Capítulo 74
CAPÍTULO SETENTA Y CUATRO
La cafetería Nellie Crumb estaba vacía; la única ocupante era una mujer joven que estaba detrás del mostrador colocando pan en una cesta y que se incorporó al ver entrar a Dennis y a Katie.
—Ah —dijo—. ¿Se les ofrece algo?
—Una taza de té para mí, por favor. —La subinspectora le dedicó una sonrisa a la camarera y se giró hacia Dennis.
—Para mí también.
—Dos tazas de té. Perdonen, creía que eran policías.
Dennis se miró de arriba abajo. Llevaba su chaqueta de tweed bajo un impermeable gris. ¿Tan evidente era?
—También tomaré un pan de frutas tostado, por favor. —Observó el mostrador que lo separaba de la mujer.
—¿Tiene hambre? —preguntó Katie.
—Es un trabajo que abre el apetito. No se preocupe, yo lo pagaré.
—Puedo permitírmelo. —Ella sonrió.
Dennis arqueó una ceja. Sabía lo que ganaban los agentes jóvenes y no era gran cosa. Pero se había ofrecido y no quiso ofenderla .
—Gracias —dijo, y se apartó para buscar una mesa. Eligió la más alejada del mostrador.
Las mesas eran redondas, de pino, con ese tipo de sillas rústicas que hacían que Dennis se sintiera como en casa. Se preguntó si aquel lugar habría cambiado en veinte años.
Le gustaba.
Katie se acercó a la mesa con una bandeja en la que llevaba una tetera grande, una jarra de leche y dos tazas.
«Aún mejor».
—Su pan ya viene —dijo ella—. He decidido tomar uno yo también.
—Y bien —dijo él—. Lo de las grabaciones de seguridad. ¿Pretende que las revisemos en nuestros móviles?
—Sé que el monitor de la freiduría es más grande. Pero ¿vio qué resolución tan baja tenía?
Dennis no se había fijado.
—Se verá mejor en mi teléfono —dijo ella—. Suponiendo que la fuente sea decente.
Dennis se encogió de hombros. La joven se acercó con dos platos con pan de frutas humeante y un cuenco de mantequilla, y los puso sobre la mesa.
—¿Desean algo más?
—No, gracias. —Dennis la vio regresar al mostrador.
Inclinó la cabeza y mantuvo la voz baja mientras untaba mantequilla en su pan.
—Muy bien, entonces —dijo—. Veamos qué tenemos.
—Tenemos dos vídeos cada uno. —Katie tenía su teléfono sobre la mesa—. El primero empieza a las siete y media del sábado.
—¿Puede pasarlo rápido? No queremos verlo todo a velocidad normal.
—Puedo. —Tocó la pantalla y se inclinó sobre ella.
Dennis dio un bocado a su pan. Metió la mano en el bolsillo para sacar su teléfono. Tenían que ser eficientes.
—Espere —dijo Katie. Deslizó su teléfono por la mesa.
Dennis entrecerró los ojos para ver. Lo cogió y se lo acercó a la cara.
—¿Ese es...? —dijo.
—Es él.
La imagen mostraba la cola frente a la freiduría. Había diez, quizá doce personas.
Y justo al final, recién llegados, había tres a los que reconoció perfectamente.