Capítulo 98
CAPÍTULO NOVENTA Y OCHO
—Tiene que quedarse bien atrás, señora —dijo la sargento Weathers.
—Quiero entrar. Si Davison está herido...
—Con el debido respeto, señora. Es uno de los míos. Puede confiar en que lo cuidaré.
—Los demás hombres en ese edificio son sospechosos en una investigación por doble asesinato. Es imperativo que no los dejemos escapar. —Miró a Weathers, recordando que en su última operación la sargento había permitido que uno de los miembros de su equipo desapareciera.
Pero Lesley sabía que un agente que acababa de meter la pata era el menos propenso a volver a hacerlo.
Weathers la miró a los ojos.
—La llamaré por radio cuando sea seguro que entre.
—De acuerdo —suspiró Lesley.
—Mientras tanto, le sugiero que se quede aquí.
Estaban resguardados tras una hilera de arbustos polvorientos desde donde se veía la nave de Kelvin. Lesley estaba con Weathers y cuatro miembros de su equipo, además de cuatro agentes de policía.
Mientras tanto, Dennis estaba más lejos, junto al coche de ella. Hablaba por teléfono, informando a Carpenter. Sabía que debería estar haciéndolo ella misma, pero quería vigilar la situación desde lo más cerca posible. Y sabía que hablar con su superior en ese momento le nublaría el juicio.
Observó a los agentes autorizados comunicarse entre sí con gestos silenciosos.
Dos de ellos se alejaron a toda prisa de su posición estratégica y rodearon la parte trasera del edificio, apenas visibles a menos que supieras qué buscar.
Uno de los agentes armados que seguía con ellos le hizo a Weathers el gesto de pulgar hacia arriba mientras su radio se activaba, luego bajó el volumen y se ajustó el auricular.
Tras un momento de intensa concentración, Weathers señaló a su colega, asintió y le hizo un gesto para que avanzara.
Los dos se escabulleron hacia el edificio. Tres agentes uniformados aparecieron de la nada, con el ariete entre ellos. Corrieron hacia la puerta.
—¡Policía! ¡Abran!
No esperaron una respuesta, sino que estrellaron el ariete contra la puerta. Esta cedió y las cerraduras saltaron por los aires.
Lesley contuvo el aliento.
Los agentes se retiraron. Corrieron hacia la izquierda y se refugiaron detrás de un contenedor. Tres agentes armados entraron a toda prisa en el edificio.
De repente, se hizo el silencio. Lesley oía su propia respiración y el leve sonido de la voz de Dennis al teléfono.
Observó tan fijamente la puerta de la nave que le entró un escozor en los ojos.
La radio que tenía aferrada en la mano crepitó.
—Señora, ya es seguro que entre —era Weathers.
Lesley se giró hacia Dennis y le hizo una seña con el pulgar hacia arriba. Corrió hacia el edificio.
No había nadie a la vista. Todos los agentes armados estaban dentro y los uniformados seguían detrás del contenedor.
Atravesó la puerta a toda velocidad, sin detenerse a sentir miedo.
La entrada era lúgubre, con la pintura de las paredes desconchada. De ella salían tres puertas, todas abiertas. Se dio la vuelta en el espacio vacío.
—¡Sargento Weathers! ¿Dónde está?
La radio de Lesley volvió a crepitar.
—Use solo la radio, señora.
Se inclinó hacia el aparato y dijo en voz baja:
—De acuerdo. ¿Quién está aquí?
—Solo yo y tres de mis hombres. Ningún sospechoso.
—¿Davison?
—Está aquí, señora.
La radio le pesaba en la mano.
—¿Vivo?
—A duras penas. Pero sí.