Los crímenes del sanatorio (Serie Comisario Reykdal 1) 1950
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1950

Amar

Ásta había presenciado tanta muerte y sufrimiento durante los veinte años que llevaba trabajando en el sanatorio.

Mucho más de lo que nadie debería ver. Empezó allí en 1930, apenas cuatro años después de la inauguración del hospital.

Eran los años más difíciles, cuando la tuberculosis era una de las principales causas de muerte en Islandia, al tiempo que parecía estar remitiendo en los países vecinos.

El tratamiento principal consistía entonces en aislar a los pacientes del público y proporcionarles mucho descanso y aire fresco, pero el gran sanatorio a las afueras de Reikiavik ya no podía albergar todos los casos y se decidió construir uno nuevo al norte, en el campo, cerca de Akureyri.

La enfermedad era despiadada, seleccionaba a sus víctimas indiscriminadamente, pero afectaba especialmente a los jóvenes.

El tormento que algunos pacientes debían soportar era indescriptible, los únicos tratamientos disponibles eran brutales y, a menudo, no había nada que ella pudiera hacer salvo intentar hacer su existencia más llevadera, en los casos en que los pacientes no tenían nada que esperar salvo el olvido,

morir mucho antes de tiempo.

Sí, la situación había sido peor en los primeros años, pero a lo largo de su carrera el número de casos había disminuido y la enfermedad se había vuelto más tratable.

Hoy en día fallecían menos pacientes, aunque lamentablemente no podían salvar a todos, pero había señales esperanzadoras de que la victoria estaba cerca.

Los médicos, al menos, daban la impresión de ser más optimistas que antes, especialmente el director, Fridjón, perteneciente a la nueva generación, aún menor de cuarenta años.

Brillante y enérgico, hijo de un respetado abogado de Akureyri y hermano del jefe de policía local, era un hombre con mucho que aportar, pero en lugar de dirigirse a la capital, había optado por emplear su talento aquí en el norte, en el sanatorio,

donde los hombres de bien podían marcar la diferencia.

Ásta presentía que se avecinaban tiempos mejores y que pronto se descubriría una cura para esta cruel enfermedad.

Aquel día, un lunes gris y lluvioso, había sido particularmente angustioso.

Un nuevo paciente había ingresado en la sala.

Siempre era una mala noticia cuando alguien ingresaba en lo que ella, en privado, consideraba la sala de espera de la muerte.

Para colmo, el niño solo tenía cinco años.

Cinco… Recordaba cuando su propio hijo tenía cinco años, un angelito, inocente pero travieso.

Por un breve instante, mirando a través del cristal de la mampara hacia la habitación del pequeño enfermo y encontrándose con sus ojos llenos de lágrimas, había visto los ojos de su hijo reflejados en ellos.

Sintió compasión por el pobre niño y rezó para que tuviera la fuerza para luchar.

Porque sabía que la enfermedad no tenía por qué ser una sentencia de muerte; había visto muchos ejemplos de lo contrario, pacientes que se recuperaban tras una dura batalla y tenían una segunda oportunidad en la vida.

La enfermedad casi siempre atacaba los pulmones, y los que sobrevivían nunca recuperaban su fuerza física anterior, pero al menos estaban vivos.

Eso era lo único que importaba. Había visto cómo los pacientes que superaban la tuberculosis seguían disfrutando de la vida.

Había visto la esperanza en sus ojos, y quizás por eso no se había rendido; por eso había aguantado en ese trabajo tan duro durante veinte años.

La esperanza le daba fuerza y un sentido a su vida.

Luego estaban días como este, en los que la desesperación la invadía. Ver a un niño pequeño enfrentándose a semejante adversidad. Por lo que había oído, su vida tampoco había sido fácil antes. Su madre era una alcohólica soltera con dos hijos: este niño y un hermano mayor, sin duda de otro padre.

A Ásta no le quedaban muchos años de trabajo.

Tenía la intención de dejarlo en cuanto pudiera y disfrutar de una jubilación tranquila con su marido, viendo crecer a sus nietos.

Sentía que había hecho todo lo posible por cuidar a los pacientes y contribuir a que el mundo fuera un poco mejor.

Nunca había buscado ascensos, y nunca los consiguió.

Dos años atrás, pensó que le podrían ofrecer el puesto de jefa de enfermeras cuando quedara vacante.

Pero la llamada nunca llegó y en su lugar nombraron a una joven llamada Yrsa.

Se llevaba bien con Yrsa, aunque no se relacionaban fuera del trabajo, pero la diferencia de edad le resultaba incómoda.

Yrsa, que apenas tenía treinta años, era como su hija, pero ahora Ásta tenía que recibir órdenes de ella.

Claro que había aprendido a vivir con eso, como con todo lo demás, pero el nombramiento de Yrsa probablemente fue otra razón más para su decisión de jubilarse en cuanto pudiera. Todo tiene su momento.

Pobre niño. Sus pensamientos volvieron al pequeño.

Había pacientes en el sanatorio que estaban muy enfermos, a quienes tenía el deber de cuidar; personas a las que se había encariñado.

El niño ni siquiera era su responsabilidad, no directamente, pero sentía un fuerte vínculo con él, tal vez porque le recordaba a su hijo, y estaba decidida a vigilarlo para asegurarse de que estuviera bien y no se aislara.

Era un niño alegre y bullicioso al que le encantaba inventar historias.

Hoy, por ejemplo, su padre había sido policía, o mejor dicho, jefe de policía.

Ella había dicho: «¿Ah, sí, cariño?», y lo había dejado creerlo.

Tal vez esperaba que su padre viniera a salvarlo de la enfermedad.

Mañana su padre podría ser bombero o vaquero.

A veces, ella sabía más que los miembros más jóvenes del personal; sabía lo importante que era el trato personal para sus pacientes, porque la voluntad de vivir podía ser un factor tan crucial para decidir el destino del paciente como la propia enfermedad.

Sí, Ásta había desempeñado su trabajo con esmero durante veinte años. Siempre se había esforzado por ser amable con los demás, y seguiría haciéndolo hasta que llegara el momento de dar un paso al costado y ceder el paso a una nueva generación.