Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 103
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Capítulo 103

CAPÍTULO CIENTO TRES

Elsa estaba sentada en la arena, con la vista perdida en el mar y abrazándose las rodillas.

Montar su propio bufete no sería fácil. No tenía contactos allí. Había venido de Londres directamente a trabajar en Nevin, Cross y Short.

El contrato con el bufete le impedía llevarse a ningún cliente. Tendría que empezar de cero.

Prefería empezar de cero. No estaba segura de qué clientes estaban asociados con Arthur Kelvin. Quería una cartera de clientes nueva, lo más lejos posible de aquel hombre.

Se puso en pie y se sacudió la arena de los vaqueros. Lesley no tardaría en volver a casa y el tren de Sharon llegaba en menos de una hora. Elsa había planeado llevarlas a cenar fuera, a un restaurante italiano nuevo en el paseo marítimo. Era lo que necesitaban, un poco de normalidad.

Esperaba que Lesley la perdonara por todo lo que había hecho. Por todas sus mentiras.

Lo había hecho en parte para proteger a Lesley, pero tenía que admitir que lo había hecho sobre todo para protegerse a sí misma. Ni loca habría implicado a una agente de policía en lo que estaba planeando.

Elsa caminó hacia las escaleras que subían al paseo marítimo y hacia su piso. Un hombre se acercaba en dirección contraria, con la cabeza gacha y un perro corriendo delante de él.

El perro corrió hacia ella y le saltó encima, apoyando las patas en sus muslos. Elsa se rio.

—Eres una monada, ¿a que sí?

El perro la miró, con la lengua fuera. Ella le alborotó el pelo.

Levantó la vista y se le cortó la respiración.

Al hombre se le había unido otro, un hombre que reconoció. Bajo y fornido, con el pelo canoso.

Elsa se enderezó, con la mano todavía en la cabeza del perro.

—Arthur —dijo—. Qué sorpresa verlo por aquí.

La comisura de sus labios se curvó en una media sonrisa.

—Vaya. Vives cerca de aquí, ¿verdad?

—Puede.

Arthur se rio.

—No es ningún secreto que tienes un piso a tres manzanas del paseo marítimo. No es que estés precisamente de incógnito.

—Sí —respondió ella, sosteniéndole la mirada—. Sí que vivo aquí. Y paseo por esta playa todos los días.

—Muy bonito.

—No tanto como su casa en Sandbanks.

—Cierto —respondió con un guiño—. Deberías aspirar a algo mejor. ¿Por qué no lo haces?

Elsa no dijo nada. No iba a contarle a Kelvin su plan de montar un nuevo bufete.

—En fin —dijo él—, solo quería pasar a saludar. Y a decirte que te cuides.

—Lo haré. Gracias. —Hizo un esfuerzo por mantener la voz firme.

Arthur se inclinó hacia ella.

—Es que hay mucho cabrón suelto por ahí. ¿Sabes? Tienes que andarte con ojo. Puede que un día de estos estés paseando por esta playa y uno de ellos decida encapricharse contigo...

Elsa apretó los dientes y le devolvió la mirada. «No te inmutes. No reacciones».

—Gracias por el consejo —respondió sin más.

—Como te decía… —continuó Arthur ladeando la cabeza—, ándate con ojo. No te arriesgues. Echa el pestillo por la noche. No me gustaría que te pasara nada.

Se dio la vuelta y se marchó, tirando del perro, que llevaba sujeto con una correa corta.