Los crímenes de la playa de fósiles (Inspectora Lesley Clarke 6) Capítulo 85
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Capítulo 85

CAPÍTULO OCHENTA Y CINCO

Tina aparcó frente a la casa en la que Davison y su equipo habían hecho la redada la semana anterior.

Era una casa adosada de lo más anodino. Tenía el jardín delantero lleno de basura y los marcos de madera de las ventanas podridos.

Se quedó un momento en el coche, observándola. ¿Debía llamar a la puerta?

La observó otro rato, buscando indicios de que estuviera habitada. No se veía movimiento en el interior, pero eso no significaba que no hubiera alguien en la parte de atrás. Miró a ambos lados de la calle. Unas casas más allá, una mujer empujaba un cochecito de bebé, pero eso era todo.

Tina salió del coche y avanzó con cautela hacia la casa, escudriñando las ventanas a medida que se movía.

Seguía sin ver nada. No había cortinas echadas; de hecho, no parecía que hubiera cortinas colgadas.

Dudó ante la puerta principal, con la mano en alto.

«Vamos, Tina. No tiene sentido venir hasta aquí para luego no llamar a la puerta», se dijo.

Le dio un golpe seco. El tipo de golpe que solo usaría la policía. No hubo respuesta. Volvió a llamar, pero siguió sin respuesta.

No significaba que no hubiese nadie dentro, solo que no querían hablar con ella.

Se abrió paso entre la basura del patio delantero y se dirigió a la ventana principal para mirar dentro.

La habitación tras el cristal estaba hecha una pocilga, llena de cajetillas vacías de cigarrillos, latas de cerveza y cartones de comida para llevar.

No supo decir si la habían usado recientemente o si la habían dejado así hacía tiempo.

Si el equipo de Davison había hecho una redada en el lugar apenas una semana antes, entonces habría estado en uso.

Según el expediente, se habían producido tres detenciones.

Fue hacia la verja lateral que había junto a la puerta principal y la empujó.

Se abrió. Volvió a mirar a la calle. En el sentido estricto de la palabra estaba cometiendo allanamiento de morada.

Pero era una agente de policía que investigaba un crimen.

Si Christian Davison había hecho algo allí que pudiera ayudarlos a encontrarlo…

Abrió la verja y caminó por el asfalto irregular que conducía al jardín trasero. Un contenedor de basura con ruedas le bloqueaba el paso y lo apartó a un lado.

El jardín trasero no estaba en mejores condiciones que el interior de la casa.

La hierba le llegaba casi a la cintura y no se veía si había basura oculta entre la maleza.

Un estrecho callejón recorría la parte trasera de la casa.

Caminó por él, esquivando desperdicios y lo que parecían cenizas de una vieja hoguera, y se asomó a las ventanas traseras.

La cocina estaba inmunda. La mugre cubría el horno, las puertas de los armarios colgaban abiertas y los platos se amontonaban en el fregadero. Tina sacudió la puerta trasera. Estaba cerrada con llave.

Suspiró. No había nada más que pudiera hacer. Quienquiera que viviera allí, había puesto pies en polvorosa tras la redada de la policía. Si es que quedaba alguien que no hubieran detenido.

Fijarse en el lugar le dio una idea de lo que Christian Davison había experimentado en aquella redada, pero no la acercó a saber por qué había abandonado a su equipo. ¿Había sido deliberado? ¿Había algo que estuviera haciendo allí? ¿Alguien con quien se iba a reunir?

Miró de nuevo hacia el jardín. Quizá encontrara algo allí.

—¡Oiga! —se oyó una voz.

Giró la cabeza bruscamente, buscando su origen. El callejón estaba vacío.

—¡Usted! ¿Qué hace ahí?

Un hombre la miraba fijamente por encima de la valla. Era calvo y tenía los ojos entornados y gotas de sudor perlándole la frente.

—¿Sabe si hay alguien aquí dentro? —preguntó ella.

—No hay nadie desde hace una semana. ¿Quién es usted?

Tina tragó saliva. No estaba allí en acto de servicio ni tenía una orden de registro.

—Nadie —dijo.

El hombre gruñó.

—Pues lárguese, o llamo a la policía.

Tina reprimió una sonrisa.

—Disculpe la molestia, señor —dijo, y volvió sobre sus pasos por el callejón.