.

A todos los llamaba holgazanes. Él mismo no sacaba mucho trabajo de sus manos, pues nunca se estaba quieto ni un cuarto de hora.

Si su mujer se levantaba muy temprano por la mañana y encendía el fuego, él saltaba de la cama y corría descalzo a la cocina gritando:

—¿Es que quieres quemarme la casa? ¡Ese fuego serviría para asar un buey! ¿Acaso la leña no cuesta nada? Si las criadas estaban junto a los barreños riéndose y contándose cuanto sabían, las regañaba diciendo:

—Ahí están las gansas cacareando y olvidándose del trabajo por chismorrear.

¿Y jabón nuevo, para qué? ¡Vergonzoso derroche y, encima, holgazanería indecente!

Quieren ahorrarse las manos y no restregar bien las cosas.

Y salía corriendo y volcaba de un golpe un cubo lleno de jabón y agua, de modo que toda la cocina quedaba inundada.

Alguien estaba construyendo una casa nueva, así que él se apresuró a la ventana para mirar.

—¡Ahí está, otra vez usan esa arenisca roja que nunca se seca!

—gritó—. ¡Nadie tendrá salud en esa casa!

Y miren no más qué mal colocan los ladrillos esos tipos.

¡Y la argamasa no sirve para nada! Debería llevar gravilla, no arena.

Ya viviré yo para ver cómo esa casa se derrumba sobre los que estén dentro.

Se sentó, dio un par de puntadas y luego se levantó otra vez de un salto, se desató el delantal de cuero y gritó:

—Voy a salir a apelar a la conciencia de esos hombres. Fue a dar con los carpinteros.

—¿Qué es esto? —gritó—, ¡no trabajan a plomo!

¿Esperan que las vigas salgan derechas? Un yerro echa a perder todo lo demás.

Le arrancó un hacha de la mano a un carpintero y quiso enseñarle cómo debía cortar; pero como pasaba un carro cargado de barro, tiró el hacha y se apresuró hacia el campesino que caminaba a su lado:

—Usted no está en su sano juicio —le dijo—, ¿quién unce caballos jóvenes a un carro tan cargado?

Las pobres bestias van a reventar en el sitio.

El campesino no le dio respuesta, y Pfriem, hecho una furia, corrió de vuelta a su taller.

Cuando volvía a ponerse a trabajar, el aprendiz le alcanzó un zapato.

—Y bien, ¿qué es esto otra vez? —chilló—, ¿no te he dicho que no debes cortar los zapatos tan anchos? ¿Quién compraría un zapato como éste, que apenas es más que una suela? Exijo que se cumplan mis órdenes al pie de la letra.

—Maestro —respondió el aprendiz—, bien puede que tenga usted toda la razón en que el zapato es malo, pero es el que usted mismo cortó y en el que usted mismo se puso a trabajar.

Cuando hace un rato se levantó de un salto, lo tiró de la mesa, y yo lo acabo de recoger.

Pero eso ni un ángel del cielo lograría hacérselo creer.

Una noche, el maestro Pfriem soñó que había muerto y que iba camino del cielo. Cuando llegó, golpeó con fuerza la puerta. «Me asombra —se dijo— que no tengan aldaba en la puerta; se lastima uno los nudillos». El apóstol Pedro abrió la puerta, curioso por ver quién exigía entrar con tanto ruido.

—Ah, es usted, maestro Pfriem —dijo—; bien, lo dejaré entrar, pero le advierto que ha de renunciar a esa costumbre suya, y no ponerle pega a nada de cuanto vea en el cielo, o le irá mal.

—Se podría haber ahorrado su advertencia —respondió Pfriem—.

Yo ya sé lo que corresponde, y aquí, gracias a Dios, todo es perfecto, y no hay nada que reprochar como sí lo hay en la tierra.

Así que entró y anduvo de aquí para allá por las anchas extensiones del cielo.

Miró en derredor, a izquierda y derecha, pero de cuando en cuando sacudía la cabeza o mascullaba algo para sus adentros.

Entonces vio a dos ángeles que se llevaban una viga.

Era la viga que alguien había tenido en su propio ojo mientras buscaba la astilla en el ojo ajeno [17] .

No la llevaban, sin embargo, a lo largo, sino de través.

«¿Se vio alguna vez semejante torpeza?», pensó el maestro Pfriem; pero no dijo nada y pareció darse por satisfecho.

«Al fin y al cabo, viene a ser lo mismo de cualquier manera que lleven la viga, derecha o torcida, con tal de que avancen con ella; y, la verdad, no los veo chocar contra nada».

Poco después vio a dos ángeles que sacaban agua de un pozo con un cubo, pero al mismo tiempo advirtió que el cubo estaba lleno de agujeros y que el agua se le escapaba por todos lados. Regaban la tierra con lluvia.

—¡Maldita sea! —exclamó; pero por suerte se contuvo a tiempo y pensó: «Tal vez no sea más que un pasatiempo.

Si es una diversión, parece que aun aquí, en el cielo, pueden hacer cosas inútiles como ésta, donde la gente, según he notado ya, no hace más que holgazanear».

Siguió adelante y vio un carro que se había quedado atascado en un hoyo profundo.

—No es de extrañar —le dijo al hombre que estaba junto a él—; ¿quién carga de manera tan disparatada? ¿Qué llevas ahí?

—Buenos deseos —respondió el hombre—; no pude ir por el camino recto con ellos, pero aun así los he empujado sanos y salvos hasta aquí arriba, y no me van a dejar atascado.

En efecto, vino un ángel y unció al carro dos caballos.

«Muy bien —pensó Pfriem—, pero dos caballos no sacarán ese carro; se necesitan al menos cuatro».

Vino otro ángel y trajo dos caballos más; sin embargo, no los unció por delante, sino por detrás.

Aquello fue demasiado para el maestro Pfriem.

—¡Criatura torpe! —estalló—, ¿qué haces ahí?

¿Se ha visto jamás, desde que el mundo es mundo, tirar así de un carro?

Pero tú, con tu presuntuosa arrogancia, te crees que lo sabes todo mejor que nadie.

Iba a decir más, pero uno de los habitantes del cielo lo agarró por el cuello y lo empujó afuera con una fuerza irresistible.

Bajo el arco de la entrada, el maestro Pfriem volvió la cabeza para echar una última mirada al carro, y vio que cuatro caballos alados lo elevaban por los aires.

En ese momento el maestro Pfriem despertó.

«Está visto que en el cielo las cosas se disponen de otra manera que en la tierra —se dijo—, y eso disculpa muchas cosas; pero ¿quién puede ver con paciencia que enganchen los caballos por delante y por detrás a la vez?

Cierto que tenían alas, mas ¿quién iba a saberlo?

Y además, ¡qué gran necedad ponerle un par de alas a un caballo que ya tiene cuatro patas para correr!

Pero he de levantarme, o no harán en mi casa sino un disparate tras otro.

Con todo, es una suerte para mí no estar realmente muerto. »