Capítulo 70
CAPÍTULO SETENTA
Dennis escudriñó a través del escaparate de la freiduría y llamó a la puerta por tercera vez. La puerta traqueteó.
—Quizá no estén, sargento. —La subinspectora Young se apoyó en la pared junto a él, con aire aburrido.
—He hablado con Mike. Estuvo aquí anoche y le dijeron que habría alguien a las nueve de la mañana. —Consultó el reloj—. Son las nueve y cuarto.
—No todo el mundo es tan puntual como... como la policía.
Dennis la miró con el ceño fruncido. Ella se sonrojó.
«Al menos tiene la decencia de parecer avergonzada por su insubordinación».
Dennis suspiró y dio un paso atrás, alzando la vista hacia las ventanas del primer piso. No iba a ponerse a gritar allí mismo. No había mucha gente por South Street en Wareham un miércoles por la mañana, pero Dennis no tenía intención de pregonar sus asuntos ante cualquiera que pasara por allí.
La subinspectora tenía el teléfono en la oreja.
—¿A quién llama?
Ella levantó un dedo para indicarle que le diera un momento .
—Soy la subinspectora Young, de la policía de Dorset. Uno de mis colegas habló con su equipo anoche... Sí... Estamos fuera ahora mismo. ¿Sería posible que nos dejaran entrar? —Guardó el teléfono y le dirigió una sonrisa a Dennis—. He sacado el número de su página web.
—Buen trabajo. —Dennis vaciló—. Pero deje que yo hable.
Una sombra apareció al otro lado de la puerta y, un momento después, se abrió. Un hombre corpulento que vestía una camiseta y pantalones de chándal bostezó.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Las nueve y cuarto —respondió Dennis—. Nos dijeron que abrían a las nueve.
—Llevar una freiduría no es una ciencia exacta. —El hombre se encogió de hombros, miró a Katie y su rostro se animó—. ¿Policía, dices? ¿Qué ha pasado?
La subinspectora Young abrió la boca, pero Dennis extendió una mano para detenerla.
—Estamos investigando un incidente en la zona y tenemos razones para pensar que sus cámaras de seguridad podrían haber captado algo que nos ayude en nuestras pesquisas.
La subinspectora apartó la mirada, pero no antes de que Dennis la pillara poniendo los ojos en blanco.
—¿Las cámaras? —El hombre bostezó de nuevo—. Sí. Pasad.
Se hizo a un lado para dejar pasar a Dennis y a Katie, y luego cerró la puerta con llave tras ellos.
—¿Todavía no han abierto? —preguntó Young.
—Faltan unas cuantas horas. A las nueve es cuando empiezo a prepararlo todo. Hay mucho trabajo previo. Rebozar el pescado, pelar y cortar las patatas...
—Si no le importa —dijo Dennis—, tenemos un poco de prisa. Le agradecería que nos indicara dónde están las cámaras.
—Muy bien. Por aquí. —El hombre resopló. Al fondo había una oficina diminuta con espacio apenas para un escritorio y una silla con aspecto de ser muy incómoda—. Es evidente que no es un trabajo de oficina. Aunque paso más tiempo del que me gustaría frente a ese ordenador.
Se estiró y lo encendió. Dennis notó que el hombre era capaz de encender el ordenador sin siquiera poner un pie dentro de la minúscula habitación.
—¿Cómo accedemos a las imágenes de seguridad? —preguntó Dennis.
Young ya estaba sentada en la silla, haciendo clic con el ratón y tecleando.
—Está bien, sargento. Ya lo tengo.
—Ahí lo tienes. —El hombre señaló con el dedo—. Muy bien. ¿Os importa si os dejo?
—Gracias. —Dennis se internó con dificultad en la habitación y se colocó detrás de Katie. Ella se removió en el asiento y él retrocedió un poco.
—Comencemos desde las siete de la tarde del sábado. Cuando Arthur Kelvin vino desde Sandbanks.
—Habrá tardado diez minutos en cruzar en el ferry y luego otros veinte en llegar a Wareham, por lo menos. —Katie miró fijamente la pantalla—. Empezaré a las siete y media.
—Creo que... —comenzó Dennis.
Pero ella tenía razón. Él se metió las manos en los bolsillos, esperando que aquello no llevara mucho tiempo. Si había grabaciones de dos cámaras, no había forma de ver más de una a la vez.
—Listo —dijo ella—. He descargado todo lo que hay entre las siete y media del sábado y la medianoche del domingo. Hay cuatro grabaciones. He enviado dos de ellas a su correo electrónico.
—¿Perdón?
—He dicho que le he enviado dos a su correo. Las otras dos han ido al mío. Podemos buscar un sitio más cómodo para sentarnos y revisarlas allí.
—Ah. Muy bien, entonces. ¿Puede enviar las cuatro a la bandeja de entrada del equipo, por favor? Y luego borre el historial para que la freiduría no tenga acceso a nuestro correo.
—Lo he enviado desde la cuenta de ellos. Y sí, he borrado el mensaje enviado y cualquier rastro de adónde fue. —Se dio un golpecito en la frente—. No se preocupe, sargento.
—Bien. Gracias.
—De acuerdo. ¿Dónde las vemos, entonces?
—Volvamos al coche.
—Esperaba tomarme una taza de té, sargento.
Él arqueó las cejas. Ahora que lo pensaba, sí que tenía sed.
—Venga —dijo ella—. Nellie Crumb está abierto y queda justo aquí al lado. Invito yo.